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Opinión

  • | 2018/06/06 14:41

    La dinámica del oportunismo

    Cambiar una mafia política por otra no podría definirse de dinámica. Subirse al bus que consideran llegará a la Casa de Nariño es solo oportunismo rastrero.

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La dinámica es un concepto físico que estudia el movimiento con relación a las causas que lo originan. No hace referencia a las axiologías (valores culturales) ni a lo que en política se denomina “trasteo”, una acción más cercana a los intereses del voltiarepas que a los principios del partido o del grupo social. Un ejemplo claro de lo anterior lo constituyen los expresidentes Pastrana y Gaviria y, por lo tanto, la bancada que representan. Solo bastaría con ver los videos que circulan en las redes donde se les puede observar acusando a Uribe de mentiroso, mafioso, parapolítico y corrupto. Dudo que esos conceptos puedan hacer tránsito a otro estado, es decir, cambiar su valor semántico, ni que un individuo pueda invertir sus posturas ideológicas de un día para otro. No voy a debatir aquí los componentes axiológicos que puedan o no estructurar a una sociedad, pero de lo que no hay duda es que estos son como gigantescas y pesadas rocas incrustadas en la montaña: para moverlas hay que dinamitarlas.

Cuando un grupo guerrillero se desmoviliza no está dejando a un lado las posiciones axiológicas que le dieron vida. En el fondo, sus miembros seguirán siendo rebeldes. La desmovilización no se puede leer como el abandono de los ideales, sino como un elemento coyuntural, un paso a una estrategia de lucha dentro del marco de la legalidad: cambiar los fusiles por los discursos, por ejemplo. Decir que ese paso obedeció a una transformación de lo político es falso. Es como intentar cambiar la forma de pensamiento de los abuelos. Nadie se levanta un día de la cama convertido en otra cosa, como en el célebre relato de Kafka. Todo cambio se inserta dentro de un proceso, y todo proceso lleva tiempo, y ese tiempo puede involucrar toda una vida. De manera que cuando se le escucha al expresidente Gaviria afirmar en una entrevista para una cadena radial que sus diferencias con Uribe son cosas del pasado, solo puede leerse como las afirmaciones de un payaso, de alguien que nunca estuvo convencido de sus ideales o de un lentejo que peló el cobre y dejó al descubierto su verdadera cara.

En este sentido, no podría hablarse de traición porque siempre ha sido coherente con sus actos. César Gaviria es un conservador por naturaleza. No hay que olvidar que su “revolcón” no fue otra cosa que la privatización de las instituciones del Estado bajo el lema de “Bienvenidos al futuro”, un modelo de apertura económica que dejó como consecuencia una alta tasa de desempleo en los años siguientes a su implementación. Las razones: sus políticas económicas pusieron a competir a la industria local con las economías más fuerte del planeta, con el agravante, según una nota editorial de El Tiempo, de que “muchos de los productos importados eran subsidiados por el Estado”. Es decir, siempre le han importado un carajo nuestros campesinos, que sufrieron no solo los apagones energéticos de su gobierno, sino también los caminos de herradura que no les permitían sacar a tiempo al mercado sus productos.

Como presidente fue un desastre, ya que buscó profundizar el statu quo, lo que les permitió a los gremios económicos simpatizar con su gestión y que una gran mayoría de los medios de comunicación alabaran el crecimiento de las empresas del país, aunque este no se le reflejara en el bienestar de la gente. Andrés Pastrana, por supuesto, fue peor: un payaso que denunció nacional e internacionalmente en su momento las infiltraciones de los dineros del narcotráfico a las campañas presidencias y las relaciones profundas de Álvaro Uribe Vélez con los jefes de los carteles de las drogas, pero que hoy no siente vergüenza alguna en reunirse, hacer alianzas y tomarse un whisky con los políticos beneficiados en el pasado con los dineros calientes de los carteles de Cali y Medellín, lo que deja ver que la brújula de su ética está tan averiada que ya no marca el norte sino hacia cualquier otro lado.

Cambiar una mafia política por otra no es dinámica. Da risa la estrechez mental de algunos directores de partidos y sus reconocidos miembros de intentar justificar sus intereses personales tergiversando el contenido semántico del término. Subirse al bus que consideran entrará a la Casa de Nariño el próximo 17 de junio es solo oportunismo. Que la gran mayoría de los miembros de los bandos que hoy acompañan a Iván Duque en ese intento tengan rabo de paja y representen lo más putrefacto de la política colombiana, nos habla del futuro incierto que nos depara. Eliminar las altas cortes para crear una a la medida de los intereses del titiritero, pues es la única forma de que la justicia no lo investigue por los múltiples delitos de los que se le acusa, será solo el inicio. Acabar con la JEP, o debilitarla hasta el extremo de que solo quede el cascarón, es un paso importante para silenciar las verdades detrás de los hechos sangrientos del conflicto, ya no con balas, como se viene haciendo con los testigos, sino desde la legalidad jurídica. De la salud ni hablar porque el gran problema lo representan las ineficientes EPS, y en un eventual gobierno del pupilo de Uribe estas seguirán tramitando la salud de los colombianos, sin importar cuántos se mueran en camino al hospital, o cuántos meses tengan que soportar sus afiliados para que les autoricen una cita con el especialista.

En un momento coyuntural de la política nacional donde la posibilidad de regresar al pasado está a la vuelta de la esquina, con los saldos de muerte, paramilitarismo y corrupción ya conocidos, pero profundizados por las anunciadas reformas a la justicia que eliminarían las cortes y harían trizas el sistema pensional que afectaría profundamente a las mujeres y la posibilidad de que, una vez fallecido el beneficiario, la pensión pase a manos del Estado, votar en blanco puede constituirse hoy en un acto de irresponsabilidad ciudadana, ya que no solo pondría contra la pared el intento del presidente Santos de pacificar al país sin echar balas, sino que dejaría también las puertas abiertas de la violencia y la corrupción, representada en la adhesión de esos grupos de los distintos sectores políticos que en los últimos días han pasado a ser parte del uribismo con el claro propósito de recibir prebendas y favores en los próximos cuatro años si Duque, como lo esperan, llega a la Presidencia de la República.

No es necesario aclarar aquí que el sufragio, sin importar la opción por la que el ciudadano decida, es una manifestación democrática y autónoma. Pero la democracia, más allá de su definición de elegir y ser elegido, tiene como trasfondo la responsabilidad política del ciudadano. Permanecer neutral ante un hecho de injusticia no es un acto democrático sino de cobardía. Votar a favor de quienes han promovido la guerra y han manifestado de distintas maneras no estar de acuerdo con lo firmado en La Habana, y que de llegar al poder modificarán lo acordado sin importar sus consecuencias ni consultar con la contraparte, es solo una expresión de irresponsabilidad para con el futuro de nuestros descendientes y el desarrollo real del país, y, por ende, un regreso a ese pasado nefasto que tanto dolor y muerte le ha costado a los colombianos, sobre todo a los más pobres. Que Álvaro Uribe, César Gaviria, Andrés Pastrana y Alejandro Ordóñez hagan parte de esa coalición que rodea a Duque y que busca llevarlo a la Presidencia, debería pellizcar al país liberal y mirar en el espejo retrovisor de la historia reciente las imágenes de horror que nos devuelve.

En Twitter: @joaquinroblesza

Email: robleszabala@gmail.com

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