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MARIA ANDREA NIETO Columna Semana
MARIA ANDREA NIETO - Foto: KAREN SALAMANCA

Pedro, un “Castillo de naipes”

Los gobiernos de extrema izquierda y los dictadores de la región han usado la democracia para llegar al poder, pero después se apoderan del estado.

Por: María Andrea Nieto

Días amargos atraviesa la extrema izquierda en Latinoamérica. El ignorante Pedro Castillo condujo, por cuenta de su incapacidad, a una crisis institucional en el Perú, al dar un golpe de Estado, cerrar el Congreso y proclamarse dictador.

Los peruanos son un pueblo aguerrido, no se doblega y tiene en su sangre la herencia de la civilización Inca. Es cierto, le creyeron a un supuesto profesor que traería el “cambio”, pero pronto se dieron cuenta de que Pedro Castillo no sabía en dónde estaba parado. Es un populista como tantos que pululan en la región. Llevó a la economía por una senda peligrosa con la peor inflación de la historia y sin tener la más remota idea de qué hacer. Y ese era solo uno de los problemas. La realidad es que no estaba preparado para ser presidente de la república.

El castillo de naipes cae en América Latina. A la vicedictadora Cristina Fernández de Kirchner la condenaron por corrupción a seis años de prisión y la inhabilitaron de por vida para ejercer cargos públicos. Se merecía una pena mayor, pero algo es algo. Se estima que entre ella y su familia se habrían robado más de ochenta y seis mil millones de dólares, después de haber prometido ser el “cambio” que tanto esperaban los argentinos. Se espera que en ese país al finalizar el año la inflación habrá alcanzado el 100 por ciento. Una barbaridad, porque el hambre, la pobreza, la incertidumbre económica y un gobierno incapaz tienen en una sin salida a una gran parte de la población. De nuevo los fiscales y los jueces de ese país demostraron que no le temen al poder político al condenar al alto poder. Ya lo habían hecho en 1985 cuando, después de un juicio, mandaron a la cárcel al dictador de extrema derecha Jorge Eduardo Videla y al pleno de la Junta Militar que tanto dolor causó al pueblo gaucho.

Para el cierre del 2022, la dictadura de Venezuela logró que más de 7,2 millones de sus ciudadanos huyeran de su país por cuenta de la debacle económica. La inflación en Venezuela ya ni se mide. El dictador Nicolás Maduro y su bandola de funcionarios se robaron todo. Además, está vinculado al Cartel de los Soles por narcotráfico y tiene una orden de captura del Departamento de Justicia de Estados Unidos. A diario, el dictador, en su delirio, publica en sus redes sociales que su país va bien, que es el mejor lugar para pasar vacaciones y que siguen trabajando (después de 20 años) en profundizar el “cambio” de la tal revolución bolivariana.

En Nicaragua, el dictador Daniel Ortega este año encarceló a varios sacerdotes de la Iglesia católica sin que nadie pudiera hacer algo para impedirlo, ni siquiera el papa Francisco. En ese país de Centroamérica tampoco el pueblo la está pasando bien. Y ni hablar de la represión desplegada por la dictadura de los Castro en Cuba, en cabeza de Miguel Mario Díaz-Canel.

El delirio de todos estos mandatarios consiste en repetir una y otra vez que ellos son el “cambio” y que todos los que piensen diferente son una amenaza. Se inventan que la derecha son enemigos de la democracia, pero son ellos los que llevan años, algunos décadas, gobernando sus países sin permitir que se lleven a cabo elecciones libres. En el caso del dictador Ortega en Nicaragua, a sus rivales de contienda electoral los metió en la cárcel.

Es curioso cómo este mismo grupo de gobiernos que cuestionan que a Pedro Castillo lo haya destituido el Congreso y que Cristina Fernández es víctima de una supuesta persecución judicial, tengan la desfachatez de defender su derecho de permanecer en el poder. Señalan que sus males son culpa de la derecha, pero son ellos los dictadores. Mejor dicho, si son dictadores de izquierda está bien y dejan de lado la realidad que es más que evidente: y es que son pésimos gobernantes y que sus pueblos mueren de hambre.

Amlo en México no condenó el golpe de Estado de Pedro Castillo, acusó al Congreso de racista y además estuvo dispuesto a asilarlo. Gabriel Boric en Chile, otro pésimo gobernante, guardó silencio. En Argentina, la marioneta inocua e incapaz de Alberto Fernández tampoco condenó a Castillo. Y en Colombia, el presidente Gustavo Petro decidió señalar a la supuesta “ultaderecha” peruana como causante del pésimo gobierno de Pedro Castillo y de su decisión dictatorial de cerrar el Congreso de la República.

Los gobiernos de extrema izquierda y los dictadores de la región han usado la democracia para llegar al poder, pero después se apoderan del Estado, convencidos de que son los dueños hasta de la vida de los pueblos y, por eso, no respetan las reglas democráticas.

Al final, la incapacidad se mide en resultados económicos. Pedro Castillo es un ignorante que le hizo creer a la gente que por cargar un lápiz en la mano era un profesor y que por usar sombrero era cercano al pueblo. El golpe de Estado fue la pretensión que tuvo para quedarse en el poder, que, gracias a Dios por la libertad del Perú, fracasó. Prosigue que lo juzguen y castiguen por corrupto, así como a Cristina. La extrema izquierda en América Latina pierde terreno porque no son ningún “cambio”. Por el contrario, son dictadores corruptos, populistas e incapaces que tienen a sus países sumidos en la desafortunada senda del decrecimiento económico, que se manifiesta en hambre, miseria y muerte.