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Opinión

  • | 1997/05/19 00:00

    PARABOLA ROMANA

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La pregunta me vino de pronto y en el sitio más inesperado: en Roma, desde donde escribo estas líneas. ¿Cuál es la diferencia profunda _o la discordia_ entre el gobierno de Gaviria y el gobierno de Samper? Se evocan, para explicarla, razones éticas o los opuestos modelos económicos con los cuales uno y otro han sido identificados. Pero hay algo más.¿Qué es? Tal vez una manera de integrar su equipo de gobierno, lo que significa también una manera de gobernar. Gaviria le abrió la puerta a jóvenes tecnócratas y ejecutivos. En Samper prevalecieron la vieja clase política y, sobre todo, el sistema de las cuotas de poder. Una experiencia, vivida precisamente desde Roma, me sirve de parábola para ilustrar esta gran diferencia y todo lo que ella determina. Cuando fui nombrado embajador en Italia (por Gaviria) quise hacer algo útil en ese cargo. Nunca he sido vago y por eso no comparto la idea que un D'Artagnan se hace de los puestos diplomáticos: la posibilidad de comer cosas ricas, por cuenta del Estado, en un sitio distante. Los ministros que visité, buscando orientación _Noemí, Juan Manuel Santos, Luis Alberto Moreno_, eran todos eficientes ejecutivos. Moreno, en particular, me dio una indicación utilísima basada en el informe Monitor. Nuestros artículos manufacturados no eran competitivos en precio con los de los países asiáticos, pero tampoco en calidad con los de Europa o Estados Unidos. Necesitaban diseño, sofisticación. Y en este campo los italianos son maestros. ¿Podría obtener su colaboración? Fue el comienzo de un empeño que duró dos años. Con el apoyo del director del IFI, Gustavo Canal _otro excelente ejecutivo_ quedó constituido un pequeño comité de empresarios para coordinar el proyecto. Fui a Milán. Cuando expuse al director del Instituto Europeo de Diseño _IED_ el más importante de Europa, la idea de enviarnos unos cuantos profesores, sonrió piadosamente. Carmelo di Bartolo _hoy buen amigo mío_ se tomó el trabajo de explicarme unas cuantas cosas: el diseño no es un ejercicio estético; debe estar casado con la tecnología, la mercadotecnia, el derecho mercantil y las técnicas y artes de la comunicación (publicidad, imagen de marca, exhibiciones), para impulsar los productos de un país. Tales enseñanzas no deben impartirlas académicos sino profesionales que trabajan en la industria, y los alumnos se especializan en las propias fábricas. Con esta estrategia, rompiendo la brecha entre academia e industria, el Instituto había sido una pieza esencial en el despegue del llamado milagro italiano. Había asesorado con éxito a Japón y Corea del Sur. ¿Podría hacerse algo similar con Colombia? ¿Cómo convertir los artículos colombianos en una vigorosa línea de exportación? Propuse tal proyecto al IED y a nuestro gobierno, el de entonces. El IFI respondió enviando a los italianos un excelente interlocutor. Alto, de barbas, muy serio. Raúl Sánchez es el prototipo del experto. Oye, pregunta, lo anota todo. No se dejó contagiar por mi entusiasmo. Visitó los mejores centros de diseño de Europa. Y al final rindió un concienzudo informe favorable a mi propuesta. Viajé entonces a Colombia con una misión de expertos italianos encabezada por el propio presidente del IED, Francesco Morelli. En Bogotá y Medellín examinaron al trasluz nuestra industria. Vieron lo que teníamos y lo que nos faltaba. Admiraron empresas como Carvajal, que ya estaba en el Primer Mundo. Observaron con cuidado los pequeños empresarios. Carecían de diseño, de acabados, de tecnología, de estudio de mercados internacionales. "Pero tenían empuje", decían. "Si dispusieran de centros auxiliares para cerrar estas brechas, se tragarían al mundo". Las facultades de diseño suministraban una buena formación de base, pero su perfil era académico, no técnico. De ahí que sólo un 10 por ciento de los egresados llegara a ejercer la profesión. Se diseñó, pues, un preproyecto para formar o perfeccionar en Italia a 150 profesionales, a razón de 50 por año, en todas las áreas que necesitaba nuestra industria. Algo similar a lo hecho en Corea del Sur. Y hasta allí llegamos.Todo lo que se adelantaba de manera técnica, empresarial, fue pulverizado en pocos meses al cambiar el gobierno. Llegó al IFI el inefable doctor Carlos Wolff. Su ego invasor no le permitía heredar proyectos de nadie. Se sentía igual que Adán en el primer día de la creación. El nuevo ministro de Desarrollo, Rodrigo Marín Bernal, resultó ser el clásico político verboso, mediático, de esos que entrecierran los ojos y no oyen: se escuchan a sí mismos. Organizó un simposio de diseño sin empresarios, con académicos y unos cuantos lagartos de arete y trenza. Echó un discurso, y se fue contento, batiendo la cola, en busca de otro acto y de otras cámaras de televisión. Dejó todo en manos de un desabrido viceministro (otro Wolff, en miniatura), que acabó elaborando un proyecto casero, a la criolla, con toda clase de comités (a cada cual su pastelito) y una lujosa lista de propósitos. Aire, basura. Lo de siempre.Es el fin de la parábola. Moraleja: los técnicos organizan, proceden, realizan; los políticos dan la impresión, sólo la impresión, de hacer lo mismo. Entre ser y parecer o hacer y simular, está la gran diferencia. A la hora de elegir nuevo Presidente, habría que pensar en estos verbos que, según el caso, conjugan el desarrollo o el subdesarrollo.
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