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Antonio Caballero - Foto: Archivo SEMANA

Pdvsa: una vaca en venta

Puede que el remate a menosprecio de PDVSA ayude a sostener por un tiempo el régimen de Maduro. Pero es el final de lo que queda, si es que algo queda, de la prometida revolución chavista que se llamó “bolivariana”.

Por: Antonio Caballero

Corre el rumor de que Nicolás Maduro está en tratativas para privatizar PDVSA, la empresa estatal de petróleos venezolana, maravillosa lámpara de Aladino de la riqueza del país. Venezuela no supo o no quiso nunca “sembrar el petróleo”, como se lo aconsejaba el escritor Arturo Uslar Pietri desde el gran boom petrolero de los años 40 del siglo XX. Es decir, usar sus ingentes ingresos para la construcción de una industria nacional y de una agricultura autosuficiente. Por el contrario: se los gastó alegremente en importar whisky para los ricos y comida para los pobres, sin invertirlos en nada productivo. Así fue desde que el petróleo, que parecía eterno –Venezuela sigue siendo el país con más grandes reservas del planeta, seguido por Arabia Saudita–, empezó a ser explotado en tiempos del dictador Juan Vicente Gómez, a partir de l9l7. En ese entonces Venezuela llegó a ser el segundo productor de petróleo del mundo (después de los Estados Unidos) y el primer exportador.

Del petróleo siguió viviendo el país hasta los años 90 bajo los gobiernos de los partidos Acción Democrática (socialdemócrata) y Copei (socialcristiano). Y con el petróleo se pretendía financiar, y así se hizo en un principio, la ambiciosa “revolución bolivariana” que al final del siglo prometía el coronel Hugo Chávez y de la cual es heredero Nicolás Maduro. En l976, el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (AD) había nacionalizado la industria petrolera del país, hasta entonces mayoritariamente en manos de compañías multinacionales, en particular norteamericanas, y creado el monopolio estatal de PDVSA. Ni el acosado y neoliberal segundo gobierno de Pérez, ni el frágil e igualmente neoliberal de Copei que lo sucedió, se atrevieron a sugerir siquiera la reprivatización de la empresa, convertida en un símbolo de la independencia venezolana. Y a finales del año 2002, tras una huelga general promovida por los dirigentes de la empresa estatal contra su gobierno y un fracasado golpe de Estado, Chávez los cambió por militantes fieles a su persona al grito de “la plena soberanía petrolera de Venezuela”: “¡PDVSA ahora sí es del pueblo!” –clamó– y bautizó a la gigantesca empresa de “roja rojita”, haciéndola emblema de la revolución bolivariana.

Fue un poco la repetición, para Venezuela, de lo que había sido en el México en los años 30 la expropiación de los petróleos de la Shell y de la Standard Oil por Lázaro Cárdenas, y la creación de Pemex: la revolución en marcha.

Pero las ubres de la vaca lechera de PDVSA (se pronuncia pedevesa) no eran inagotables. Con la represión que siguió a la huelga y al golpe la empresa empezó a periclitar. De una producción de 3,5 millones de barriles diarios en 1998 pasó paulatinamente a la actual, que es apenas de unos 700 mil barriles: la quinta parte. A pesar de la creación de compañías mixtas –con los rusos y los chinos, pero también con los europeos, e incluso con los norteamericanos, como las petroleras Chevron o ExxonMobil– hoy el negocio está exhausto.

Y ahora esa vaca anémica que es PDVSA está –dicen– para la venta: no solo para su privatización, sino para su extranjerización. Se interesan en ella Rosneft de Rusia, ENI de Italia y Repsol de España (las empresas norteamericanas no pueden competir a causa de las sanciones a la negociación con Venezuela impuestas por Barack Obama y endurecidas por Donald Trump).

Puede que el remate a menosprecio de PDVSA ayude a sostener por un tiempo el régimen de Maduro, agobiado por la quiebra económica y por la descomunal deuda externa del país, reducido a pagarla con promesas de petróleos futuros. Pero es el final de lo que queda, si es que algo queda, de la prometida revolución chavista que se llamó “bolivariana”.

Desde el fondo de sus tumbas, Margaret Thatcher y Ronald Reagan deben de estar aplaudiendo.