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Opinión

  • | 2019/09/02 19:02

    ¿Por qué nos odiamos tanto los colombianos?

    Es fundamental entender que todos tenemos posiciones políticas frente a cualquiera de los líderes de nuestro país, pero llegar al grado de ofender sin argumentos, valiéndonos solo de juicios de valor que provienen de fuentes informativas irresponsables e incluso falsas, solo nos hace quedar como unos torpes.

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Al observar el lamentable video de una señora en un centro comercial, insultando a Martin Santos, hijo del expresidente Juan Manuel Santos, pensé de inmediato ¿cuál puede ser la razón de tanto odio en nuestra patria? ¿Por qué todas nuestras diferencias son siempre llevadas al extremo de la agresión? En qué consiste la imposibilidad de cuestionar con altura, sino que tengamos que recurrir a estas penosas instancias que cada vez son más frecuentes y cada vez más vergonzosas.

Nací en una época de terrible odio político entre liberales y conservadores y sentí el temor que produce salir de mi tierra, Ibagué, porque a mi padre lo amenazaron por ser militante del Partido Liberal y fuera de eso secretario en el departamento del Tolima, de la corriente del caudillo asesinado Jorge Eliécer Gaitán, corría el año  de 1954 y la situación de amenaza y zozobra nos obligó a salir súbitamente de esa ciudad con lo que pudimos guardar en una maleta. En la madrugada del día en que mi padre fue notificado de los planes para asesinarlo, frente a nuestra casa existía una estatua de Gaitán, esa misma noche de un día de enero, el monumento fue destruido por una expulsión, advertencia que sirvió para que de manera inmediata.y sin siquiera dubitarlo. abandonáramos la ciudad donde mis padres se habían asentado y en donde habíamos decidido formar un hogar, obligándonos a migrar a Bogotá, ciudad a la que llegamos en medio de su belicoso frío de madrugada, ciudad que nos acogió de manera definitiva, escapando así de la barbarie del odio político.

Tuve que iniciar mis estudios en una institución de clase media, el Liceo Zamora nos recibió y allí sentí por primera vez en la vida en carne propia, la materialización del odio a los que llamaban "chusmeros". Por provenir de la provincia o de un departamento cruelmente azotado por la violencia de corte partidista, era increíble que unos niños que ni siquiera habían llegado a la adolescencia, que dentro de su imaginario, en el que aún no existía certeza o la mínima comprensión de la realidad política o institucional de nuestro país, ya pregonaban el odio por provenir de una zona del país o por la vertiente política que mi padre profesaba. Años después al llegar a la universidad, específicamente a la Universidad Externado de Colombia, encontré que esa polarización que circundaba los patios colegiales era aun mayor y ostentaba ya matices mucho más fuertes, acordes a la misma insolencia de la juventud, en la que dichas diferencias políticas entre los  sectores extremos hacían imposible cualquier tipo de deliberación o discusión, así década tras década, hemos sido testigos de cómo los polos opuestos en nuestro contexto cada vez llegan a la absoluta ridiculez argumentativa, a la total pobreza intelectual con relación al planteamiento de las diferencias, acusar ciegamente a unos por ser asesinos, genocidas, por ser paramilitares, por ser guerrilleros, por ser sicarios, por haber comprado premios nobeles, por robar tierras. ¿Qué nos pasa? ¿Es que acaso alguno de esos supuestos está respaldado por alguna sentencia judicial, o por alguna prueba irrefutable con la que sin lacerar el artículo 15 de la Constitución podamos soslayar el buen nombre de las diferentes personas?

Pero el interrogante sigue sin ser resuelto, ¿por qué nos odiamos tanto los colombianos? Retumba de nuevo el grotesco video de la señora insultando al hijo del expresidente y me pregunto ¿qué nos llevó a esto? Claro, la diferencia política y la oposición de las ideas, son elementos sine qua non de la institucionalidad democrática y republicana, sin un abanico de propuestas diferentes e incluso contrarias al interior del espectro político sería imposible hablar de  democracia, pero ¿qué ha pasado con el mensaje que nuestros líderes han proliferado en el nervio sensible de la sociedad?, pues lo que sorprende es que estos episodios se repitan en todos los escenarios de nuestra cotidianidad; en la plaza de mercado, en la tienda, en la cafetería, en la universidad, en el bus, en el restaurante popular, en el club social, en los exclusivos restaurantes de Bogotá, en las salas VIP de los aeropuertos, todos los días son más y más videos de insensateces como las que vimos este fin de semana con la señora que enérgicamente le reclama al joven Santos que su padre le dejó el país a la guerrilla, o porque está gastando el dinero de Isagen. A mí personalmente estos episodios me provocan un profundo sentimiento de vergüenza ajena, pero el verdadero problema de fondo es que existen miles de personas que contrario censo dicen, “alguien tenía que decirle la verdad a ese pillo”, yo me pregunto ¿cuál es la verdad? Y especialmente la verdad en esta época en la que la información viaja tan rápido, que incluso sin darnos cuenta somos víctimas de las denominadas fake news varias veces en el mismo día.

Es fundamental entender que todos tenemos posiciones políticas frente a cualquiera de los líderes de nuestro país, pero llegar al grado de ofender sin argumentos, valiéndonos solo de juicios de valor que provienen de fuentes informativas irresponsables e incluso falsas, solo nos hacen quedar como unos torpes. Importante desafío tienen los nuevos políticos y personas que están ingresando al espectro político, es menester que de alguna manera entiendan la diferencia constitucional de informar y de opinar, pues la información, es decir el derecho de informar y recibir información, no puede ser distorsionado por el personalísimo derecho de opinar, que si bien, la libertad de expresión como garantía absoluta de nuestro Estado Social de Derecho no puede constituirse como una herramienta para lesionar la órbita de los derechos ajenos, ustedes las nuevas generaciones que gobernarán nuestro país tienen la obligación de difundir mensajes certeros pero a la vez alejados del rencor y del odio, no permitamos más que el mensaje vacío y falaz sea el elemento de nuestro discernimiento político. Tocará mezclar en las aguas de Colombia en sus acueductos dosis de tranquilizantes severos para tratar de conseguir aplacar las rabias de cada uno de los días de nuestra patria.

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