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Opinión

  • | 2002/07/15 00:00

    Pecado original

    La de la Iglesia es una historia que no se da en blanco y negro. Es santa y pecadora, con curas pederastas y curas héroes, pero sin dudas ha cumplido un papel fundamental en estos 20 años en Colombia.

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Para contar lo que hace la Iglesia a estas alturas del siglo XXI, al periodista se le ofrecen dos historias: la del cura manoseador de niños y de adolescentes, o la de los curas que enfrentan con su gente la violencia guerrillera o paramilitar. Generalmente se prefiere la historia de escándalo, porque la otra, es la de todos los días. Pero a la gente, lo mismo que a las instituciones, no se la define por sus escándalos sino por lo que hacen todos los días.

Para los sobrevivientes de Bojayá, la población chocoana destruida dentro de un combate entre guerrilleros y paramilitares, será imborrable la imagen del párroco Antún Ramos, a la cabeza de una temblorosa fila de gente inerme que avanzaba, paso entre paso y en medio de las ráfagas de metralleta, desde la iglesia reducida a ruinas hasta la orilla del río en donde una panga esperaba amarrada a un remo clavado en el lodo. El sacerdote, para animarlos, había aceptado marchar al frente, con un trapo blanco en las manos y con la piel erizada de miedo. Se trataba de llegar a la embarcación, atravesar el río y alcanzar, en la otra orilla, la protección de Vigía del Fuerte.

En las horas anteriores había cargado a los heridos, había animado a los parientes de las víctimas, había sudado y llorado con ellos y ahora llevaba su camiseta manchada con su propia sangre y con la de las víctimas. Así llegó hasta la parroquia vecina, en donde se abrazó con el padre Julio Plaza. Los dos curas lloraron de tristeza y de alegría a la vez, y eran conscientes de que en medio de aquella colosal quiebra de valores de humanidad, ellos representaban lo que podía quedar de fe en la dignidad humana.



Alto precio

Ese ha sido el papel de la Iglesia en el conflicto armado, un costoso desempeño en el que han muerto dos obispos y 37 sacerdotes; tres obispos y ocho sacerdotes han sido secuestrados y están bajo amenaza siete obispos, tres religiosas y seis sacerdotes.

Cuando uno examina, una por una las circunstancias en que murieron esos obispos y sacerdotes, encuentra que 28 de ellos fueron asesinados o por la guerrilla o por los paramilitares, por su actitud de rechazo de los movimientos armados y de defensa de la feligresía. Vivieron para contarlo, el padre Pazichara, que se negó a entregar los altavoces de la iglesia a la guerrilla, que los quería utilizar para exigir la rendición de 13 policías que resistían el ataque. Los padres Segura y Rodríguez encabezaban la caravana que transportaba el café de la región de Caicedo, en Antioquia, cuando fueron interceptados y golpeados por la guerrilla. En Caldono escapó, de modo inexplicable, el párroco Emanuel Monteiro, que marchó frente al movimiento de resistencia civil contra los atacantes de las Farc que se proponían apoderarse de la población. Golpeado, herido, secuestrado, amenazado o asesinado, el sacerdote, lo mismo que el obispo, han corrido la misma suerte que el pueblo que pastorea.

Frente a mí y con el pedido expreso de que le respete el perfil bajo que ha querido mantener y la ausencia de todo protagonismo, este sacerdote deja por un instante sus dos teléfonos celulares y su computador portátil para responder a mis preguntas. De sus respuestas concluyo que a la Iglesia le ha pasado lo mismo que a esa parte mejor del pueblo colombiano que en vez de dejarse destruir, ha aprendido de la guerra. "Se han tenido que redefinir los objetivos y métodos de la pastoral social y de las organizaciones populares". La Iglesia fue, en efecto, la primera entidad que investigó, denunció y propuso acciones sobre los desplazados. Los trabajos pioneros adelantados por la Consultoria para Derechos Humanos y Desplazamiento (Codhes) abrieron los ojos del país a ese hecho social.

