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Opinión

  • | 2019/11/18 18:57

    ¿Qué podemos hacer para fortalecer el desarrollo socioafectivo de nuestros estudiantes?

    Podemos formar jóvenes con mayor criterio para abordar los retos cognitivos y afectivos y con capacidad para convertir las dificultades en oportunidades de desarrollo. El problema es que, hasta el momento, nuestra educación ha tenido un sesgo muy alto hacia lo académico y lo informativo.

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El país se conmovió con el suicidio de Johnnier Coronado, un estudiante universitario quien decidió lanzarse al vacío desde un noveno piso. El clima de la universidad se colmó de tristeza desde las diez de la mañana del 19 de septiembre y el desconsuelo y el llanto se esparcieron fácilmente. No era para menos, ya que, mueve las fibras más profundas ver partir a un joven que apenas comenzaba a vivir. Se trataba de un hijo de una familia pobre de Arauca, vinculado a Ingeniería de Sistemas y al programa Ser Pilo Paga. Sería totalmente injusto culpar a la universidad, a la familia o al cuestionado programa que dejó sin recursos a la universidad pública, por una decisión estrictamente personal. Sin embargo, es mucho lo que podemos y tenemos que hacer como sociedad para proteger la vida de todos, en este caso, de los estudiantes. 

Tal vez el suicidio de Johnnier se habría podido prevenir si hubiera tenido una red de amigos más fuerte, una mejor imagen de sí mismo y un proyecto de vida más amplio y claro que orientara su camino. Sin embargo, como sociedad no tenemos soluciones absolutas para este flagelo. Sin duda, la familia es la institución a la que en mayor medida le corresponde brindar apoyo emocional y estabilidad psicológica a sus hijos. El problema es que cada vez lo hace con mayor dificultad, porque por lo general, ambos padres están dedicados al trabajo, en muchos casos falta uno, tienen pocos hermanos y hay menor presencia de la familia extensa. En el hogar se carece del tiempo que demanda la buena comunicación afectiva y no se comparten ni tiempos, ni actividades. Pero, escribí una reciente columna sobre el tema y prefiero remitir a su lectura. La tarea ahora es reflexionar sobre el papel que podríamos cumplir los docentes para fortalecer el desarrollo socioafectivo, la resiliencia y las competencias éticas de nuestros estudiantes.

Johnnier dejó escrito en Instagram un texto revelador: “he vuelto a caer en los congelados mares de una depresión inherente… huele a tristeza, pero ¿Qué puedo hacer yo?”. Había también creado recientemente un grupo de WhatsApp con el nombre «Adiós» en el que incluyó a algunas personas cercanas y en el que escribió: “Gente. Quiero agradecerles por las cosas que hicieron por mí en su tiempo y pedirles perdón si en algún momento los ofendí o molesté. Les deseo lo mejor de lo mejor. Se lo merecen”. Sus amigos tuvieron poco tiempo para actuar porque poco tiempo después de crear el grupo se quitó la vida.

No supimos leer a tiempo la depresión crónica que tenía, ni su angustia y soledad muy agudas. La pregunta es: ¿en qué momento puede una universidad darse cuenta de la tristeza de un joven, si en las aulas casi solo hay tiempo para el conocimiento y la interacción con los estudiantes es muy reducida? La pregunta es: ¿qué profesor puede ver las crisis emocionales de sus estudiantes si los contenidos académicos no dejan tiempo a lo emocional y lo afectivo? La pregunta es: ¿a qué horas se habla de uno mismo o de los otros, si las clases inician con cálculo a las 7 am y culminan con Programación IV a las 5 p.m.? 

Sus amigos no leyeron a tiempo la crisis de Johnnier porque no les enseñamos a comprender a los otros, a leer los gestos o la tristeza infinita que puede describir una mirada. Sus profes de colegio y universidad estuvieron demasiado concentrados en enseñarles a programar algoritmos, pero no a conocerse a sí mismo o a comprender a los otros. Para desgracia de él y de tantos otros, a alguien se le ocurrió desde hace cientos de años que, era más importante el cálculo infinitesimal que reconstruir los hitos de su autobiografía o construir sus proyectos de vida. Y ese error lo seguimos cometiendo en la mayoría de las clases, de casi todas las carreras y en casi todos los colegios y universidades. No hay duda, estamos equivocados en nuestras prioridades educativas y hemos enviado lo emocional y lo afectivo a la “tierra del olvido”. La pregunta ahora es: ¿qué podemos hacer?

Lo primero es entender que al suicidio llegan los jóvenes en circunstancias muy excepcionales por depresión crónica, ausencia de amigos y redes de apoyo, cuando las expectativas futuras han desaparecido, están viviendo crisis emocionales muy agudas y tienen la sensación de que no son capaces de resolver los problemas que enfrentan. Si comprendemos eso, es relativamente claro saber qué podemos hacer como mediadores. 

Ningún docente detectaría una crisis emocional en uno de sus alumnos si no los escucha o si no se pregunta sobre cómo se siente cada uno de ellos. Por ello, la primera tarea de la educación es la de conocer a nuestros estudiantes, sus contextos, sus familias, sus sueños y sus expectativas. Para ello hay que pasar a una educación centrada en el desarrollo integral: hay que traer reflexiones éticas a todas las clases; hay que escucharlos y darles la palabra para que se expresen; hay que hablar con los alumnos en el aula y a la salida de ella. No olvidar nunca la sentencia: “Para enseñar latín a Jhon, hay que saber latín, pero, sobre todo, hay que conocer a Jhon”.

