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Opinión

  • | 2019/10/07 16:29

    ¿Quiere ser policía? ni de fundas

    No creo que sea tarea imposible volver a practicar y lograr que los pilares del estado sean casi sagrados ese día volveremos a tener un país que pueda decir: quiero con orgullo ser policía, alcalde, juez o predicador, Ojalá así sea.

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Algo pasó en la sociedad Colombiana, antaño reciente, los personajes del pueblo eran el cura, el alcalde, el juez y el policía. De la noche a la mañana eso fue cambiando y hoy los curas se los infama, al alcalde lo despreciamos, al juez lo desacreditamos y al Policía… el calificativo generalizado es el de “tombo”. Ahora, si nos vamos a referir al escuadrón móvil antidisturbios, este es generalizado como el enemigo del pueblo y la libertad estudiantil.

Recientemente hablaba con un senador, de los que aún profeso credibilidad por su lectura de los temas importantes del país, y coincidimos que el desprestigio del cura, del juez, del alcalde y del policía en mucho, tenía que ver con los elementos de reciprocidad de la sociedad con cada uno de ellos. El asunto salarial sin duda es el primer factor que tendremos que analizar buscando soluciones reales al primer elemento de la eficiencia laboral, que sin duda es la remuneración por el servicio. 

Ese muy delicado tema de raigambre fiscal es un componente fundamental, pero queremos enmarcar nuestras ideas en otros aspectos que sustentan nuestra inquietud; el respeto y valor por cada uno de ellos debe  ha de ser concebido al interior de una política estatal, es claro que en otras latitudes y en otros modelos jurídicos y constitucionales estos actores de la cotidianidad son quintaesencias, el respeto por la fuerza pública, encarnada por la policía, es incuestionable. Basta con remontarnos al origen etimológico de la palabra, politia, que siglos después en el sistema anglo sajón sirvió para referir al “hombre de la polis” y que más tarde en el esquema continental francés acuñó el término para “el guardián de la cosa común”. 

Es por esto, que en casi todos los rincones del planeta el policía o gendarme (del francés, gente con armas) configure per se un elemento de vital trascendencia y profundo respeto en la organización social. Con asombro y pesar vemos en nuestro país como el ejercicio de esta función es casi sinónimo de oprobio, se ha tornado en referente generalizado la estigmatización del ESMAD, tornándolo en una especie de fuerza casi que comparable con la Stasi de la República Democrática Alemana, cuando realmente estamos ante hombres y mujeres de carne y hueso, que deben soportar la insolencia de la pedrea, de las papas bombas y del insulto.

Es claro que al interior de nuestra convulsionada realidad hemos sido testigos de primera mano de nefastos episodios de corrupción protagonizados por alcaldes, policías y curas, pero ello no significa que todos ellos encarnen una generalizada situación negativa. Es fundamental regresar a la confianza ante nuestras instituciones, de ahí que el nivel central del gobierno ha de virar su cabeza hacia la entidad territorial, en donde al final del camino se materializa el fin mismo del Estado, que no es otro que la satisfacción de las necesidades del conglomerado, en los departamentos, en los municipios, en los corregimientos, en el barrio.

Con absoluto respeto me hago la siguiente pregunta ¿cuántas veces el presidente se reúne con los jueces o los policías del municipio a donde llega en el ejercicio de sus talleres democráticos? ¿Acaso el presidente de la República como primera autoridad estatal alguna vez se ha sentado a dialogar de manera directa con los policías o con los jueces municipales o promiscuos municipales de los olvidados pueblos de nuestra geografía?  ¿Podrá algún Juez de un municipio contar cuando le dio la mano a un presidente o a un ministro de la justicia? ¿Habrá un policía que pueda contar cuando lo realizó con un general de su propia fuerza? Para las anteriores preguntas con absoluta resignación me atrevo a decir que no creo fácil encontrar algún referente.

Toca entonces, pensar con toda voluntad en los temas que devuelvan importancia a esos ejes que antaño, reiteramos fueron los ejes del poder y del hilo social. Deberá por ejemplo, ser obligatorio que un  patrullero a su ingreso obtenga el cupo para estudiar una profesión u oficio de orden técnico que le permita capacitarse e ir ascendiendo en el espiral social e incitar a miles a seguir su carrera con estímulos que gustosamente pagaremos los ciudadanos que iremos advirtiendo el cambio en la actitud de nuestros garantes en materia de seguridad, honra y bienes. No tengamos miedo y hablemos de la necesidad de ascender socialmente estos servidores.

Mi padre fue durante los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado fue alcalde de profesión en el departamento del Tolima, muchos municipios fueron por Él presididos. En uno de ellos, Anzoátegui, municipio muy conservador, conoció a mi señora madre. En todos estos lugares recibí siempre expresiones de admiración de ciudadanos por su labor y por qué no decirlo, cariño. 

Mi padre, liberal como ninguno, tuvo -reitero- admiración y respeto. En uno de estos municipios como Ambalema se le recuerda porque con los presos logró realizar gran parte de la carretera de ese municipio hacia el puente del río Magdalena. En vida la experiencia que contaba con alegría era esa, de haber sido alcalde de muchos municipios del Tolima. Años después sentí en el municipio de Usme tal condición cuando pude ser inspector 5 de Policía y alcalde encargado. Casi 50 años después sigo recibiendo la gallina criolla que Eduardo Solorzano, mi amigo, me entrega en mi casa. Además de gratitud le debo a Eduardo unos kilos de más. La juez de Usme, la doctora Clara Usme abogada del Externado podrá reiterar la sensación de cariño y respeto que la gente profesaba.

No creo que sea tarea imposible volver a practicar y lograr que los pilares del estado sean casi sagrados ese día volveremos a tener un país que pueda decir: quiero con orgullo ser policía, alcalde, juez o predicador, Ojalá así sea.

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