Entre los insistentes timbrazos de sus teléfonos, este sacerdote, conocedor como pocos de los meandros del proceso de paz, anota: "La vida religiosa ha afinado su sensibilidad frente a las víctimas. Las religiosas son el alma de las comunidades de paz y se la juegan toda por la defensa de los derechos humanos". Quizá, desde los tiempos de Mosquera, no se había visto una escena como la que protagonizaron soldados de la Brigada 13 de Bogotá, el 13 de mayo de 1998, cuando allanaron la sede de la Comisión Intercongregacional Justicia y Paz y, armados hasta los dientes, se enfrentaron a un grupo de asustadas religiosas.

La institución es otra de las que, dentro de la Iglesia, trabajan por los derechos humanos bajo la convicción de que así echan las bases de la paz. La patrulla militar entró, revolvió papeles y libros, amenazó a las religiosas y empleados, los acusó de subversivos y mantuvo durante dos horas un dominio total del edificio. Al final retuvo elementos de información y archivos y el comandante de las Fuerzas Armadas, general Manuel José Bonnet, declaró que todo había sido un error, pero no de mala fe, que fue lo mismo que declararon, el ELN después del asesinato del obispo Jesús Emilio Jaramillo, y las Farc después de la matanza de Bojayá.

A pesar del heroico trabajo de la gente de iglesia, hace falta una pastoral de la paz, como si a pesar de todo subsistieran las reticencias que marcaron la actitud de la Iglesia frente a las políticas de paz.

Durante el gobierno del presidente Belisario Betancur, Rocío Vélez de Piedrahita era miembro de la Comisión de Paz y entre sus recuerdos de aquella experiencia, destaca: "La participación de varios sacerdotes fue ocasión para mí de conocer esta labor en su modalidad más asombrosa. Por ejemplo, monseñor Darío Castrillón, monseñor Rafael Gómez Hoyos, monseñor José Luís Serna. Lo que no se conoció fue el trabajo valeroso de algunos curas, dispuestos a arriesgarlo todo por su grey".

Oficialmente la Iglesia se mantuvo fuera del proceso de paz del presidente Betancur, porque lo vio como una gestión política con sus fórmulas económicas, ideológicas y militares, asuntos ajenos para una institución que ve la paz como el resultado de un cambio de las mentes. Este criterio no alcanzó a impedir las gestiones del obispo José Luís Serna con las Farc y con el M-19.

Durante el gobierno del presidente Virgilio Barco, el propio arzobispo López Trujillo se ofreció como mediador con la guerrilla, un gesto que rechazó el presidente con visionaria lucidez. La gestión habría fracasado, si se tiene en cuenta que para las Farc no ha sido de buen recibo que los eclesiásticos cumplan ese papel.

Cuando el gobierno de Andrés Pastrana incluyó al actual presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Alberto Giraldo, como miembro del equipo negociador y él aceptó, los obispos y los guerrilleros coincidieron en el rechazo del nombramiento. En cambio el arzobispo fue aceptado, más aún, fue solicitado por la guerrilla en calidad de amable componedor. No querían ver al prelado sometido a los vaivenes del juego político del equipo de gobierno, sino como un observador y facilitador, apoyado en su autoridad moral y no en un nombramiento presidencial. Por eso en las reuniones agitadas y difíciles de Los Pozos se oyó decir a los guerrilleros "Hagamos lo que el arzobispo diga", como ratificación del papel y la autoridad que le reconocen a la Iglesia.

Esta ejemplar faceta de la Iglesia fue la que pareció olvidarse cuando estalló el escándalo de los casos de pederastia.



El escandalo

"Mariquerías jartas", es el término que este sacerdote utiliza para referirse al escándalo del día, pero admite que los abusos sexuales de algunos sacerdotes con niños y adolescentes abrieron los ojos de la gente de Iglesia. Cuando el Papa y los obispos de EE.UU. decidieron la 'tolerancia cero' acosados y acusados por víctimas que habían callado durante 30 ó 40 años, ya el asunto había sido abordado con severidad profesional por el presbiterio de Bogotá.

Entre tazas de café y muchos cigarrillos habían concluido en una reunión de párrocos que su deber pastoral apuntaba en dos direcciones, opuestas en apariencia: 1. La defensa de las ovejas en peligro, niños y adolescentes en especial; y 2. La ayuda a los sacerdotes responsables de esos abusos.

?¿Indulgencia con ellos? pregunto.

? No. No estamos hablando de impunidad, sino de comprender y ayudar.

