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Columna de opinión Marc Eichmann
Columna de opinión Marc Eichmann - Foto: Cortesía

Pa fuera, pa la calle

No dejemos que los políticos nos metan gato por liebre al evitar una discusión sensata de expertos y reemplazarla por marchas sin ton ni son, en las que la intensidad de los disturbios define qué conviene para el país.

Por: Marc Eichmann

El presidente Petro ha llamado al pueblo a defender sus reformas en las calles el 14 de febrero y el 1 de mayo. Este anuncio sui generis llega en un momento donde ha perdido apoyo parlamentario y tiene en fila la reforma pensional, la reforma a la salud, la laboral y la reforma a la educación.

¿Pero qué significa defender las reformas en la calle? Primero, entendamos que menos del 15% del Congreso, instancia natural en la cual se deben tramitar las reformas, se encuentra en oposición al gobierno. Más de 90 de los 108 senadores gozan hoy de las mieles de la mermelada repartida en cantidades nunca vistas, por un gobierno que no escatima para darse gobernabilidad.

En cualquier democracia la discusión que debe darse a las reformas se da en el legislativo. Representantes a la cámara y senadores supuestamente escuchan a sus constituyentes e incluyen modificaciones al texto propuesto por el gobierno, en esta instancia, a Carolina Corcho, ministra de Salud y su equipo.

Enviar la discusión a las calles es romper con el canal institucional del poder legislativo para recoger directamente desde el ejecutivo las inquietudes y las preferencias del constituyente primario, lo cual es nada más y nada menos que una bofetada a los congresistas.

Llevando la discusión de las reformas a la calle se desfigura la calidad de estas. La definición de cómo interactúa el gobierno con el sector privado para optimizar el servicio de salud, teniendo en cuenta a los grupos de interés como los pacientes, los médicos, los financiadores y los prestadores, requiere de una estrategia detallada y afilada que debe ser discutida en profundidad.

La discusión en manos de la calle es una pésima idea, ya que el nivel de la discusión será bajísimo y sin componente técnico, es decir, en un entorno en el cual el gobierno no tiene la obligación de impulsar reformas de calidad.

Discutir la reforma en la calle puede responder a cálculos políticos desde la administración petrista. Entendiendo que su propuesta tiene una posibilidad real de ser altamente impopular para los colombianos en general, el escenario de la calle es el más afín a sus ideas.

Estando la base progresista en los más jóvenes, las organizaciones sindicales, que a cambio de su apoyo tendrán su lista de navidad, y de una primera línea que en su beligerancia ataca un segmento de la población poco alineado con las reformas mal planteadas, la calle es el escenario ideal para que no se evalúe la calidad de las reformas con espíritu científico y riguroso.

El 70 % de los votantes colombianos no se untaron el dedo de tinta por Petro y su plan de gobierno y, por lo tanto, el pueblo no necesariamente respalda sus reformas. Sin embargo, llevar la discusión de estas a la calle no es discutir la reforma con todos los colombianos sino entre sus adeptos.

Además, los argumentos que desde ya esgrime el mandatario para aprobar sus reformas no son sobre las reformas sino que se refieren a una inexistente lucha de clases en la cual hay un segmento de la población adinerada que se opone ilegalmente a sus reformas.

Llevar las reformas a la calle no es entonces una discusión sobre la conveniencia de las reformas sino, muy probablemente, un acto para alebrestar a los seguidores progresistas para evitar una discusión sensata de temas de vital importancia para Colombia. De nuevo, es validar su punto de vista en la noción de que los ricos explotan a los pobres y que por lo tanto hay que cascarles, y que eso es lo que hace el gobierno con sus reformas.

Las reformas planteadas contienen aspectos técnicos significativos que golpean el bienestar de los colombianos de hacerse mal hechas.

No dejemos que los políticos nos metan gato por liebre al evitar una discusión sensata de expertos y reemplazarla por marchas sin ton ni son en las que la intensidad de los disturbios define qué conviene para el país.