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Opinión

  • | 2005/10/02 00:00

    Pacheco

    Ha pasado más de 50 años frente a las cámaras sin que se le acaben los argumentos. Siempre se burla de sí mismo, de su fealdad que no es tanta, de su ignorancia que es sabiduría

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Hace apenas unos días, Fernando González-Pacheco debió soplar un ponqué con 73 velitas. Su imagen marcó la infancia de tres generaciones de colombianos. Esa voz tan suya -con la virtud de hablar y reír al mismo tiempo- fue durante muchos años el primer sonido de los domingos. "Muy pero recontra requete muy, pero

que muy, pero muy buenos días?", vociferaba Pacheco al abrir Animalandia. Un programa gigantesco y lleno de variedades que se hacía con recursos limitados, que empezaba sin que nadie supiera cómo iba a terminar, y que, sin embargo, se mantuvo siempre conectado con sus televidentes.

El enorme talento de Pacheco ha sido conservar ese candor de niño en todo lo que ha hecho. Esta semana su labor colosal fue reconocida por La W. Alberto, Julio, Félix y Claudia, cada uno miembro de una generación distinta, recordaron entre bromas esa época de la televisión colombiana. Todo se hacía en vivo y el error era parte de la cotidianidad. Fernando hacía de la necesidad virtud; con un repentismo providencial sorteaba las equivocaciones y las convertía en parte del espectáculo.

Como todo estaba por inventarse, él y un grupo de pioneros se lo inventaron. Salir a exteriores con un equipo de producción era muy costoso, la televisión estaba condenada a los estudios y a las escenografías de acuarela que recreaban amaneceres o tormentas. Pero ellos alargaron hasta el límite de lo posible los cables de las pesadas cámaras de Inravisión para hacer un programa con público desde el parqueadero. Visitar los animales en su hábitat era un lujo impagable, pero ellos los llevaban hasta los estudios. Los niños de las ciudades conocieron por Pacheco, un tigre de los Llanos, una tortuga del Pacífico o una anaconda del Amazonas.

La tecnología, los escenarios luminosos y la interactividad eran ciencia ficción en la Colombia de esos días. Pero Pacheco, Germán García y Hernán Castrillón les dieron una nueva dignidad a los juegos populares para integrarlos a Animalandia. Los niños trataban de escalar por palos resbalosos, o jugaban a la rana como se sigue haciendo en las ferias de los pueblos. La creatividad era el mejor antídoto contra la escasez.

Pernito, Tuerquita y Bebé, animados por Fernando, irrumpían en la escena y salvaban los baches de un espacio que jamás tuvo un libreto propiamente dicho. Sus bromas eran siempre las mismas, pero cada vez lucían maravillosamente nuevas.

Fernando también se ha destacado como entrevistador. Los que vivimos de hacer preguntas hemos tenido en él un maestro inigualable. Asegura que jamás se preparó para una entrevista, que su única labor consistía en preguntar lo que se le podía ocurrir a un ciudadano del común. Con esa aplastante simplicidad, Pacheco logró declaraciones únicas y espontáneas. El general Ómar Torrijos, el hombre que marcó la historia de Panamá y en su momento la de todo el continente, afirmó que nunca nadie pudo hacerle un reportaje comparable al realizado por Cita con Pacheco en su casa de Contadora.

Pacheco ha pasado más de 50 años frente a las cámaras sin que se le acaben los argumentos. Cada vez que aparece se burla de sí mismo, de su fealdad que no es tanta como él ha pregonado. De su torpeza que no existe en absoluto. De su ignorancia política, que más bien es sabiduría, como lo demuestra que jamás haya oído los cantos de sirena que lo invitaban a convertir su inmensa popularidad en votos.

Hace unos años -cuando estaba en el pináculo de su carrera- le pregunté a Fernando qué iba a hacer cuando todo esto se acabara. No lo pensó más de tres segundos y contestó "Abrirles el paso a las nuevas generaciones, y volver a empezar". Una decisión que viene cumpliendo cotidianamente con ejemplar modestia.

Seguramente Fernando podrá celebrar muchos más cumpleaños, para fortuna de los que lo queremos. Pero es bueno reconocer ahora todo lo que le ha aportado a Colombia y a su televisión, mientras él pueda leerlo, oírlo y verlo.
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