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Opinión

  • | 2019/02/27 20:06

    Gente de bien

    La “gente de bien” es aquella que hace sus compras del mes en los grandes centros comerciales, la que se viste con los trapos de Valentino, Óscar de la Renta, Coco Chanel, Giorgio Armani o Christian Dior. La misma que le pide desesperadamente al señor que dirige al país más poderoso del planeta que mande sus portaviones a Venezuela.

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Cuando el ministro de Defensa, Guillermo Botero, aseguró en una reciente entrevista que los permisos para el porte de armas de fuego solo se extenderían a la “gente de bien”, dejó en el aire un enorme interrogante. La expresión, como muchas otras del funcionario, es ambigua. Es decir, poco clara, ya que no es literal. Y si no lo es, se encuentra en el rango de los significados connotativos. “Gente de bien” es un lugar común, un cliché que podría referenciar a esas personas que estudian o trabajan, y en esa categoría estarían incluido tanto el joven universitario como el campesino que se levanta a las cinco de la mañana para ir a su parcela a echar machete o la señora que se gana la vida limpiando las casas de los “señores”. “Gente de bien” podría ser el maestro de una escuela de barrio o el chofer que conduce un bus de transporte público.

Los significados no son estáticos. Ellos interactúan con la experiencia cultural de los usuarios de una lengua. Y hoy la expresión “gente de bien” se inserta en una categoría que define no al campesino, ni a la señora que limpia casas por unos pesos, ni al chofer de bus, sino el estatus social de un grupo en particular. Es una expresión que tiene toda la carga semántica de la clase, de ese paradigma colonialista del poder económico y político. “Gente de bien” no referencia entonces esa línea que separa lo legal de lo ilegal. No referencia la ética ni la moral como los pilares normativos que deberían guiar los pasos de una sociedad. No. El término pone el foco en lo económico, en el estrato como una categoría que diferencia el “bien” del “mal”, lo “bello” de lo “feo”, la changua (como dijo el abogado del avión) de los espaguetis con salsa y queso parmesano, acompañados de un buen vino italiano.

En este sentido, la “gente de bien” es aquella que hace sus compras del mes en los grandes centros comerciales, la que se viste con los trapos de Valentino, Óscar de la Renta, Coco Chanel, Giorgio Armani o Christian Dior. La que desayuna en Bogotá, pero cena en un costoso restaurante neoyorquino, frente al gran Parque Central. La misma que le pide desesperamente al loquito que dirige al país más poderoso del planeta que mande sus portaviones a Venezuela para que lleve a cabo “una intervención quirúrgica como la que hicieron en Panamá para derrocar a Manuel Antonio Noriega”, echando en saco roto los 3.000 muertos mal contados que dejó el primer día de guerra en las calles de Ciudad de Panamá.

La “gente de bien” es, pues, la representación del poder en cualquiera de sus manifestaciones, la que le importa un huevito el aumento de la canasta básica alimentaria porque a ellos les da la mismo Chana que Sebastiana y suele hacer esa terrorífica clasificación entre muertos buenos y malos, ignorando que los significados solo pueden cobrar sentido frente a sus contrarios. En palabras menos retóricas, el “bien” solo puede significar algo en contraposición del “mal”. De manera que si el ministro de marras asegura que solo se extenderán permiso de porte de armas de fuego a “gente de bien” es porque otra parte de la sociedad colombiana está conformada por “gente de mal”, que, leída desde la retorcida retórica del jefe de la cartera de defensa, corresponde a un poco más de 30 millones de pobres cuyo salario básico no le alcanza para solucionar la mitad de los problemas económicos del mes.

En Twitter: @joaquinroblesza

Email: robleszabala@gmail.com

(*) Magíster en comunicación.

 

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