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Opinión

  • | 2019/05/06 00:15

    Técnica política para el subdesarrollo

    En este asunto, la palabra clave es Desarrollo. ¿Cómo concibe un gobierno el crecimiento, el progreso, la mejoría de las condiciones de vida para la mayor cantidad de habitantes del país? Esto varía de presidente a presidente, de gobierno a gobierno. Es innegable que el compromiso de todos los que llegan al Palacio de Nariño es implementar políticas que apalanquen ese desarrollo, el asunto es el cómo.

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El Plan Nacional de Desarrollo es el derrotero para el desarrollo social que un gobierno espera implementar. Los presidentes les ponen nombres que son entre aspiracionales y descriptivos como ‘Prosperidad para todos’, el plan del primer Gobierno Santos y ‘Todos por un nuevo país’, del segundo; los de Uribe se llamaban ‘Hacia un Estado comunitario’; el de Pastrana, ‘Cambio para construir la paz’. El que en estos momentos nos compete se llama, así de largo y rimbombante como suena, ‘Pacto por Colombia, pacto por la equidad’.

En este asunto, la palabra clave es Desarrollo. ¿Cómo concibe un gobierno el crecimiento, el progreso, la mejoría de las condiciones de vida para la mayor cantidad de habitantes del país? Esto varía de presidente a presidente, de gobierno a gobierno. Es innegable que el compromiso de todos los que llegan al Palacio de Nariño es implementar políticas que apalanquen ese desarrollo, el asunto es el cómo. Su visión de la manera más adecuada para generar riqueza, es determinante a la hora de definir lo que el Departamento de Planeación Nacional, encargado de redactar el PND, incluye en ese documento altamente técnico.

Pero en una democracia tan imperfecta como la colombiana, las complejidades técnicas no son las que dan la última palabra para la puesta en marcha del PND, sino las argucias políticas. El plan es realidad cuando lo aprueba el Congreso y hay que ver las cosas que pasan cuando un texto de estas dimensiones (337 artículos en este caso), aterriza en las curules parlamentarias. Mico va, barbaridad viene. De una parte, cuando el texto llega al Congreso ya los congresistas han hecho fila para que sus articulitos (que benefician sus intereses o los de los lobistas de las grandes empresas o contratistas) queden incluidos en el mamotreto; de otra parte, algunos congresistas juiciosos (que como las brujas son pocos, pero de que los hay, los hay) escarban y denuncian graves inconveniencia. Y todo esto corre contra el reloj, pues el plan tiene una fecha límite para ser aprobado.

De manera que no podía ocurrírsele mejor idea al presidente Duque que meter las infortunadas e inoportunas objeciones a la JEP justo en el período en el que el Congreso apenas tenía el tiempo justo para medio discutir, debatir y votar el plan; con esto, metió ruido y confusión en las ya precarias habilidades de los congresistas para comprender y asimilar un texto técnico como este. Lo que aconteció en los 52 días del sainete parlamentario para votar las objeciones, ya es de todos conocido. Dilaciones, chantajes para violar decisiones de bancada, sumas que no dan, divisiones amañadas. Después de negarse holgadamente las objeciones en la Cámara de Representantes, nos encontramos con el bachiller Macías intentando desde las alturas de la presidencia de la Cámara Alta dividir 94 entre 2 para anunciar desencajado que 47 no eran mayoría.

Esas son las dotes técnicas que iluminan al parlamento colombiano. Las que permitieron que pasaran en la Cámara de Representantes, después de un corto y desordenado debate de menos de una semana, los 337 artículos del Plan de Desarrollo, con cosas buenas, regulares y varias muy, muy malas. Entre las primeras, la inclusión de lo pactado en paros estudiantiles e indígenas (que si no es así ¿cómo logran incluir sus demandas en el presupuesto?) y los recursos para la implementación del acuerdo de paz. Y entre las últimas, un sartal de salvajadas que me limito a enumerar a partir de las denuncias que se han hecho públicas (yo tampoco me he leído el PND): que los pueblos que quieran adelantar procesos de Consulta Previa tengan que pagar por su realización; que se va a construir el puerto Tribugá en el Chocó, arrasando mangles y ballenas; que vienen 14 sobretasas, incluida una a la energía eléctrica para que entre todos paguemos lo que se robó la corrupción en Electricaribe; que se autoriza el fracking para explotación de hidrocarburos; que se permite la deforestación en selvas y bosques; que nos metieron una reforma pensional por la puerta de atrás; que se rebajan las regalías y los incentivos a la agricultura.

Todo esto, después de aprobarse en Cámara pasó al Senado, harto embolatado en la ardua discusión de la mitad de 94, de manera que ahí no tuvo siquiera una amague de debate. Todo el articulado del PND, sin cambiarle una coma, recibió deshonroso pupitrazo. Ya están cantadas las demandas que vendrán, tanto por vicios de forma como de fondo.

Y así, entre lo técnicamente conveniente para los ricos y lo políticamente indeseable para el pueblo, quedó planteada la visión de desarrollo del país de Iván Duque. Las cosas van mal, estamos de acuerdo. Pero sepámoslo, van a empeorar.

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