?Los obispos ¿fueron indulgentes?

?La verdad es que no fueron tan severos en estos casos como en otros.

Un obispo no tiene derecho a ser ingenuo. Después de años de oír confesiones uno lleva las debilidades de la humanidad en la oreja.

Si no fue ingenuidad, entonces ¿qué?

Estamos conversando en su apartamento, un ordenado piso de soltero al que he entrado bajo el compromiso de dejar en paz su nombre. Se ha quedado pensando la respuesta y al cabo parece haber encontrado la frase precisa:

"Temían un escándalo mayor y llegaron a creer que el problema se resolvía trasladándolos. En los pocos casos que conozco ni los traslados, ni las reprimendas sirvieron. El problema sólo se cambia de lugar. Además, creo, los obispos no sabrían qué hacer con los aspectos legales. Conocen las implicaciones canónicas, pero no qué hacer ante una tutela o un pleito por violación de la intimidad o de sus derechos sexuales".

Sicóloga, de esas de consultorio al aire, dice que estos abusos son el resultado de un estado de represión de los célibes.

No tiene que pensar la respuesta porque, al parecer, ya lo ha sido muchas veces:

?Por el contrario, el que se da el lujo de hacer una elección de esta naturaleza es porque ha superado esas presiones. Es el hombre menos reprimido del mundo.

Si el problema no es el celibato ¿este escándalo es acaso el resultado de una formación defectuosa? Tanto este sacerdote, cercano a los profesores del seminario local, como un joven religioso que hace parte del Consejo Vocacional de su comunidad, están seguros de lo contrario, porque lo han visto: en las casas de formación la menor sospecha de debilidades en esta materia, o de inclinaciones homosexuales, es causa de expulsión. Para evitar las injusticias a que daba lugar esta severidad, seminaristas y novicios pasan por el examen del sicólogo, "es una ayuda científica que evita dolores de cabeza".

En las distintas partes del mundo en donde explotó este escándalo, la búsqueda de soluciones no ha apuntado hacia la revisión del celibato, ni se ha pretendido impulsar el sacerdocio de las mujeres. En cambio sí se han revisado las normas de funcionamiento de las diócesis.

Al examinar casos como el del sacerdote Enrique Díaz, hoy condenado y perseguido por las autoridades, los obispos han comprobado que, expulsado de una diócesis o suspendido en sus funciones sacerdotales, había sido recibido en otras jurisdicciones eclesiásticas por obispos que necesitaban, con urgencia, un mayor número de sacerdotes. Una mayor coordinación y comunicación entre las diócesis, la creación de una base de datos común, serían suficientes para prevenir el daño de un sacerdote abusador.



Los efectos de la Caja

El 14 de octubre de 1986 los ahorradores que llegaron a las instalaciones de la Caja Vocacional se encontraron una notificación que nunca hubieran imaginado: la Caja cesaba sus pagos. "Con Félix Correa en la cárcel, con un Mosquera también preso y un Jaime Michelsen fugitivo, ya cualquiera había perdido la confianza en los financistas del país. Por eso, cuando deposité mis ahorros en la Caja en julio del año pasado, lo hice porque pensaba que el único baluarte que quedaba era la propia jerarquía eclesiástica," recuerda un ahorrador. Según las cuentas, la Caja tenía activos por 2.000 millones de pesos, sus pasivos llegaban a 3.015 millones, lo que dejaba un déficit de 1.015 millones que comprometía ahorros, pensiones y recursos de 1.500 ahorradores que comenzaron a agolparse en las oficinas con gestos de incredulidad y de irritación que, a partir de ese momento, provocaron una marea negra de críticas contra la Iglesia. "¿Qué se puede esperar o pensar o creer, cuando una entidad regentada por la Iglesia les esquilma sus ahorros a las viudas y pensionados a la manera de cualquier Grupo Grancolombiano?", preguntó ácidamente Enrique Santos Calderón desde su columna de El Tiempo.

