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Opinión

  • | 2018/09/12 01:05

    Puerta giratoria

    La discusión sobre la corrupción no ha iniciado y ya se está banalizando.

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Escribí aquí hace unas semanas sobre la urgencia de despolitizar el debate público en el país, sobre todo en cuanto a la corrupción. Si de veras queremos acabar con este cáncer, las consultas y los escándalos no son suficientes. De hecho, de tanto intentar convertir este delito en un sambenito moral comienza a cansar al ciudadano común: la discusión sobre la corrupción no ha iniciado y ya se está banalizando. 

Los colombianos ni siquiera sabemos exactamente de qué hablamos cuando hablamos de corrupción. Cada quien tiene su propia idea al respecto. La polarización política ha llevado a desconceptualizarla hasta convertirla en un asunto de izquierda o derecha: se juzga o apoya al corrupto dependiendo de la ideología política de cada cual. Este cinismo es, quizá, lo más perverso que han logrado los políticos interesados en dividir en dos grandes bandos al país.

La corrupción no tiene ideología política. De un lado o de otro se practica por igual. Quienes comulgamos con una u otra forma de hacer política somos quienes la definimos con sesgo. Aun con la evidencia en la mano, hay una negación a aceptarla. Es una ceguera deliberada en cuanto preferimos mirar hacia otro lado cuando el corrupto hace parte de nuestras toldas. Es más, hasta lo justificamos con frases que nos escandalizarían si el corrupto fuera del lado contrario.

Hay, peor, esa terquedad por ganar una discusión y por no asumir públicamente la vergüenza de tener que aceptar la vergüenza misma. Es una discusión tonta y banal en la que, como siempre, pierde Colombia. Lo de Carrasquilla es un buen ejemplo de la necesidad de este debate para ponernos de acuerdo y definir qué es corrupción y llamar las cosas por su nombre, sin eufemismos como “lobby” o “comisión” en lugar de soborno. Lo que el actual ministro de Hacienda hizo es, a todas luces, un acto de corrupción más allá de qué tanto se haya enriquecido o no, o de si fueron más o menos los municipios afectados.

El solo hecho de constituir una empresa en Panamá ya genera una sospecha, pues ese hecho está envuelto en un aura de clandestinidad: hay algo turbio que se busca esconder (Carrasquilla y Flórez ya habían contratado conjuntamente para estructurar la optimización del costo financiero para empresas APP para el INCO, hoy ANI. ¿Firmaron aquella vez también como Konfigura?).

Como me dijo un amigo, “Carrasquilla hizo un negocito del carajo”. Así haya tenido inicialmente las mejores intenciones, estructuró una operación de la que luego obtuvo ganancias. Es lo que resume la expresión coloquial “puerta giratoria”: obtener un beneficio del anterior cargo público “produciendo conflictos de interés entre la esfera pública y la privada, en beneficio propio y en perjuicio del interés público”.

Tan pronto se conoció la noticia (noticia, no escándalo, pues al decir escándalo de inmediato revestimos de moralidad el delito), Duque salió a apoyar a su ministro quizá por esa misma ceguera deliberada mencionada atrás. El presidente desaprovechó esta oportunidad para ganar réditos políticos (prefirió la política antes que el poder), pues hasta los más uribistas hubieran aplaudido su decisión de hacerle frente sincero a la corrupción. Así mañana la moción de censura no pase en el Congreso, esta mancha de Carrasquilla sabrá cobrarla la oposición al momento de la Reforma Tributaria.

Hay que entender también que la moción de censura no es contra el gobierno sino por el país. Doce millones de personas no podemos votar en contra de la corrupción para luego mirar hacia otro lado porque el corrupto es un amigo cercano o un líder de nuestras causas políticas.

@sanchezbaute

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