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Opinión

  • | 2018/06/12 04:51

    Los gatos de Deng

    Ningún dirigente político en la historia ha hecho tanto por el mejoramiento en las condiciones de vida de tantas personas como Deng Xiaoping. Su decisión de liberalizar y abrir la economía china sacó de la pobreza a 500 millones en escasos 30 años. Su genial aforismo: “No importa si el gato es blanco o negro, con tal de que cace ratones”, es un contundente testimonio a la primacía de los resultados sobre el dogma y la sentencia final de la catástrofe maoista.

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La izquierda colombiana se resiste a la sabiduría pragmática de Deng. Para sus líderes y adherentes, lo que importa es el color del gato, no su eficacia. Si es estatal, se presupone bueno, si es privado, malo (especialmente si es grande); al margen de la evidencia o los resultados. Infelizmente, en algunos recodos de la derecha hoy pulula un dogma similar, aunque contrario: el “libertarismo” radical, otro esperpento importado—esta vez de la plataforma ideológica impulsada por algunos plutócratas norteamericanos—, e igualmente maniqueo, que juzga bueno todo lo privado y malo todo lo público.

Esta obsesión por el color del gato, por la tipología de propiedad, es uno de los factores que más retrasa el progreso de Colombia. En la actual campaña presidencial resulta protuberante en propuestas como la de liquidar las EPS o la de priorizar a ultranza la universidad pública, con todo y cierre del Icetex. Escasean los análisis sofisticados de costo/beneficio, o una evaluación matizada de las enormes diferencias en calidad y resultados que hay tanto al seno de la universidad pública (y de la privada) como entre EPS.

Una obsesión mucho más moderna y fructífera sería por la productividad. Con frecuencia, las discusiones sobre propiedad o las distributivas son de suma cero, hay que quitarle a uno para darle a otro. Las conversaciones sobre productividad están enfocadas en aumentar el tamaño de la torta, lograr más con lo mismo o lo mismo con menos, por ello, como lo ha sugerido el profesor Ricardo Hausmann, pueden ser terreno de encuentro entre posiciones e intereses aparentemente antagónicos.

Esta perspectiva ayudaría a iluminar, por ejemplo, la atávica discusión sobre la tierra en Colombia. Si la discusión se aborda desde el prisma del tipo de propiedad (el “latifundio improductivo”) o el distributivo (“la tierra para quienes la trabajan”), el conflicto es inevitable. Si en cambio se asigna preponderancia a la necesidad de aumentar la productividad en el campo, en beneficio de todos sus pobladores, la discusión se puede llevar en otros términos. Un punto de partida esencial para tomar mejores decisiones, tanto públicas como privadas, es conocer mejor el campo, y un instrumento fundamental para ello es un catastro multipropósito moderno que además de cuenta de su enorme diversidad. Existen cultivos y suelos que se prestan más a explotaciones pequeñas y otros que requieren escalas productivas más grandes. Y productores eficientes, ineficientes y regulares los hay de todos los tamaños.

Bajarle el volumen a la discusión sobre la propiedad, permitiría incluso que una discusión con tintes distributivos, como la de los impuestos diferenciales a la tierra, fuera más serena. En las ciudades modernas se fomenta la producción de vivienda cobrando un impuesto predial más alto a los lotes, y se incentiva la renovación urbana vía beneficios tributarios. ¿Por qué no llevar una lógica similar al campo? Si no superamos la obsesión con el color del gato, se nos seguirán escabullendo los ratones.






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