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Opinión

  • | 1990/05/21 00:00

    OBSERVANDO A LA GENTE

    Yo, que soy menos ambicioso que Don Abundio, acabo de fundar un club de Observadores de Gente.

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Don Abundio, ese viejito picaresco y enamoradizo de las tiras cómicas, fundó hace muchos años un Club de Observadores de chicas. Grata manera de perder el tiempo, quien lo duda. Yo, que soy menos ambicioso que Don Abundio, acabo de fundar un Club de Observadores de Gente.
Practico mi afición, cuando puedo escaparme de la rutina diaria en playas y otros lugares publicos: ascensores de hoteles, restaurantes, taxis.
Ahora estoy recorriendo las tierras blancas y esplendidas de La Guajira.
En Dibulla encuentro un grupo de turistas que llegan del interior del pais a pasar la Semana Santa.
Un señor me presenta a su esposa. Son gente amable y conversadora.
Vienen de Bucaramanga. El viaje fue largo pero placentero.

-Ya lo veo le digo al señor-. Usted vino manejando su carro y su esposa estaba sentada a su lado.
El caballero me mira extrañado, con cierto aire de perplejidad, y yo asumo la actitud orgullosa de Sherlock Holmes, el legendario detective de la calle Baker que todos hemos admirado.
-Asi es dice la señora de Bucaramanga-. Pero, ¿cómo lo supo usted?
-Porque soy el presidente vitalicio del Club de Observadores de Gente le digo, con una pizca de misterio, y me despido.
Mi mujer, que ha escuchado la conversación, me mira intrigada.
-No me digas que te volviste adivino dice.
-Elemental, mi querida Watson le digo.
Cuando uno se dedica a observar los comportamientos humanos, y ciertos rasgos fisicos, puede hacer esas demostraciones de perspicacia. El señor santandereano tenia el brazo izquierdo enrojecido, como bronceado. Eso confirmatres cosas: que venia manejando su carro, que tenia ese brazo puesto sobre la ventanilla abierta y que hacia mucho sol en la carretera. Su mujer, obviamente, venia sentada junto a el, en el asiento delantero: el brazo que tiene quemado por los rayos solares es el derecho.

Pequeños detalles, en fin, que hacen mas divertidas las vacaciones si uno se dedica a observar a sus semejantes. Sentados a la mesa, a la hora del almuerzo, me saluda una- muchacha bonita que esta comiendo un postre.
-¡Me alegra saludarte! le digo-. Tu vienes de Barranquilla y paraste en Ciénaga. ¿Como esta eso por allá?
La muchacha pone la misma cara de mi mujer y los dos santandereanos: asombro.
-¿Cómo lo supo usted? me dice.
-Porque soy adivino y descubro el origen de la gente por el color de sus ojos le conteste.
Para que el efecto de mi truco sea mas teatral, me levanto de inmediato, me despido con una inclinacion de cabeza y salgo del comedor. Dejo tras de mi un halito de brujeria, una estela de magia, un tenue olor de premoniciones.
La verdad es muy sencilla. Tan sencilla que da pena confesarlo. La muchacha estaba comiendo pasta de batatas, un dulce delicioso y muy dificil de conseguir. Lo venden en las fruteras que se alinean a la orilla de la carretera, y alli detienen sus carros los viajeros que van de Barranquilla a pasear a Santa Marta.

La ciencia consiste en observar a la gente. Claro que a veces se le va la liebre al mejor cazador, y queda uno en ridiculo por andar sacando conclusiones. Fue lo que me paso en la sede campestre de las cajas de compensacion familiar en Dibulla, uno de los parajes mas hermosos de Colombia.
Una mujer estaba sentada, devorando bajo el sol blanco de La Guajira una copa de aletas de tiburón cerrero y yo, para impresionar de nuevo a mi mujer, olvidando una leccion que dice que no debe jugar con su suerte, le dije a la muchacha, en voz alta, para que me oyera la concurrencia:
-¡Qui'hubo! ¿A que hora llegaste de Cartagena?
Ella me miro como quien mira a un loco, suspendio su cucharada de sopa y exclamó: .
-Vine ayer de Cali y ni siquiera conozco a Cartagena, desgraciadamente.
Creo que me puse colorado de la verguenza. Para justificar mi desacierto le dije:
-Y entonces, ¿de donde sacaste esas babuchas de tela?. Las venden los artesanos en los hoteles de Cartagena.
-¡Ah, eso! -dijo ella, con displicencia.
Me las trajo una tia cartagenera que llegó esta mañana.
Y siguió comiendo, como si nada, la sopa humeante. A mi me consuela pensar que el Gran Houdini fallaba algunos trucos y que a Sherlock Holmes se le escapó una vez el profesor Moriarty...
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