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Opinión

  • | 1984/02/20 00:00

    QUE LA VERDAD RIA

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Hace unos años, hubo críticos que quisieron reforzar la validez del boom latinoamericano diciendo que los europeos contemporáneos se ha blanquedado sin temas, que ya no podían escribir novelas buenas porque en su continente no pasaba nada, y que ante la falta de acción no les quedaba más remedio que describir -como hiciera el insufrible Robbe Grillet- los quicios de las puertas. Hoy los inventores de tal teoría han quedado con la boca tapada por la serie de estupendas novelas de acción -y aún de aventura- de escritores como Italo Calvino, Gunter Grass, Juan Marsé y varios otros. Y ahora, con la boca más que tapada, sellada con esparadrapo, con la aparición de la novela de Umberto Eco.
El italiano Eco, un joven sabio experto en semiótica y estética, y hasta ahora conocido por sus ensayos, resolvió el año pasado correr la suerte del literato y dio a luz una novela que ocasionó conmoción mundial y se convirtió rápidamente en best-seller
Se trata de "El nombre de la rosa", una obra que atrapa y enamora al lector como sólo puede hacerlo la mejor literatura. A pesar de sus varios cientos de páginas, de su tono hiperculto y de sus reiteradas disquisiciones filosóficas e históricas, se trata de un libro definitivamente literario; de una novela "novelesca" en el sentido más estricto de la redundancia, que cuenta con una trama detectivesca a la altura de las obras maestras de suspenso.
La época: el medioveo, con sus sangrientos conflictos entre papas y emperadores, entre poderes espirituales y poderes terrenales, y con sus choques entre un pensamiento otortodoxo y las múltiples desviaciones heréticas y entre la verdad divina y la diversidad de las experiencias humanas. El lugar: una abadía de monjes benedictinos en el norte de Italia, entregados a la custodia de la más vasta biblioteca existente y del compendio de la cultura occidental que ella encierra. El argumento: los misteriosos asesinatos de varios de los monjes, y la labor de investigación que emprende un Inquisidor -que es el encantador personaje central de la novela- para encontrar al asesino y desentrañar sus móviles. El tema detrás del tema: la confrontación entre dos concepciones del mundo y entre dos teorías del conocimiento.
Lo que hace más deslumbrante al libro es su defensa sin tregua de la razón, de la ciencia, y aún de la risa y del sentido del humor, como herramientas claves para echar por tierra todo dogmatismo, toda fe ciega, toda causa sin cuestionamiento, y el oscurantismo y la barbarie que éstos por esencia propia encierran. El personaje central, Fray Guillermo de Baskerville, un Inquisidor suigeneris, inglés por su origen y racionalista por sus ideas, es seguidor de la escuela filosófica de Guillermo de Occam y de Roger Bacon y, a pesar de ser sacerdote devoto, casto y creyente, se inclina más a confiar en las leyes de la naturaleza que en los dogmas revelados, es tolerante con los errores humanos y con su justificación histórica hasta el punto de haber hecho carrera como Inquisidor sin haber llevado a nadie a la hoguera, y es, ante todo, un permanente buscador, no de "la verdad", sino de las diferentes verdades: "...las únicas verdades que sirven son instrumentos que luego hay que tirar", le enseña a un joven monje que le sirve de ayudante, amigo y aprendiz. Sus conclusiones, tanto sobre los problemas abstractos como sobre los más inmediatos relacionados con los crímenes, tienden a desconertar a su joven discípulo: "todos tenían sus razones, todos se equivocaron".
Laberintos, claves secretas, venenos, libros prohibidos, adulterios, relaciones ilícitas entre los monjes, quema de brujas, lenguajes cifrados, rebeliones de herejes, hordas de leprosos, son todos elementos que hacen parte del mundo narrativo de la obra. Y detrás de ellos, metódicamente tejida y sabiamente analizada, hay una visión global del mundo y del hombre que sólo podía haber concebido un hombre tan auténticamente culto y de una inteligencia tan fresca y abierta como Umberto Eco.
La única falla del libro es que, a pesar de sus 700 páginas, es demasiado corto: cuando se acaba, el lector se siente desamparado y bruscamente privado del placer inmenso de seguirlo leyendo.
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