Para conocerlos hay que aplicar pruebas diagnósticas, dialogar y evaluar actitudes al ingreso, en cada bimestre y para determinar la promoción de curso. Un solo ejemplo: La sociometría de Moreno permite diagnosticar la compleja red de relaciones en un grupo. Con cuatro preguntas estamos en capacidad de determinar qué estudiantes están aislados, cuáles son rechazados, cuáles lideran y quién conforma cada subgrupo. A cada joven se le pregunta por los tres estudiantes que quisieran invitar a una fiesta y los tres a los cuales no quisiera invitar. Así mismo, se le pide que señale los tres estudiantes con los cuales quisiera estudiar y los tres con los cuáles no quisiera hacerlo. Si añadimos la pregunta: ¿por qué?, tendríamos a disposición una información valiosísima para saber quién requiere un apoyo especial y quién podría brindarlo. Un niño aislado tiene mayor riesgo de soledad y un niño rechazado, muy seguramente debilite su autoconcepto. Si estuviéramos más preocupados por el desarrollo integral, hace mucho se aplicarían estos instrumentos al inicio y la mitad de cada año escolar, en todos los cursos y colegios del país. No obstante, algunos siguen creyendo que lo más importante es enseñarles matemáticas y ciencias, así sigan siendo ignorantes afectivos y emocionales.

Si queremos formar jóvenes fuertes emocionalmente, hay que brindarles seguridad y confianza, ayudarlos a fortalecer su autoconcepto, a quererse a sí mismos y a sentirse orgullosos de lo que han hecho. Un profe tiene cientos de frases de reconocimiento que hacen sentir bien a los niños: “lo hiciste muy bien”, “avanzaste mucho” y “me encanta tu pregunta”. Lo importante es que el niño y el joven se sientan reconocidos, valorados y queridos por los demás; en este caso, por los profes y los compañeros. Es relativamente fácil, ya que en buena medida una sola frase puede cambiar la autopercepción: “Tú puedes”. Así mismo la escucha y el diálogo pueden movilizar positivamente el autoconcepto. 

En educación conocemos el sentimiento de competencia con el bello nombre de “Efecto Pigmalión Positivo”. Se alcanza cuando el docente reconoce los avances, el esfuerzo y los logros de sus estudiantes y cuando el niño o el joven sienten que el profesor tiene altas expectativas frente a lo que puede hacer el menor. El grave problema es que la escuela tradicional ha hecho exactamente lo contrario: desvalorizar al niño, humillarlo y acomplejarlo, por eso ha deteriorado el autoconcepto de los estudiantes. Frases totalmente equivocadas, aun hoy en el siglo XXI, se siguen pronunciando por parte de algunos docentes: “Pero, ¿usted es bien bruto o se hace?”, “Esta es la quinta vez que se lo explico”, “A mí, solo me puede aprobar el 30% de los estudiantes”, “Yo le aconsejo que se dedique a otras cosas, porque para el estudio usted si es bien brutico y las matemáticas no le entran”. 

Otro error que con alguna frecuencia cometemos los profes es valorar a los estudiantes utilizando los mismos criterios para todos. Sin embargo, sabemos que quien es bueno para la matemática, puede estar muy atrás en el canto, el deporte o en las relaciones interpersonales. En ese sentido una escuela que quiera fortalecer emocionalmente a sus estudiantes, tiene que ayudar a cada estudiante a encontrar su propio patrón de fortalezas y debilidades; tiene que ayudarlos a encontrar sus intereses y talentos, y entender que unos estudiantes se destacan por unas cosas y otros por otras. Hay que reconocer que el exceso de competitividad es profundamente dañino para la gran mayoría de estudiantes y que la homogeneización beneficia unos estilos cognitivos, pero perjudica otros. Para combatir esto, hay que reconocer y valorar la diversidad de ideas, intereses, vocaciones y estilos cognitivos y hay que fortalecer el trabajo en equipo y el apoyo de unos a otros. 

La integralidad ha sido una palabra retórica en educación. Se habla y se usa mucho, pero en la práctica es una mentira a voces. Los profes y estudiantes se seleccionan por pruebas académicas, se aprueban los semestre y años con criterios informativos. Las clases involucran casi exclusivamente contenidos cognitivos, lo mismo, las evaluaciones. De allí que seguimos formando jóvenes con bajo desarrollo a nivel emocional y afectivo. Necesitamos construir una escuela más integral, en la que las clases, las evaluaciones. Y los criterios de promoción involucren aspectos cognitivos, éticos y actitudinales. Necesitamos que en todas las asignaturas y cursos se realicen reflexiones éticas y se planteen dilemas morales. Si lo logramos, todos los docentes serán responsables del desarrollo actitudinal y emocional de nuestros estudiantes. 

Si trabajamos por construir una educación que fortalezca el desarrollo integral, estaríamos contribuyendo a formar jóvenes con mayor criterio para abordar los retos y con capacidad para convertir las dificultades en oportunidades de desarrollo.  El problema es que, hasta el momento, seguimos concentrados en exceso en el aprendizaje rutinario de información y normas. 

Necesitamos involucrar a todos los docentes en el trabajo formativo y asumir nuevos criterios de admisión, evaluación y promoción de los profes y los estudiantes. Al fin y al cabo, el fin último de la educación es formar mejores ciudadanos. La educación tiene un potencial casi infinito para transformar e impactar en las personas. Si el desarrollo integral se convierte en un propósito común en colegios y universidades y si todos los docentes marchamos en esa dirección, no hay ninguna duda de que podemos mejorar el clima de convivencia en el país. Vamos en la dirección correcta, pero necesitamos acelerar el paso.

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