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Opinión

  • | 2018/07/18 01:10

    ¿Por qué me demanda el abogado De la Espriella?

    Con una demanda civil interpuesta en mi contra en un juzgado de Barranquilla, el defensor del exmagistrado Pretelt me suma a su “lista negra” de columnistas “indeseados”, de la que ya hacen parte Daniel Coronell, Jorge Gómez Pinilla, Ariel Ávila y, próximamente, según me informaron, Julio César González (Matador).

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El punto de partida es despotricar, una palabra que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, DRAE, define como “hablar sin consideración, diciendo insultos o barbaridades contra alguien o algo”. Si eligiéramos de manera aleatoria una columna de las muchas escritas por el abogado De la Espriella en el diario El Heraldo de Barranquilla, esa palabra encajaría perfectamente en ese océano de “insultos y barbaridades”. En una, tan polémica como su autor, hace una extraña defensa de una teoría que deja por el piso varios siglos de estudios filosóficos sobre la ética, una disciplina que, según Adela Cortina, profesora de la Universidad de Valencia, España, “nos podría evitar sufrimientos, procesos judiciales, venganzas, papeleos y muertes prematuras”. La razón es sencilla: la ética inserta el conjunto de normas y costumbres que direccionan el comportamiento social de los grupos humanos.

La ética es, pues, vista desde esta perspectiva, ese conjunto de valores que permiten que la sociedad funcione. Asegurar que no sirve para nada, o que es inaplicable al derecho, entendido este como el conjunto de políticas de relevancia jurídica para el funcionamiento social, no deja de ser una barbaridad. Ante semejante afirmación resultaría una irresponsabilidad de parte de un docente que ha dedicado gran parte de su vida a la enseñanza de la comunicación y la literatura, permanecer callado. Salvando las distancias y las competencias, sería lo equivalente al oficial de policía que observa un robo y permanece inalterado ante el hecho.

No voy a negar que en una disciplina suele haber puntos de vista controversiales sobre un hecho, pero tampoco se puede olvidar que hay hechos incontrovertibles. Sin el estadio de la razón la sociedad sería un eterno carnaval, sin las normas jurídicas y sociales los grupos humanos serían un caos, ya que cada individuo haría su voluntad, y sin la ética nada de lo anterior sería posible. Pero, para el abogado en mención, esto que acabo de afirmar podría resultar una falacia porque seguramente es de los que mira el mundo con un solo ojo.

La escritura se origina por la necesidad de las sociedades de dejar plasmado en el papel sus ideas y los hechos que marcan su existencia. Para su puesta en escena se requiere de unos mecanismos que permitan darle vida: herramientas que empiezan por el lenguaje y la normatividad escritural, pasando por una cadena de elementos axiológicos en los que se vislumbran aspectos retóricos y de argumentación. La normatividad en la escritura es lo equivalente a la ética de las acciones y de la vida. Es como intentar separar lo estrictamente discursivo del texto. Cuando se violenta la ética es como si el conductor de un carro violara flagrantemente las señales de tránsito. La ética es, entonces, la medida de todas las cosas dentro ese mundo en el que se mueve toda sociedad. Decir lo contrario es un acto de ignorancia o, si se quiere, de desconocimiento de los mecanismos sobre los cuales funcionan los pueblos.

No hay duda de que cuando se escribe se deja ver lo que se lleva dentro. Y, por lo tanto, se es susceptible de críticas. Cuando se afirma en una nota de opinión de un diario regional -y que por razones del internet y las redes tiene connotaciones nacionales e internacionales- que la única manera de acabar con los problemas sociales y políticos de un país es convocar al pueblo para que se tome la justicia por sus manos y cuelgue a su presidente de un árbol, le dispare en la cabeza o lo desaparezca, es regresar la sociedad a la premodernidad. Es borrar de un plumazo los postulados de la razón que nos dejó la Revolución Francesa y dar un salto hacia atrás en los derechos fundamentales de la humanidad.

Ahora bien, que eso lo afirme una persona semianalfabeta, que a duras penas terminó la primaria y ha permanecido toda su vida en el pico de una montaña sintonizando solo Noticias RCN y NTN 24, es apenas entendible. Lo que no es entendible es que un representante de la “alcurnia social”, que pasó por una universidad, que obtuvo un cartón de abogado y que insinúa haber leído tanto, o quizá un poco más que el nobel García Márquez, que es referente del estrato 6.5 y una figura de la farándula criolla, y que, por ende, sus acciones son mucho más visibles que las del resto de los mortales, asegure sin sonrojarse semejante disparate.

