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Opinión

  • | 2019/01/30 07:58

    Alejo Durán (1)

    El primer rey que tuvo Colombia no solo fue negro y pobre, sino también protagonista del mayor acto de integridad en el país.

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Sucedió en Valledupar en 1987. Por primera vez, el Festival Vallenato había convocado a un concurso entre todos los que habían ganado la corona de Rey Vallenato desde su creación. Al final quedaron los que tenían que quedar: Alejo Durán y Colacho Mendoza. El pueblo estaba con el primero; la élite del vallenato, con el segundo. Esto, al parecer, generó desconfianza en Durán, quien sabía de tiempo atrás que Colacho había sido chofer de Armando Pavajeau y de Rafael Escalona.

De modo que tenía en contra no solo el talento de Colacho, que era inmenso, sino su cercanía “con los que mandaban”. Pero algo pasó: cuando interpretaba su última canción ante el jurado, de repente se detuvo. “Pueblo, me he acabado de descalificar yo mismo”, dijo y luego explicó que se le había ido una nota de más, un error que nadie notó. ¿Realmente se equivocó el más grande de los acordeoneros que en ese momento tenía el vallenato?

Muchos sospechamos que, creyendo él que el triunfo estaba cantado para Colacho, prefirió derrotarse a sí mismo, no como un acto de cobardía sino de dignidad, de grandeza.  Un acto de rebeldía contra la jerarquía superior de esta música. Así lo entendió el pueblo que, luego del triunfo de Colacho, convirtió la plaza Alfonso López en un verdadero campo de batalla. La gente comenzó a tirar piedras, botellas, arena que se trajo desde la construcción de una calle vecina.

Hay un video de veinte minutos que muestra el desastre que quedó al final de esa contienda. El video trae también la entrevista que se le hizo a cada uno de ellos inmediatamente después de los hechos. La calma, sencillez y humildad de Alejo contrasta con la arrogancia con que Colacho recibió el rechazo popular.

Alejo Durán cumpliría la semana entrante cien años de haber nacido en El Paso, Cesar, un pueblo vecino de Las Cabezas, la mayor hacienda ganadera que ha existido en la región y de la que se dice que sirvió de celestina en la unión entre los cantos de vaquería y el acordeón, pues fue el sitio donde se detuvo este aparato a finales del siglo XIX, luego de entrar por Riohacha siguiendo el camino de Valledupar.

Alejo no tenía más opción en la vida que ser músico: su abuelo fue gaitero; su tío, cantante de parrandas; y su mamá, Juana Francisca Villarreal, cantadora de chandé. En uno de los premiados documentales de Yuruparí, Gloria Triana puso a Alejo a entrevistar a su mamá, una bellísima escena en la que ella cuenta la influencia de la música de tamboras en la música de acordeón. Muchos juglares tomaban estas melodías y les hacían letras, aprovechando que el bullerengue no es narrativo como el vallenato.

A pesar de ser parrandero, Alejo nunca tomó alcohol. Podía pasar tres y cuatro días de parranda bebiendo jugos o gaseosas en su lugar. Alguna vez le preguntaron por qué y él respondió: “Por razones de honor familiar”. Me dicen que tenía malos tragos y, muy inteligentemente, decidió cortar el problema de raíz. Un ejemplo más de por qué su biografía debe ser conocida y compartida por todos los colombianos.

Sí, hay mucho que aprender de Alejo, más allá de su talento musical. Por eso este 9 de febrero se inaugura en El Paso un museo que lleva su nombre. Habrá parranda de tres días en las que se recordarán todos sus cantos. Ciro Quiróz, otro pasero eminente, está a la cabeza de esta gran fiesta.

@sanchezbaute@hotmail.com

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