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Opinión

  • | 1994/05/30 00:00

    ¿QUIEN MANDA A QUIEN?

    Si el Fiscal puede competir con el Presidente en un asunto de seguridad nacional, significa que la Fiscalìa està mal diseñada.

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LAS DISCUSIONES SOBRE LA FISCALIA General de la Nación terminan siempre donde deberían comenzar. Apenas se dice que Gustavo de Greiff es un hombre honrado se le pone punto final a la conversación, como si tal virtud fuera la única condición para desempeñar acertadamente el cargo, y no un requisito obvio para poder sentarse en ese puesto. Y mientras los análisis sobre el Fiscal y la Fiscalía acaban en ese punto, De Greiff sostiene una pelea a muerte con el presidente César Gaviria y con las tres ramas del poder público de Estados Unidos, y todo esto acompañado de la noticia de que un número inmenso de presos está a punto de salir a la calle por ineficiencias procesales.
En el marco de la pelea entre el Fiscal y el gobierno lo más importante no es si la razón la tiene Gaviria o la tiene De Greiff. Lo grave es que en Colombia hay un co-gobierno en el diseño y ejecución de la política criminal, y por lo tanto en el manejo del más notorio y sensible de los asuntos de ese sector -el narcotráfico-, junto con los delitos que lo suelen acompañar.
Punto por punto cada una de las actuaciones de De Greiff tiene críticos y defensores, y sería interminable discutir si hace bien o mal en su postura en favor de la legalización de la droga o en la negociación que adelanta entre las sombras con los narcos de distintas denominaciones. A mí todo eso me parece una irresponsabilidad manifiesta, aunque el afán del Fiscal por llegar a algún acuerdo generalizado de entrega con el narcotráfico es explicable: sus interlocutores son el último vestigio de liderazgo entre los narcos, y dentro de muy poco ese será un sector amorfo y federalizado, sin una cabeza capaz de hablar a nombre de alguien distinto de sí mismo. Y sin interlocutor no hay diálogo, que es lo mismo que está ocurriendo con la guerrilla. El problema es que ese es un asunto de gobierno, porque se trata de una decisión política que altera el rumbo general del país frente a un tema fundamental, y esas son determinaciones que no debe adoptar un fiscal, por muy honrado que sea.
Pero si el Fiscal está haciendo lo que hace es porque las normas lo admiten, y si unas normas permiten que un funcionario compita con el Presidente en un asunto que tiene que ver con la seguridad nacional y con la relación de Colombia con los demás países del mundo, lo que sucede es que la Fiscalía está mal diseñada. Esa dualidad peligrosa se va a seguir presentando en el futuro con este o con cualquier otro fiscal porque cuando la Constituyente cambió el régimen de justicia y dio el salto al sistema acusatorio, dejó a la Fiscalía en un limbo entre la rama ejecutiva y la judicial. Lo que están demostrando los hechos es que dentro del nuevo esquema el Fiscal debe formar parte del Ejecutivo y ser un subordinado del Presidente para garantizar unidad, coherencia y armonía en la política de combate contra el crimen, y con mayor razón en Colombia, que como dice Planeación- es el país más violento del planeta.
A todas estas se ha hablado mucho de qué tan buen presidente puede ser De Greiff (en la medida en que pelea con Gaviria sobre asuntos de gobierno) pero muy poco se ha dicho sobre qué tan buen Fiscal ha sido. Dicen los funcionarios responsables de los distintos organismos de seguridad, que el trabajo combinado de la Fiscalía con esas dependencias ha mejorado notoriamente la eficiencia general del estado en la lucha contra el delito. En ese sentido, el balance de De Greiff es bueno y la cooperación entre las distintas entidades no permite afirmar que haya un enfrentamiento institucional. Pero el drama de la liberación de los detenidos (cuyo desenlace se desconoce a la hora de escribir estas líneas) parece ser un síntoma de que a la Fiscalía le está quedando grande el trabajo, por su volumen, y que necesita una reestructuración urgente para tramitar con agilidad los procesos.
La gritería de la Fiscalía por si el número exacto de los presos que pueden quedar libres es de 2.500 o de 3.000 no tiene ninguna importancia. Lo que demuestra esta situación es que hay un cuello de botella en esa entidad y que si no se corrige a tiempo, el fenómeno de la vuelta a la calle de los detenidos se puede volver un espectáculo recurrente. Es ahí donde se necesita un Fiscal de verdad para diseñar un sistema eficiente y para dar la voz de alarma mucho antes de que la situación haga crisis, y que lo haga con la misma vehemencia con la que se dedica a asuntos que no deberían ser de su competencia. Hay que reconocer que buena parte de la culpa de todo esto la puede tener ese mal tan frecuente entre quienes saltan de improviso del anonimato del sector privado a la popularidad del público, que antes se conocía con el descriptivo nombre de "vértigo del linotipo".
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