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Opinión

  • | 1983/10/17 00:00

    POR FIN UNA

    "La Virgen y el Fotógrafo no parte en dos la historia, pero logra una hazaña en el cine colombiano: que el espectador salga de buen humor

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La característica más desalentadora del cine colombiano es que nadie va a verlo, ni en el país ni fuera de él. Cuando eramos conocidos por el café, sólo un actor "vendía" en el exterior y era Juan Valdez. Ahora que nos hemos hecho célebres por la droga, la única "película" con demanda internacional ha sido el corto de la ABC sobre los mafiosos colombianos, que capturó el interés de más de 100 millones de norteamericanos.
El cine peruano, el chileno y el guatemalteco, si es que existen, seguramente corren con una suerte igual. Se salvan las películas brasileñas y las mexicanas, que sí han logrado sentar en las butacas un público masivo. Parece ser que para que el cine venda, es requisito previo que venda la imagen del país de donde proviene. México y Brasil llevan años exportando imagen: cualquier latinoamericano se sabe todas las rancheras de José Alfredo Jiménez y Pancho Villa, Cantinflas y los tacos son pilares del acervo cultural colectivo. Esto le abrió camino al cine mexicano desde antes de que naciera, y éste, al aparecer durante años como el único en idioma comprensible, se ganó el lugar privilegiado en todos los teatros de "dobles" del continente. Otro tanto ocurre con Brasil. Antes de que cientos de personas vieran las películas de Carlos Diegues y Bruno Barreto, ya Pelé y Fittipaldi eran super-stars internacionales, Amado vendía novelas como pan caliente, las garotas eran sinónimo de hembras, Sergio Méndez y Chico Buarque sonaban en todos los stereos y el festival de Río era la Meca de los turistas.
Aquí el proceso va más lento. En literatura acabamos de salir del problema de la imagen, porque cualquier nativo o extranjero que lea sobre Macondo ya tiene punto de referencia para decir "así es Colombia". En el cine en cambio, se están dando apenas los primeros tímidos pasos.
La Virgen y el Fotógrafo es uno de ellos. Dirigida por Luis Alfredo Sánchez y actuada por dos figuras con buena salida comercial, Amparo Grisales y Franky Linero, la película tiene una serie de virtudes: es fresca, tiene humor y es sorprendentemente bien lograda desde el punto de vista visual. Posiblemente no le revele a nadie "cómo es" Colombia, pero sí da buenos datos costumbristas de cómo es un pueblo del Valle, que ya es bastante. Tropical, colorida, sensual, con excelente utilización de la música, La Virgen y el Fotógrafo define con audacia una imagen ambiental y social. El prostíbulo, la "Foto Social", la Iglesia, la plaza del pueblo, y personajes como el sargento, el cura, las mujeres de la vida y la ricachona, son instantáneas ágiles de una vida provinciana que ya no se muestra según el clisé del pueblo campesino, austero y suspendido en el tiempo, sino dejando colar elementos nuevos, como la droga, el motocross, el sexo alegre y desenfadado, que tienen más que ver con la realidad de nuestros pueblos proletarizados que quieren ponerse a tono con la historia.
Desde luego, las fallas siguen siendo muchas. El peso del cine brasileño es demasiado marcado. La película es buena mientras los personajes no abren la boca, porque todos con excepción, de Franky Linero, utilizan esa extraña vocalización que no tiene ningún colombiano salvo los que actúan en los escenarios de los teatros y en los estudios de televisión. Se manejan esquemas que resultan demasiado planos, como un terrateniente tan malo que parece salido de Bonanza y un subversivo tan dogmático que parece real. Además, como tantas veces en el cine colombiano --el caso más patético es Pura Sangre-- el guión parece devorarse a la propia película, por la imposibilidad del director de seleccionar los temas claves y dejar los otros definitivamente de lado: aquí hay de todo, muchas veces injustificadamente: conflictos entre el gaitanismo y las autoridades, fiestas corruptas de ricos, violación de muchacha pobre por hijo de terrateniente, profanación y sacrilegio, conato de insurrección popular, peleas de prostitutas.
El director Sánchez dice que lo mejor de su película es que no se toma en serio a sí misma y que no pretende partir en dos ni la historia del cine ni ninguna otra cosa. Esta es posiblemente la explicación para que el espectador esté divertido y salga de buen humor. La Virgen y el Fotógrafo no será el Macondo de cine, pero sí ayuda a acercarse a la imagen, al ambiente y al tono, peculiares y específicos, que son necesarios para que el cine nacional logre esa meta tan elemental pero tan inaccesible: que alguien lo vaya a ver.--
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