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Opinión

  • | 2019/12/10 21:58

    Pa´lante

    Crecí siendo un excluido y a estas alturas no me interesa pertenecer a ningún grupo, pero esto del paro no me es indiferente. Me siento comprometido con la democracia porque he sido irrespetado en mi dignidad como ser humano y en mis derechos ciudadanos.

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Hace ya varios años, una asesora del gobernador del Cesar de ese entonces me buscó de manera misteriosa para pedirme un favor “muy personal”. Dijo: “No conozco a nadie que pueda hacerlo mejor que tú”. Hacía poco había sido publicada mi novela Líbranos del bien, que cuenta la historia de Valledupar y pensé que el tema tenía que ver con el libro. Pero la vuelta iba por otro lado: “Necesito que aconsejes a la primera dama del departamento, que no tiene estilo y viste muy mal”. ¡Oooops! Creía que, por ser gay, yo solo debía saber de moda, maquillaje y cortes de cabello. Ya me hubiera gustado tener alguno de esos talentos en lugar de ejercer este oficio literario tan doloroso y solitario.

Tiempo después me invitaron a dar una charla sobre mi novela Al diablo la maldita primavera en un pueblo del Cesar. Me informaron que el enfoque sería meramente literario. Sin embargo, la primera pregunta fue: “¿Cómo enfrentaste el trauma de haber sido violado en tu niñez, lo que te llevó a ser gay?”. De nuevo quedé en babia. “¿De dónde sacas eso?”, quise saber. “Es lo que dicen en el Valle”, contestó tan convencida de lo que decía que no me creyó cuando le dije que no, que nadie me violó en la niñez, ni en la adolescencia ni en la edad adulta y que ningún trauma me llevó a ser gay, como ningún trauma lleva a otros a ser heterosexuales.

Me he distanciado de amigos heterosexuales porque me aburre profundamente que sus únicos temas de conversación conmigo giren en torno a la homosexualidad. Alguna vez me sucedió que la persona con quien conversaba se quedó sin argumentos y me salió con el cuento: “Que vas a saber tú de eso, si eres gay”. Por eso no olvido quién soy, porque los demás nunca lo olvidan.

Estas cuantas anécdotas, entre muchas otras, son la manera más directa que he encontrado de contar todo este fondo de prejuicios, odio, discriminación, silenciamiento, invisibilización, homofobia y negación del otro en los que algunos insisten en anclarse en pleno siglo XXI. No suelo hablar al respecto. Hoy lo hago porque son mis razones para apoyar el paro: seguir luchando por mi “derecho a la indiferencia”; por un país sin machismo, misoginia ni patriarcados; un país incluyente y respetuoso de los pensares ajenos que garantice los derechos de todos por igual y no solo los de los privilegiados -que solo luchan por sus intereses económicos con una indolencia que abruma-; un país progresista, en fin, que sabe que el cambio es imparable porque no es un asunto del gobierno de turno.

Crecí siendo un excluido y a estas alturas no me interesa pertenecer a ningún grupo, pero esto del paro no me es indiferente. Me siento comprometido con la democracia porque he sido irrespetado en mi dignidad como ser humano y en mis derechos ciudadanos. Habrá otros gais que no se conmuevan con lo que sucede. Yo no quisiera que las nuevas generaciones de homosexuales pasen por lo que he vivido. Creo tener un compromiso con ellos porque, como Lemebel, “Tengo cicatrices de risas en la espalda”.

Bueno, y también apoyo las marchas porque a este país no le cabe un ladroneo más y ya hasta sorprende que los corruptos dejen alguito para el funcionamiento del Estado. Y para que se implemente el acuerdo de paz. Y para que se repare a las víctimas. Y para que dejen de manosear la dignidad como si fuera la manija de una puerta.

 

@sánchezbaute

 

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