Comenzó entonces una historia de la que sólo se conoció el hecho más protuberante: la venta del edificio de la Conferencia Episcopal al Ministerio de Justicia, para iniciar la recolección de los 1.500 millones que habían llegado a acumularse como pasivo, pero se ignoró la dramática sesión de la Conferencia Episcopal en la que el arzobispo Pedro Rubiano entregó a cada obispo tres hojas: una para anotar sus donativos personales, la segunda para consignar la parte a que renunciaba de los depósitos que su diócesis tenía en la Caja y en la tercera, la aportación que cada diócesis estaba dispuesta a hacer para el pago de la deuda. Cuando esa asamblea terminó, el episcopado colombiano se había convertido en uno de los más arruinados del mundo, pero más tarde pudo certificar lo que ninguna de las entidades financieras quebradas había podido hacer: "Hemos cancelado a todos los acreedores 2.951 millones, 223.043 pesos" que era lo que se les debía por capital y por intereses a los ahorradores hasta el día de la cesación de pagos. No estaban obligados ni moral ni legalmente a hacerlo, pero estaba de por medio la credibilidad de la Iglesia.

El episodio dejó huella profunda: la Iglesia revisó sus sistemas de administración, dejó de creer en milagros y en milagreros económicos como monseñor Gaitán, el artífice de esa quiebra, y se dedicó al montaje de "una administración sana, responsable, y honrada que asegure los recursos necesarios para ayudar a los pobres".

Es la actitud que se ha mantenido hasta hoy. El presidente de Anif, Santiago Montenegro, se encontró en junio frente a un auditorio inusual para su conferencia sobre la situación política y económica de Colombia. Lo mismo les sucedió al presidente de la Bolsa de Valores y al presidente de Fiducolombia, invitados al primer encuentro de actualización financiera para religiosos, religiosas y clero secular de Colombia. Cuando religiosos y sacerdotes hablan de pobreza, no descartan su relación con las finanzas. El tema que manejaron en esos dos días fue ¿cómo administrar los recursos sin contaminar los votos de pobreza y desarrollar con éxito programas pastorales? Al ver el interés con que la gente de Iglesia seguía los abstrusos planteamientos económicos no les debió quedar duda: estaban frente a la Iglesia del siglo XXI.

Las sectas

Sobre otro fantasma hablé con el director de Prensa Católica, el sacerdote Rafael de Brigard, un tozudo y ágil escritor que después de 40 números del semanario creado por él, dice tener cuerda para rato.

? ¿Qué le ha pasado a la Iglesia con las sectas?

? A la Iglesia se la veía desconcertada frente a la multiplicación de las sectas en Colombia, que parecían estar arrebatándole su clientela de modo que entre grupos de cristianos, que con su denominación han dejado la idea de que una cosa es ser cristiano y otra ser católico, y los Hare Krishna, fueron capaces de encender luces de alarma a una Iglesia repantigada en su cómodo sillón de credo mayoritario del país.

?Nos pasó lo que a Avianca, que cuando fue monopolio trató la gente a las patadas. El monopolio religioso de la Iglesia la hizo descuidada y distante, hasta que la gente le pasó la factura, vinculándose a las sectas. La reacción de la Iglesia ante ese fenómeno fue nerviosa al principio, después aprovechó la coyuntura para emprender una acción pastoral creativa y dinámica. Lo sintieron los sacerdotes y feligreses que colmaron hasta las banderas el estadio Atanasio Girardot de Medellín el día de Pentecostés. Desde las 2 de la tarde hasta las 8 de la noche, cuando el arzobispo Alberto Giraldo impartió la última bendición de la misa, las graderías y la gramilla vibraron con los cantos, los bailes y las proclamaciones a gritos de gentes de todas las edades, en un ambiente que algunos compararon, con escándalo, con el de los conciertos de rock. Esa renovación litúrgica y pastoral se ha logrado como reacción a la invasión de las sectas. "Lo que no había renovado el Vaticano II, lo hicieron las sectas", comentó un sacerdote.

En cambio, asistimos a una regresión, me comenta De Brigard. Se refiere a las muchedumbres que se congregan en el 20 de Julio, a las múltiples apariciones que le atribuyen a la Virgen y al sincretismo de la Nueva Era, expresiones regresivas que conviven con una búsqueda de fortaleza del espíritu.

La de la Iglesia es una historia que no se da en blanco y negro. Es santa y pecadora, con curas pederastas y curas héroes, porque está hecha del mismo barro que los hombres, sólo que con una misión que siempre parece desbordarla.
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