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Opinión

  • | 1989/07/17 00:00

    PEDACITOS DE PAIS

    El país, qué caramba, somos todos, incluso con las llagas que llevamos a cuestas, y que se nos están volviendo úlceras, como la violencia.

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El otro día llegaron a Bogotá más de cuarenta mil antioqueños en menos de veinticuatro horas. Venían a ver el partido de fútbol del equipo Atlético Nacional. Si no fuera porque desconozco por completo las estadisticas sobre migraciones y éxodos, desde los tiempos en que Moises encabezo el suyo a través del desierto, podría decir que semejante movilización humana, en tan poco tiempo, es un nuevo récord nacional y probablemente suramericano.

Debo confesar que nunca antes en mi vida me había sentido tan colombiano como ese día, viendo a los paisas en las calles bogotanas, en las esquinas, en la puerta de un hotel. Enloquecieron a los semáforos y paralizaron el tráfico.

Lo extraño es que la gente, siempre de mal humor y altanera, celebraba aquella batahola con una sonrisa. Aplaudian a los visitantes, que desfilaban con sus banderolas verdes, y los saludaban de una acera a la otra. "A mí me habían dicho que en Bogotá nos odiaban", me comentó una muchacha que venía de Marinilla, con ese acento encantador que tienen las antioqueñas, sorbiéndose la última sílaba.

No hubo embotellamientos en la carretera, ni accidentes, ni peloteras entre conductores. Por el contrario. Todavía queda agitado por el ventarrón helado del páramo, un cartelón de tela blanca: "Bienvenidos a Bogotá". Lo puso alguna mano anónima pero afectuosa. Sus letras, como es obvio, son verdes. Está a la vuelta del Alto de la Tribuna.

En medio de aquella fraternidad calurosa y sorpresiva, me puse a pensar, otra vez, en la tristeza que a uno le causa la atomización de Colombia. Como escribió Américo Castro en la famosa carta premonitoria en que adivinaba el comienzo de la guerra civil española, a uno se le rompe el alma cuando descubre que su país se convierte en pedacitos de países.

Si Medellín necesita un transporte masivo, salimos a pregonar, con la boca llena, que lo paguen sus habitantes. Se nos ocurre una idea prodigiosa: que el costo del estadio de Barranquilla lo cancelen, con sus impuestos, los barranquilleros. A la benemérita ciudad de Tunja, que cumple ahora 450 años, le mandamos el recado de que pague su acueducto de su propio bolsillo. ¿Y la noción de nación? ¿Somos un país, de verdad, o una confederación de regiones mezquinas? Parecemos, más bien, una bandada de náufragos en una canoa de salvamento, y como cada quien rema para su lado, la canoa se está hundiendo mientras los pasajeros se agarran a palancazos.

Una cosa es la emulación sana, divertida, folclórica y hasta saludable entre las regiones, y otra muy distinta es la dentellada mutua. El egoísmo no se puede confundir con el amor propio. Benditos sean el costeño que saca pecho y se pregona el mejor bailarín del planeta, y el caleño que le replica, orgulloso, con dos pases de una salsa antillana. O el santandereano que desafía a duelo, en un camino de Zapatoca, a quien se atreva a negar que la pepitoria es más sabrosa que el cuchuco con espinazo. No como frijoles, porque me producen repugnancia, pero admiro de corazón a los paisas que le pusieron por nombre liborinos a una variedad que proviene de Liborina, un pueblo de la montana, bautizado así en homenaje a Liborio Mejía, el joven general de la Independencia.

Lo artero, lo pernicioso, lo que le hace daño a este país es el falso regionalismo que le niega a los enfermos de Nariño el derecho a tener plata en el presupuesto para una clínica. Y el nocivo burocrata del Ministerio de Hacienda que se ha inventado la teoría de que la nación no es nacional sino regional.

Son ellos los que recuerdan esa histórica y formidable anécdota de Benjamin Franklin, el gran visionario de la libertad americana, en la legendaria reunión en que las colonias inglesas decidieron formar un ejército unitario.

--Si cada colonia puede pelear por su cuenta --preguntó un asistente, cuyo nombre se perdió en la noche del anonimato-- ¿por qué hemos de unirnos bajo un solo mando?
--Porque-- le contestó Franklin-- o los derrotamos juntos, o ellos nos derrotan a nosotros por separado.

Amo el mar de Santa Marta, pero también las variedades de tonalidades verdes que se pueden ver cuando crepusculea sobre las colinas de Boyacá. Amo la brisa que habla entre los almendros de Barranquilla, pero también el sol que encandila los horizontes del Llano. Amo el fresco de leche que hacen, con hielo picado y un batidor de mano, en el mercado de Sincelejo, pero también el salpicón de frutas de la plaza de Neiva.

El país, qué caramba, somos todos, incluso con las llagas que llevamos a cuestas, y que se nos están volviendo úlceras, como la violencia. Por eso, desde este humilde rincón de la revista, con cuatro letras deshilvanadas, yo quiero darles un abrazo a todos esos higuitas del Nacional, no tanto por haber ganado la Copa Libertadores de América, lo que es bueno, sino por habernos recordado que, a pesar de todo, esto sigue siendo un país, lo que es mejor...--
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