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Opinión

  • | 2019/10/28 18:55

    Pioneros del narcotráfico

    Después de su captura en diciembre de 1956 en La Habana, los gemelos Rafael y Tomas Herrán Olózaga confesaron ante las autoridades isleñas que la heroína que cargaban tenía como destino final Miami, que esta había sido producida por ellos en Medellín, que llevaban ocho años en el negocio del tráfico de drogas y que desde (al menos) 1952 también producían cocaína.

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Rafael era el químico y Tomás el piloto, la esposa de Tomás (estudiante en la Universidad de Filadelfia) la mula y aun después de su captura el laboratorio de estos paisas siguió operando.

Lo anterior lo sabemos gracias a la rigurosa evidencia histórica que presenta el profesor Eduardo Sáenz Rovner en su libro (La Conexión Cubana, Colección CES-UN, 2005), una obra excelsa que detalla la templada trenza del narcotráfico, el juego y el contrabando que reinaba en la política cubana antes de la revolución. La obra de Sáenz Rovner es un valioso faro histórico, que da perspectiva y profundidad al entendimiento de la economía del narcotráfico en América Latina. 

“El caso de los hermanos Herrán Olózaga muestra que el narcotráfico no era un negocio de pobres. Requería de un know how, un capital y conexiones internacionales”, afirma con razón el profesor Sáenz Rovner. Y es que los miembros de esta red pionera de tráfico de cocaína eran descendientes de los expresidentes Tomás Cipriano de Mosquera y Pedro Alcántara Herrán e hijos del cónsul de Colombia en Alemania. 

Los archivos nacionales de Estados Unidos y Cuba, citados en La Conexión Cubana refutan la tesis más difundida sobre los orígenes del tráfico de cocaína. Según la cual este tráfico se dio a partir de los años setenta como consecuencia de la caída de Allende en Chile, la posterior mano de dura de Pinochet y la migración de narcos del sur hacia Cali y Medellín. Gracias al trabajo de Sáenz Rovner la fecha del caso cero de tráfico de cocaína colombiana hacia Estados Unidos, se debe correr (al menos) veinte años más atrás. 

El otro mito que ronda en los discursos, papers y seudo-papers académicos es que en Colombia se procesaba la base de coca del Perú y que hasta bien entrados los años ochenta carecíamos de una producción importante de hoja/base de coca. En entrevistas que he realizado a viejos campesinos del Putumayo, estos fijan en 1968 el año cuando llegaron a ofrecerles las nuevas semillas y los anticipos para la siembra de hoja de coca. También recuerdan los más viejos (abuelos y padres de los actuales cultivadores) que con Turbay Ayala en el 81 se dieron las primeras capturas de campesinos cocaleros y erradicaciones forzadas por parte del Ejército Nacional.

Otro relato fascinante del libro de Sáenz Rovner (Capítulo 5), es la historia de Lucky Luciano en Cuba, quien fuera el mafioso más famoso del mundo en los años cuarenta, logró salir deportado de una prisión de Estados Unidos hacia su natal Sicilia. La condena de 30 años de Luciano (Salvatore Lucania) fue conmutada gracias a los apoyos que la mafia italo-americana le prestó a la Armada de EE.UU. para develar las redes de colaboradores de los submarinos alemanes en el Atlántico. 

Desafiando al Tío Sam, Lucky Luciano cruzó de nuevo el océano y aterrizó en Camaguey en octubre de 1946, con el objetivo de trasladar su imperio criminal de apuestas, prostitución, contrabando, drogas (objetado en varios debates históricos), lavado de activos y clientelismo, lo más cerca posible de las principales familias mafiosas de Nueva York. Tras varios intentos, finalmente las autoridades de Estados Unidos lograron la detención de Luciano en Cuba y su deportación (de nuevo) a Italia. 

En el pasaporte italiano de Lucky Luciano venía estampada una visa colombiana. Que el consulado de Colombia en Italia y la Cancillería le hayan entregado una visa de ingreso al capo di tutti capi, es también una muestra de que al igual que el narcotráfico, la corrupción mafiosa dentro del Estado lleva más tiempo del que se cree. 



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