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Opinión

  • | 2005/03/13 00:00

    Peñalosa sabe lo que hace

    Peñalosa trae consigo el plus de la renovación, y encarna la política moderna, contra el desgaste apenas natural de Serpa

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El ex alcalde Enrique Peñalosa tenía hasta hace muy poco dos banderas como precandidato presidencial: su independencia y su afinidad ideológica con Uribe.

De la noche a la mañana soltó las dos banderas. No solo pidió cupo en el Partido Liberal, girando directamente de la chequera de su independencia, sino que su distanciamiento con Uribe es cada vez más profundo.

La semana pasada, en Pereira, estuvo virulento contra el Presidente, argumentando que el país no tiene memoria. Sostuvo que el propio Uribe, quien hoy se ufana de haber llegado a la Presidencia como disidente de su partido, abandonó sus estudios en Oxford para regresar a Colombia a adherir a la campaña de Horacio Serpa.

Pero quienes pudieran pensar que Peñalosa se enloqueció, es bobo o por lo menos se está equivocando en materia grave al entregar los dos principales activos de su capital político, independencia y uribismo, a cambio de que lo reciban en el liberalismo, harían mejor en no apresurarse. Tengan la seguridad de que Peñalosa sabe lo que hace y que hoy está más cerca de su meta que hace seis meses.

En primer lugar, los hechos han demostrado que Peñalosa no era el sucesor natural de Uribe. Germán Vargas y Rafael Pardo estaban atravesados en su camino, y ahora Juan Manuel Santos se les une.

Además, lo que Álvaro Uribe piensa hoy de Peñalosa se hizo evidente por la filtración de una conversación sostenida por el Presidente con un interlocutor cuya identidad me reservo. Al preguntársele a Uribe quién podría en su opinión ser la persona adecuada para recibir sus banderas en caso de que se caiga la reelección, respondió que no estaba interesado por ahora en dar nombres propios. Pero después de pensarlo un momento aceptó dar un nombre. El de Enrique Peñalosa. Eso sí, dijo que lo daba para que quedara claro que éste, de ninguna manera, sería esa persona.

Peñalosa, en un acto de pragmatismo, muy probablemente ha comprendido que sin maquinaria se puede ganar la Alcaldía de Bogotá, la de Cali, la de Medellín y hasta de pronto la de Barranquilla. Pero sin maquinaria no se puede llegar a ser presidente de Colombia. Con un discurso antipolítico es hoy por hoy imposible: todavía en los departamentos, municipios, veredas y corregimientos existe un amplísimo territorio donde se necesita una política que le resuelva al candidato los problemas logísticos.

Y en eso Uribe no fue la excepción. Él jamás se presentó como un candidato independiente, sino como un candidato liberal. Liberal disidente, pero liberal. Y nunca posó de ser antipolítico, por lo que ni un instante se le pasó por la cabeza rechazar el apoyo de la clase parlamentaria, que todavía hoy, con el 70 por ciento de popularidad, sigue siendo uno de sus grandes activos.

¿Peligro de que la maquinaria liberal pueda contaminar su imagen? Todo lo contrario. Peñalosa no se unta, él es el que unta. Unta a la maquinaria liberal con un prestigio de político independiente y anticlase política.

Pero a Peñalosa, después de haber tomado la decisión de regresar al liberalismo, le queda por delante el reto de ganar la consulta liberal.

¿Será improbable que en ese escenario le pueda ganar a Horacio Serpa? No lo creo. Peñalosa trae consigo el plus de la renovación, encarnando la política moderna, contra el desgaste apenas natural de Serpa, que lleva dos derrotas arropado en la camisa de la vieja política.

Y ahí está César Gaviria, poniéndole orden al caos liberal. El ex presidente tiene sus preferencias invertidas en el hijo pródigo del liberalismo, Rafael Pardo, quien en el proceso de regresar a su partido también está quemando las naves con el uribismo, y a quien se atribuye la influencia que fue definitiva para que Gaviria se metiera en el lío de la jefatura liberal.

Pero es evidente que el ex presidente no ve con malos ojos a Enrique Peñalosa. Gaviria quiere ante todo que la consulta liberal sea real y cuente con pesos pesados. Unir lo que el uribismo le deje al liberalismo en torno al nombre de Peñalosa no sería para nada un mal resultado para la gestión gavirista.

De manera que ni loco, ni bobo, ni equivocado. Aportarle dignidad a una maquinaria política sólida como es la del liberalismo, junto con el caché de un candidato independiente, le garantizará al ex alcalde de Bogotá un enorme juego político si se cae la reelección de Uribe.

Y si no se cae, aquí no más queda el 2010.
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