opinión

Pandemia y colapso

Por: Germán Corzo

Podría parecer que el aprendizaje que nos deja la pandemia que sufrimos está limitado a las condiciones actuales. Sin embargo, podría tener relación estrecha con otro riesgo mayor y acuciante, que aún nos negamos a afrontar y que es el de los cambios globales.


El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el cambio de uso del suelo, y con ellos la disminución de los beneficios de la naturaleza, indispensables para la humanidad, son algunos de esos cambios. En este sentido, son múltiples las coincidencias, entre la pandemia y los cambios globales, a las que estamos sometidos.

En ambos casos, se trata de afectaciones globales más o menos críticas para algunas sociedades y para algunos sectores. La pandemia, relacionada con confinamientos indefinidos; los cambios globales, más relacionados con desplazamientos y hambrunas asociadas con eventos climáticos extremos, pero cuyo significado en términos económicos es igualmente nefasto.

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En ningún caso se trata de eventos aleatorios, definidos por un sino trágico externo; han sido promovidos por nuestra especie y pronosticados con antelación por una comunidad científica, apenas reconocida.

Ambas situaciones están rompiendo la inercia del modelo económico imperante, que, a pesar de la inequidad generada en décadas de crecimiento económico ilimitado, parecía constituirse en el ideal de estadistas y economistas. Tanto la pandemia, de forma apremiante, como los cambios globales, ya evidentes, están logrando lo que siglos de revoluciones, más o menos tibias, no habían conquistado: ponernos a pensar como sociedad planetaria sobre la incertidumbre del futuro.


Este virus será pasajero y no será el último, por lo que a nivel personal también se deben cambiar de hábitos para evitar a futuro enfermedades mucho más nocivas. Foto: Getty Images. 

En ambos casos, las soluciones (aún no suficientemente reconocidas) son planteadas en ambientes de incertidumbre. Generarán nuevas formas de asumir la vida, serán incómodas y apelarán a la capacidad de adaptación tanto de la especie como de la sociedad. La resiliencia es el principal salvavidas, pero no para regresar a la línea base prepandémica ni a la preindustrial, pues ya no solo está en juego el bienestar al que estábamos acostumbrados, sino también la persistencia de la civilización en el planeta.

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El motor en ambos casos no debe ser el miedo, que paraliza y que limita el cambio necesario, que genera espacios cooptables por populismos políticos, religiosos o culturales, sino la innovación, la adaptación, la resiliencia y el discernimiento de los individuos con pensamiento social planetario.

Este virus será pasajero y no será el último, pues cada vez tenemos mayores amenazas de zoonosis y mayor vulnerabilidad demográfica, e inequidad económica, mientras que los cambios globales podrían, incluso, llegar a ser definitivos para la civilización, muy perturbadores para la especie y nefastos para la biósfera y la geósfera planetaria.


Prohibir el tráfico de animales silvestres para evitar la proliferación de enfermedades zoonóticas, será fundamental. Foto: Pixabay. 

Las soluciones aún están en nuestras manos. En el caso de la pandemia, asociadas a normas de relacionamiento social y de adaptación de nuestro sistema autoinmune. En el caso de los cambios globales, al considerar espectros más amplios, como la contención consumista, la formulación de nuevos idearios de bienestar, ya no tan asociados con el tener, sino con el ser, cambios profundos en el modelo económico, en los paradigmas culturales, etcétera.

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Existen muchas claves que nos pueden regresar a la senda de la sostenibilidad, de la que nos hemos alejado en las últimas décadas. La advertencia ha sido puesta sobre la mesa, de manera clara y auspiciosa. Podríamos, incluso, pensar que esta pandemia debe ser tratada como un simulacro hasta oportuno, no solo para entrenarnos ante la incertidumbre, sino para sacar moralejas necesarias.


Impulsar una movilidad sostenible y amigable con el planeta será clave para mitigar el cambio climático. Foto: archivo Semana.

Somos una sociedad de hábitos que están siendo rotos. Ante esta evidencia, es preferible que decidamos como individuos y como sociedad los escenarios futuros deseables, que ya no serán los de antes, pero que tampoco tienen que ser los que nos sean deparados por modelos econométricos únicos, por sistemas políticos autoritarios o por modelos culturales ajenos y globalizantes.

* Investigador de Gestión Territorial de la Biodiversidad Instituto Humboldt