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Opinión

  • | 2000/09/18 00:00

    ¿Puede ganarse militarmente la guerra?

    El triunfo del Estado es posible. El de su fuerza armada, solitaria, incomprendida, carente de respaldo gubernamental y popular, no.

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La influencia militar en conflictos internos de expresión guerrillera, demuestra la imposibilidad del triunfo militar contra una guerra política en su esencia, que además incorpora factores muy diversos en su desarrollo. El error histórico de los Estados que contemplan insurgencias de este tipo, reside, precisamente en aplicarles tratamiento militar olvidando la naturaleza múltiple del problema.



En Colombia, a la complejidad global de la confrontación se agregan dos elementos no contemplados en ninguna otra insurrección interna acaecida después de la II Guerra Mundial: una violencia sectaria bipartidista que desquició la vida rural, permitió la incubación y facilitó el desarrollo de guerrillas ideológicas por una parte, y el narcotráfico por otra. El conflicto ha venido adquiriendo así dimensiones no registradas en ningún otro escenario durante la Guerra Fría entre oriente y occidente.



Las guerras no las ganan o pierden los ejércitos sino los Estados y con éstos sus pueblos. Con mayor razón si la lucha interna se dirige a demoler un régimen político y sustituirlo por otro de concepción ideológica contraria. Lo que define la victoria o la derrota de un sistema político, es la comprensión que demuestre al confrontar una insurgencia ideológica de manifestaciones guerrilleras y el tratamiento adecuado que aplique a la insurrección armada.



Las guerrillas comunistas aparecieron en Colombia a la sombra de la reyerta liberal - conservadora ocurrida entre 1947 y 1957. La confusión registrada al trasladar el conflicto político a las áreas rurales donde se pasó de la retórica encendida de dirigentes sectarios obsesionados por el poder de hecho, ocultó la realidad de que el país había pasado de ser un escenario más de la confrontación entre las dos superpotencias.



Cuando el Frente Nacional quiso poner fin al enfrentamiento sectario, ya éste había experimentado una metamorfosis profunda, adquiriendo dinámica propia con dos manifestaciones violentas: bandolerismo rural generalizado y guerrillas ideológicas marxistas. La primera se pudo conjurar con acción general de Estado y directa de las Fuerzas Armadas, en particular el Ejército que había desarrollado procedimientos sicológicos y de acción cívica para separar al campesinado de las bandas que persistieron en sus depredaciones convertidas en formas de vida. La segunda, en cambio, equivocó el tratamiento.



En Colombia, el tratamiento múltiple permitió extinguir el alzamiento revolucionario de inspiración cubana en 1961-62. Lo propio ocurrió a nivel Brigada con la derrota del naciente Eln en Santander entre 1966 y 1970. En cambio la magnitud del error descrito atrás se refleja en un hecho: de los núcleos guerrilleros iniciales compuestos por una decenas de hombres en armas, se pasó en cuarenta años a dos fuerzas insurgentes - Farc y Eln- integradas por cerca de 18.000 combatientes con redes urbanas clandestinas y 9.000 autodefensas surgidas como reacción. Este fracaso de la solución simplemente militar, se ha mantenido inexplicablemente bajo la idea simplista de que el poder guerrillero se puede derrotar con la fuerza superior del Estado, tomando parte por el todo.



Ahora, si el tratamiento fue inoperante en el origen elemental de la guerrilla, hoy lo sería con mayor razón. Es cierto que la fórmula siempre poco, siempre tarde, acompañó esa declinación de la responsabilidad de derrotar a la guerrilla en el estamento militar y tuvo influencia decisiva en el fracaso. Pero, aún con medios superiores, es dudoso que la victoria hubiese sido posible si no se acompañaba el esfuerzo armado con otro paralelo de índole socioeconómica, política, humana. Múltiple en una palabra, que sólo el Estado podía emprender .



Esta lógica resulta aplicable a la situación actual. El Estado podrá obligar a la insurgencia a negociar la paz dentro de sus términos, lo que equivale a un triunfo equilibrado, si emplea con acierto tres elementos: la creciente influencia internacional y su participación activa en la lucha contra el narcotráfico; la consolidación del frente interno a su favor y contra la guerrilla; y el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas.



Sea que las negociaciones prosigan dentro del conflicto armado o con cesación de fuegos y hostilidades - concepto este no fraccionable - esos tres elementos resultarían decisivos siempre que se empleen dentro de dos ideas-fuerza: voluntad política expresada en liderazgo activo y vibrante por una parte y una estrategia coherente en la aplicación del esfuerzo total del Estado, integrando la triada del poder nacional: gobierno - ejército - pueblo, sin la cual la victoria no es factible.



Conclusión: el triunfo del Estado es posible. El de su fuerza armada, solitaria, incomprendida, carente de respaldo gubernamental y popular, no.
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