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Opinión

  • | 2010/06/10 00:00

    ¿Nosotros, sociedad global?

    No se encuentran globalizados los que no tienen luz eléctrica, ni pueden tener acceso a internet los que no saben leer ni escribir.

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Tal vez la palabra con la que se define en mayor medida a la sociedad internacional de hoy es globalización. Desde siempre la historia de la humanidad ha sido una historia de contactos entre civilizaciones, a través de viajeros que se demoraban años en llegar de un lugar a otro y que llevaban nuevas religiones, tipos innovadores de comida y vocablos diferentes con ellos. Lo que ha cambiado es la velocidad con la que se influencia una cultura a otra en nuestros días, al ritmo de un click en el ratón del computador.

Se asume que todos estamos interconectados con todos, que si caen las acciones de una empresa en el Japón se afectan los dividendos de mi cuenta de ahorros. La generación que nació a principios del siglo XX pasó, literalmente, del burro al jet, en un mundo que parece encogerse con el tiempo cada vez menor que emplea un avión en llegar al extremo opuesto del globo. Hoy se celebra un gol en el Putumayo en el mismo segundo en que se anota en Taiwán y un viejo en Marruecos puede jugar ajedrez con un niño en Alemania.

Las multitudes emigran a las ciudades, en una marcha paulatina pero acelerada en las últimas décadas, dejando los campos despoblados, en busca de educación, salud y seguridad. Y es en las ciudades donde se constata en mayor medida una alta circulación de bienes, servicios, personas y dinero, interacción que se da también con otros lugares del mundo. Por lo tanto, es donde los individuos se ven más expuestos a una sociedad de consumo global, que acaba por lograr que todos tomemos Coca-cola.

Hay analistas que se refieren a este fenómeno como una imposición cultural, pero si se estudia con cuidado, la palabra que mejor lo define es fusión. En Estados Unidos, uno de los países que más ha sido acusado de imperialismo en este sentido, la comida china, mexicana o italiana, la música de las Antillas, los tatuajes de la India, las trencitas africanas en el pelo son parte de la cotidianidad. Ellos, si se quiere poner en esos términos, también han sido contaminados.

De igual manera, grandes multinacionales se han visto en la necesidad de adaptarse a las costumbres locales para vender sus productos. En Israel no podrían ofrecer sus hamburguesas con queso como en otras partes, pues la costumbre Kosher impide unir, en un solo plato, carne y leche. En algunos pueblos de Egipto, donde utilizan un polvo especial para lavarse los dientes, una conocida marca de dentífrico tuvo que elaborar un producto especial para estos consumidores.

¿Es posible encontrar hoy una cultura intacta? ¿Y es deseable esa pureza cultural? Muchas personas de países del mundo en desarrollo se resisten a usar tenis de marcas globalizadas y a ser entretenidas por el canal Sony, en una actitud de defensa de su propia idiosincrasia, valerosa e interesante. Sin embargo, es difícil que alguien le dé la espalda a un trasplante de corazón, cuya tecnología viene del mundo desarrollado.

Pero la gran pregunta es si verdaderamente la globalización es un fenómeno mundial. Hay un mapa que presenta a todos los continentes de noche con las luces encendidas, en un montaje que hace pensar que los países están en la misma hora, pero con datos reales de acceso a la electricidad. Lo que se ve es que hay enormes zonas del planeta a oscuras y que por lo tanto no pueden estar conectadas a la televisión ni a las redes. Por otra parte, hay al alcance de todos cuadros estadísticos que muestran las enormes cifras de analfabetismo en el mundo hoy en día. De lo anterior se concluye que no se encuentran globalizados los que no tienen luz eléctrica, ni pueden tener acceso a internet los que no saben leer ni escribir. Y éstos constituyen muchos millones de habitantes del planeta, lo que hace de la globalización un fenómeno menos global de lo que se cree.
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