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Opinión

  • | 1985/07/08 00:00

    ¿PARARAN, PAN, PAN, PARARAN?

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Para el 20 de junio, a la hora cero, que es lenguaje de lanzamiento de cohetes, se ha anunciado la celebración de un nuevo paro cívico nacional.
Sobre este anuncio, que en cualquier otro lugar del mundo tendría sumida a la ciudadanía en un nervioso compás de espera ha tendido la prensa una sospechosa cortina de humo que no obedece sino a una de dos explicaciones: o no se considera que el anuncio es grave, o, por el contrario, se considera que es lo suficientemente grave.
Yo, personalmente, me inclino por la segunda explicación. Por un lado, porque el paro cívico nacional del gobierno de López Michelsen no es antecedente despreciable. Por el otro, porque el éxito de este tipo de paros no depende simplemente de la cantidad de gente que tenga la voluntad de no trabajar, sino del poder intimidatorio que se ejerza sobre la gente para dejarle la sensación de que es peligroso salir de la casa para ir a trabajar. Y ningun gobierno, por desgracia, tiene el poder de quitarle el miedo a los ciudadanos por decreto.
Hay, sin embargo, diferencias sustanciales entre las motivaciones de este paro cívico y el que se hizo el 14 de septiembre de 1977. Mientras en aquella oportunidad el Presidente de la República podia exhibir las mejores cifras económicas y los peores índices de popularidad, en ésta la regla se invierte: la popularidad del actual presidente continua siendo favorable en sectores masivos de la población, pero el gobierno se encuentra atrapado como mariposa de colección, por el alfiler de unas cifras económicas escandalizantes.
Otra diferencia significativa consiste en que el paro del 77 fue instigado por una curiosa alianza de la izquierda con un ala del Partido Conservador, y aglutinaba mayoritariamente a los trabajadores del sector privado. En esta oportunidad el paro se inclina hacia el sector público y está instigado por una izquierda sumida en una también curiosa contradicción: la de pretender evitar que B.B. se caiga por el lado de la paz, pero procurar que se resbale definitivamente por el lado económico.
Del paro del 77 ahora la responsabilidad del sindicalismo para con sus afiliados se ha modificado sustancialmente. Antes, el principal deber del sindicalista consistía en maximizar los aumentos salariales, porque, independientemente del riesgo inflacionario, las expectativas económicas del país eran buenas. Actualmente la prioridad del sindicalismo, en medio de un índice de desempleo del 14.2 por ciento, pues es precisamente la del empleo. De ahí que las organizaciones sindicales del sector privado, que poseen una cierta dósis de respuesta ante la manera como les está yendo a las empresas empleadoras, se hayan mostrado reacias a apoyar el proyectado paro. Al contrario, al sindicalismo del sector público le tiene sin cuidado la suerte de su empleador, que es el Estado: tan ancho como ajeno.
Pero, detrás de cualquier consideración de tipo económico, todo intento de paro nacional esconde un gran motivo político: el de hacer una exhibicón de pulso. Esta es la razón de que, por lo general, la decisión de hacer un paro cívico vaya acompañada de condiciones casi siempre imposibles de cumplir.
A López le pedían, por ejemplo, que reformara el código laboral por medio del decreto de Estado de Sitio, cuyas medidas tienen, por mandato constitucional, carácter transitorio.
En la actualidad las peticiones de los organizadores del paro son igualmente imposibles de cumplir. Para no hablar sino de unas pocas, por ejemplo, (son 9), figura la de que se decrete la moratoria de la deuda externa, con lo que automáticamente se lograría la albanización del país: o sea cerrarle las puertas al resto de mundo, para morirnos de pena con la sombra de un semáforo en rojo
También se exige una "reforma agraria democrática", que ya casi suena como un tema anacrónico: más que la tenencia de la tierra, el principal problema actual del campesino es que la propiedad ya no le garantiza ni su seguridad ni su supervivencia. El problema del campesino consiste, precisamente, en que está abandonando el campo porque si no lo matar se muere de hambre en su parcela.
Otra petición es la congelación de precios. La culpa de la inflación este año la tiene fundamentalmente la papa, y consiste en que ha triplicado en dos meses su valor porque los agricultores no siguieron sembrándola cuando dejó de ser un buen negocio. Si la papa está cara es porque no hay. La única manera de congelar su precio sería, entonces, ponerle un policía a cada una de las papas que quedan en el mercado.
También piden una prima móvil de salarios, experimento que ha resultado fatal en los países de América Latina en los que se ha aplicado. Una inflación del 1.00 por ciento en Argentina o de 2.000 en Bolivia lo demuestran.
Por último está el seguro de desempleo. Lo único que se les olvidó fue sugerir quién debe pagarlo. El Estado no, porque no tiene con qué. Los empresarios tampoco, por la misma razón Queda la posibilidad de que el seguro de desempleo lo paguen los que están empleados, y a ver cuál es el sindicato que se atreve proponérselo a sus afiliados.
De todo lo anterior se deduce que existe la decisión política de hacer el paro, independientemente de que lo que se intenta presionar a través de él sea, en realidad, posible de cumplir. La conclusión es, pues, inevitable pararán, pan, pan, pararán.
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