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Opinión

  • | 1990/07/09 00:00

    PREGUNTAS QUE MATAN

    Soy un coleccionista foribundo de la preguntas absurdas. Las conservo como una demostración de que a veces puede alterarse el ritmo del mundo

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Anoche vi en televisión una comedia gringa, de esas en las que se ríen de todos los chistes, sean buenos o malos, y en la cual una muchachita, armada con un libro y un cuaderno escolar, le preguntó a su papá sobre las teorías de Kierkegaard en relación con el existencialismo y los estados depresivos.

Esas sí son preguntas, qué carajo. Por temas menos profundos que ese se ha vuelto loca la gente.
Bastaría con recordar aquel pasaje bíblico en el que Caín, acosado por el remordimiento, se pone todo escamoso y desconfiado cuando la voz de Dios le pregunta por su hermano Abel.

Los niños son especialistas en hacer esa clase de preguntas con la mayor inocencia. La otra vez estábamos en una playa, tomando el sol, cuando pasó un anciano negro vendiendo agua de coco. Al hombre, en Cartagena, lo llaman "San Pablo" porque nació al sur de Bolívar, en un pueblo que tiene ese mismo nombre. Se emborracha desde las seis de la mañana, y el milagro consiste en que, desbaratado por la juma, no se haya rebanado una mano con el machete.

Mi hija, que no levanta un palmo del suelo, estaba haciendo un castillo de arena. Se detuvo en su arquitectura y miró un rato a "San Pablo" haciendo malabares.
Después se volvió hacia mí, y, con una sonrisa perversa en la cara tostada por el calor, me preguntó:

-Papi: ¿por dónde le entra el agua al coco?
Duré tres noches sin dormir, naturalmente, y tomando pastillas para los nervios.

Ahora que lo recuerdo bien, una tarde estábamos jugando una partida de damas en la puerta de la peluquería del señor Vicente Montes, en San Bernardo del Viento. El pueblo, a las tres de la tarde, estaba envuelto en la modorra. Se oía el canto suave de la brisa entre los matarratones.

Carmelo Conde Naar, el secretario del juzgado, tenía a su favor una jugada que, si se percataba de ella, le comía tres fichas a mi compadre Emiromel. Mi compadre, tratando de distraerlo para quitarle concentración, le hizo una pregunta desgraciada:

- Díme una cosa, Conde, tú que eres tan inteligente: en medio de tantos conflictos internacionales, y de tantas discrepancias entre las superpotencias, ¿cuál es tu anclaje en la angustia contemporánea?
Dicen las gentes de San Bernardo del Viento que desde aquella tarde infortunada el pobre Carmelo Conde anda hablando solo por las calles, no ha vuelto a afeitarse, come en cuclillas y llora en los rincones de su casa. Hay preguntas así.

-¿Qué hora es? -le pregunté a mi mujer el otro día, incorporándome de la cama.

- Las 11 de la tarde -dijo ella.

- ¿Las qué? -dije yo.

- ¿Por qué razón no hay 11 de la tarde? -dijo ella, contestándome con otra pregunta, que es una manera de volver loca a la gente.

- Por lo mismo que no hay 3 de la noche -le dije yo.

- ¿Y por qué no hay 3 de la noche? -dijo ella.

Me levanté y desaparecí en el baño. Aquel asunto se estaba poniendo largo y peligroso. Pero todavía hoy, cuando tengo un rato de descanso, dedico a preguntarme, en la soledad de mi oficina, porqué no hay horas que sean las 11 de la tarde o las 5 de la noche. La vida es muy limitada. Al mundo le falta imaginación.

Soy un coleccionista furibundo de las preguntas absurdas. Las conservo como una demostración de que a veces puede alterarse el ritmo del mundo. Por ejemplo: ¿Se han preguntado ustedes lo que pasaría en el orden del universo el día en que los ventiladores eléctricos comiencen a girar al revés?
Hace varias semanas me llamó por teléfono un pequeño estudiante para que le ayudara a resolver sus tareas escolares. Una de las preguntas, para la clase de botánica, era ésta: ¿por qué se llama "selva virgen" a aquella en la cual la mano del hombre no ha puesto la planta del pie?
Sólo espero, con una gran ilusión, que alguien me pregunte algún día ¿por qué hablan los loros...? -
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