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Opinión

  • | 2018/07/11 05:02

    Cuando no siempre más es mejor

    Al cierre de los periodos legislativos y ejecutivos se nos ha venido una avalancha de actos normativos en materia ambiental, probablemente bien intencionados, pero de serias consecuencias que deberían ser mejor digeridos y analizados.

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Todos ellos bajo la creencia de que mientras más, mejor. Una constante cultural, no exclusivamente colombiana que requiere consideraciones particulares.

En la reciente Feria Internacional del Medio Ambiente (FIMA), por ejemplo, se protocolizó la firma del decreto presidencial del cierre de la frontera agropecuaria: loable pero contradictoria iniciativa en su aplicación. Esta iniciativa determina áreas en las que se desincentiva la producción agropecuaria, no se titulan baldíos, no hay aplicación a créditos financieros blandos y sin embargo persisten poblaciones humanas con expectativas de bienestar y desarrollo.

Se definen también áreas para el desarrollo agrícola y pecuario de acuerdo con su vocación pero con pocas consideraciones ecológicas acerca de la conectividad o la integridad de los ecosistemas, poniendo en riesgo ya no solo la resiliencia de los ecosistemas, sino también su funcionalidad y por tanto los servicios ecosistémicos de los que dependen los sistemas productivos agropecuarios. Adicionalmente, se pone en riesgo el Plan Nacional de Restauración y sus metas, que pretenden atender los compromisos de Colombia ante el Convenio de Diversidad Biológica, adoptadas por Ley 194 de 1995.

Así mismo, se aprobó  una ley de páramos, en el Congreso de la República, para su conservación estricta a pesar de los miles de productores agropecuarios que desde hace muchas generaciones intentan subsistir en condiciones precarias. A estos se les limita el uso, se les congela el valor de la propiedad, se les desincentiva el acceso a créditos y por tanto se les obliga a la ilegalidad o a la reconversión y sustitución de sus sistemas productivos, sin planes ciertos y probados, que les permitan acceder a un  bienestar seguro. Adicionalmente se amplía la frontera agropecuaria hasta la alta montaña, que podría ser entendida, como la altiplanicie cundiboyacense, o la de Nariño, por mencionar algunos ejemplos.

En relación con la gestión ambiental, otros ejemplos fueron presentados por el gobierno saliente: declaración de áreas protegidas, declaración de humedales RAMSAR, delimitación de páramos. Todas esas iniciativas basadas en la construcción de líneas, con bases científicas ciertas, pero, con dificultades de aplicación en el territorio.

Y es que en términos ecológicos las líneas ciertas no existen, ni siquiera las tan evidentes, como las que se podrían determinar en la línea de costa, que supone ecosistemas tan diferentes como los costeros marinos y los de tierra firme y que nos hemos acostumbrado a dibujar en el mapa de Colombia en las clases de geografía escolar. Esa línea es falsa, a pesar de la evidencia, pues existen las mareas, que desde la perspectiva temporal dificultan la formulación de una línea única y permanente, máxime cuando estas mareas son diferentes entre las costas del Caribe y las del contradictorio Pacifico.

Y sin embargo, seguimos generando obtusas y falsas líneas, entre blancos y negros, como si no hubiera un infinito matiz de grises. Que van desde lo temporal, y  lo espacial, hasta lo temático.

Esta dimensión, la de lo temático cobra relevancia especial cuando, además, se pretende circunscribir territorios heterogéneos, por sus connotaciones sociales, económicas y ecológicas, hacia determinantes homogéneos, pero falsos en el territorio. Que pretenden ser solucionados con actos normativos vacíos de contenido en las escalas de la toma de decisiones de los usuarios locales.

Como resultado, normativas en escalas inadecuadas que generan aplausos inocuos y problemas en el territorio.

Y problemas no resueltos, como que aunque se vienen cumpliendo las metas de conservación de biodiversidad planteadas por el Convenio de Diversidad Biológica, sobre la declaración de áreas protegidas, seguimos perdiendo biodiversidad planetaria y nacional, y se aumenta la tasa de deforestación. Entonces, quedan dudas sobre si es que las metas han sido mal planteadas, el mecanismo de áreas protegidas es ya obsoleto, se requieren nuevos mecanismos de conservación en sentido amplio y complementario, o  se ha cambiado el paradigma desde el cual fueron planteadas.

Algo no funciona, y en esas circunstancias, no siempre más es mejor. Se hace necesario volver a poner las cartas sobre la mesa, previo cambio de reglas.

*Biólogo Marino
Candidato a Doctor en Conservación y Restauración de la Biodiversidad en la U. de Alicante  

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