Una cosa es tener problema de redacción -como lo dejó ver el abogado en esas réplicas que publicó la Revista Semana por los días en que le hice un par de observaciones con respecto a unas columnas suyas aparecidas en El Heraldo— y otra muy distinta afirmar esa barbaridad de que al presidente de Venezuela había que asesinarlo de la misma forma como los partisanos lo hicieron con Mussolini: a tiros para luego colgarlo en la parte alta de una baranda como escarmiento para los sátrapas venideros.

Si se lee con atención los textos de la polémica, entre los que se encuentran La ética torcida de Abelardo (16/03/2015), un recorrido condensadísimo del concepto ético emitido por Kant en esos dos voluminosos clásicos de la filosofía moderna que llevan por títulos Fundamentación de la metafísica de las costumbres y Crítica de la razón práctica, y Ética para qué si no da plata (14/07/2017), centrado mucho más en señalar los problemas generales de la educación universitaria en Colombia, se puede advertir que en ambos escritos su intención es mucho más pedagógica que crítica, pues buscan señalar los problemas de carácter ético que se desprenden de las políticas impuestas desde el saber práctico, no desde la reflexión de  los hechos que implicaría un acto filosófico. No hay nada a lo largo de los mismos que pueda interpretarse como “ataques personales” o la intención de “dañar el buen nombre o la imagen” de alguien, pero como quedó evidenciado en esos “dos ladrillos” replicantes escritos por el abogado, su ojo derecho –pues dudo que vea bien por el izquierdo— vio balas verbales donde solo había observaciones, vio ataques personales donde solo había reflexiones, dardos venenosos donde reposaban conceptos filosóficos.

Hace mes y medio (6 de mayo de 2018) recibí una llamada de ese gran maestro del periodismo nacional que es Daniel Coronell. Fue una llamada que me sorprendió por dos razones: primero porque ya eran casi las 8.00 de la noche (y toda llamada inesperada después de esa hora me pone nervioso) y, segundo, porque Coronell, que yo supiera, vive en los Estado Unidos desde los tiempos en que los paramilitares de Castaño y Mancuso, con la complacencia de algunos miembros de las Fuerzas Armadas, desataron su furia y buscaron matarlo. Daniel quería saber cómo iba mi proceso con De la Espriella (desconozco si sabía algo de lo que venía) pero le comenté que aquello no prosperó, pues, al parecer, el abogado había dejado el asunto en tintero. Supuse aquello porque SEMANA, para equilibrar las cargas y darle el equilibrio pertinente que merece toda información, publicó dos réplicas del abogado, correspondientes a mis dos columnas. Coronell se despidió con un “bueno, me alegra” y yo olvidé el asunto hasta el lunes 16 de julio de 2018 cuando entró en la mañana temprano a mi teléfono una llamada de un reconocido abogado barranquillero que me comunicó que en el Juzgado Octavo Civil de la capital del Atlántico había una demanda en mi contra, interpuesta por el “célebre abogado del magistrado Pretelt”, Abelardo de la Espriella.

Fue un balde de agua fría, por supuesto, porque había llegado al convencimiento de que, a pesar de su figura escandalosa y sus acciones “guachenescas”, en el fondo de su “corazoncito” se escondía el alma de un caballero andante, algo así como un Quijote que intentaba imitar las acciones del gran Amadís de Gaula. Pero me equivoqué. Lo único bueno del asunto, hasta ahora, ha sido que la demanda estaba tan mal redactada y carente de argumentos jurídicos que el juez la echó para atrás. Ahora tendrá que ajustarla, elevarla a categoría de demanda real y presentarla nuevamente.

“¿Qué busca Abelardo con esto?”, pregunté a un juez amigo. “Plata”, respondió. Mala vaina, pues el único patrimonio que tengo se encuentra colgado en la pared en forma de dos pequeños cuadros: uno dice que soy “profesional en lingüística y literatura” de la Universidad de Cartagena y el otro afirma que soy “magíster en comunicación” de la Universidad del Norte.

La única manera de pagarle al abogado, en la eventualidad de que su demanda prospere, sería con un curso intensivo de redacción y argumentación para él y sus socios de Lawyers Enterprise. Estoy casi seguro que me lo agradecerá.

En Twitter: @joaquinroblesza

Email: robleszabala@gmail.com

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