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Opinión

  • | 2019/10/17 15:42

    ¿Demasiado legalistas? No somos capaces ni de hacer la fila…

    Esta semana tuve un par de anécdotas sobre lo jurídico que me han puesto a pensar de nuevo en el trillado tema de qué tanto el derecho hace parte de nuestra cotidianidad colombiana.

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En la primera, un amigo canadiense y un amigo francés me preguntaron qué pensaba yo como experta sobre la obsesión de los colombianos con las leyes. El canadiense me dijo que había acompañado a su suegro a un trámite ante un juez y que el juez había sido muy grosero y displicente con su suegro porque éste se había equivocado al hacerle una pregunta sobre el procedimiento legal. El francés agregó: “Sí, aquí todo el tiempo todo el mundo está hablando de hacer reglamentos.Eso no me pasó nunca en Francia”.

Lo que me pareció interesante de estas reacciones es que ninguna de las dos experiencias era sobre el cumplimiento de la ley. Más bien, al menos eso me pareció a mí, el primer comentario se refería a personas que quieren mostrar su autoridad invocando el conocimiento de una norma y, el segundo, a personas que no están dispuestas a cumplir los reglamentos existentes y quieren crear unos nuevos. Les dije que, si los colombianos realmente tuviéramos apego a la ley, por un lado, la conoceríamos mejor y, por otro, dejaríamos de insistir en estar cambiando las reglas para que nos favorezcan individualmente en el caso concreto que tenemos a la mano. 

La segunda anécdota, en mi opinión, tiene mucho que ver con esto de cambiar las reglas siguiendo el interés individual y sin capacidad para entender el contexto social de interdependencia en el que debemos actuar. Estuve más o menos 12 minutos haciendo fila para pedir mi almuerzo en un restaurante de comidas rápidas. Cuando empecé a hacer la fila, había delante de mí un grupo de tres estudiantes. En el momento preciso de ordenar, llegaron otros dos. Yo dije algo en el sentido de que “es importante hacer la fila”. Los muchachos ni siquiera sabían qué iban a pedir y cuando mencioné esto, uno de ellos me dijo “si le incomoda tanto siga”.

A esto le respondí: “No es cuestión de mi comodidad, es cuestión de principio”. Y su acompañante entonces aprovechó y dijo: “No, eso debe ser que usted tiene mucha hambre. Yo sí sé controlarme”. Frente a esto guardé silencio porque entendí que no había nada que uno pudiera decirle a esta persona en esta situación. Me quedé pensando en qué era lo que me molestaba tanto a mí de lo que habían hecho estos jovencitos y definitivamente pensando en lo que me ha fastidiado el racismo con el que uno de mis colegas acusa a los colombianos de no hacer filas. Después de darle vueltas al asunto me pareció que precisamente este incidente específico parecía relacionarse con que los muchachos no conocían la regla sobre las filas y querían imponer la suya propia para justificar sus actuaciones. ¿Cuál es la regla sobre una fila en un restaurante? 

En general las filas representan el consabido principio legal de que el que está primero en tiempo está primero en derecho. Es decir, que el que llega primero pide primero y puede escoger. Parece muy sencillo, pero en últimas no lo es. Por una parte, está la pregunta sobre qué es lo que puede hacer cada individuo que está en la fila en relación con el servicio que se presta: ¿puede cuidar el puesto para alguien más? ¿puede comprar todo lo que está disponible para la venta? ¿puede hacer los pedidos para otras 5, 10, 15 personas? En el caso de los restaurantes de comidas rápidas la regla implícita parece ser que el que hace la fila pide por varios, salvo que uno tenga que “armar” su pedido y entonces cada persona pide lo suyo.

Uno supone que pedir por varios quiere decir por su familia o grupo, tal vez cuatro o cinco, a lo sumo 10. Los que están en la fila lo que esperan es que el “representante” tenga listo el pedido y lo haga con cuidado. En otros casos se espera que la persona que necesita el servicio sea la que acuda de manera directa al establecimiento. Por ejemplo, en las filas de banco o en las filas de los aeropuertos se espera que cada individuo esté en la fila para hacer su propio trámite y se espera que sea uno o a lo sumo dos trámites por persona. Hay un elemento visual en estos casos que no debemos subestimar: uno decide si se queda en el restaurante o en el banco dependiendo de cuántas personas ve haciendo la fila. Uno supone: son 4, me quedo; o, son 15, mejor vengo otro día.

Si alguien dice: yo estaba acá solo pero estaba cuidando el puesto para 20 personas el problema es que le distorsiona gravemente el cálculo al que hizo la fila porque solamente tenía 10 o 15 minutos para esperar. Ahora en lugar de 10 o 15 tendrá que esperar 30, pero como ya esperó 15 es mejor esperar lo que le falta. Claro que hay una sensación de que quien “cuida el puesto” está haciéndole trampa al principio de que primero en tiempo, primero en derecho. Pagar o pedir el favor para que le cuiden a uno el puesto no es lo mismo que llegar primero, llegar primero implica que uno corrió, planeó o en todo caso se sacrificó porque quería estar ahí. 

Esto se relaciona con el segundo paquete de problemas que está involucrado en las filas: ¿qué pasa con los que no pueden correr o que sufren un accidente que les impide llegar? ¿Qué pasa con los que necesitan o merecen el bien más que los otros, pero precisamente por esto no pueden llegar a pedirlo primero? Por esta razón tenemos filas especiales para personas con discapacidad, embarazadas o adultos mayores. También por esta razón no todos los bienes y servicios se asignan con filas que suponen presentación personal y espera física. En el caso sencillo de las filas de los restaurantes la cosa está resuelta con el tema de que quien pide lo hace por su grupo. El compromiso de este que pide es saber bien el pedido para no demorar innecesariamente a los que vienen atrás. En los bancos y supermercados tenemos ya filas prioritarias dedicadas exclusivamente a personas que no pueden esperar demasiado. 

Esta reflexión sobre las filas me mostró que yo misma no tenía claro lo que significan distintas filas ni qué se puede hacer en diferentes lugares que lo hacen a uno hacer la fila. Así mismo, me hizo darme cuenta que frente a este desconocimiento cada persona asume que su propia regla es la correcta y le resulta molesto que alguien le recrimine su comportamiento. De modo que al desconocimiento se le suma el interés por modificar la regla para que les permita hacer lo que quieren. Estoy convencida de que conocer más las reglas y confiar más en los procesos que llevaron a ellas podría ayudarnos a tener menos violencia en nuestras relaciones cotidianas. Al menos me habría permitido a mi explicarle a la joven cuál era la regla que estaba violando sin ser acusada injustificadamente de estar haciendo un reclamo sin fundamento.  





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