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Opinión

  • | 1995/05/22 00:00

    "READ MY LIPS" A LA CRIOLLA

    Tradicionalmente para los gobiernos es más fácil asaltar al contribuyente que disminuir los gastos del Estado

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DESDE QUE EL CARRO DE UNO ANDE Y los impuestos no suban, a nadie le provoca tirárselas de mecánico o de revisor fiscal. Pero si el carro se vara, es obligación, por lo menos, abrir el capó. Y si los impuestos amenazan con subir, como dicen que sucedería de ser aprobada la reforma tributaria que cursa ante el Congreso, hay que hacer un esfuercito con mentalidad de abogado tributarista, o con instintos de revisor fiscal, para entender qué es lo que nos corre pierna arriba; si es bueno o si es malo; si le conviene o no al país y, sobre todo, si los que saben del tema están diciendo o no la verdad sobre la posibilidad de que los impuestos suban, o se queden como están, tesis esta última que el gobierno está empeñado en vendernos, a toda costa.
Este último punto es especialmente sensible para la opinión tratándode del actual gobierno. De las ideas que se movieron durante la campaña, quedó claro para el país el mensaje de que Ernesto Samper se comprometía a no subir los impuestos, porque la plata que necesitaba para el desarrollo social, según lo dijo en el famoso debate televisado, "la sacaría de Cusiana, de créditos multilaterales del Banco Mundial y del BID". No llegó al extremo de Bush con su famosa negativa que pasó a la historia empacada en la frase "read my lips", que sería traicionada poco tiempo después. Y tampoco se comprometió a bajar los impuestos, como sí lo hizo expresamente Andrés. Pero había un compromiso tácito con el país de que no los subiría.
La sensación que ha dejado el abrebocas de la reforma tributaria es que los impuestos sí subirán, como se lo ha explicado claramente al país el senador Juan Camilo Restrepo. Subirán, porque se propone volver permanente lo que antes era temporal, como el aumento al 14 por ciento del IVA (cosa que sí advirtió Samper en su campaña que sucedería). Subirán, porque sube el impuesto a la renta presuntiva, que recaerá eventualmente sobre activos brutos. Subirán, porque aumentará el IVA sobre automóviles. Subirán, porque aumentará la tarifa del impuesto sobre la renta, del 35 por ciento al 37 por ciento. Subirán, porque habrá un incremento sobre la tributación de las rentas extraordinarias (ganancias ocasionales) al restringirse la posibilidad de afectarlas con gastos. Subirán, porque se amplía el IVA a renglones sobre los que antes no se cobraba, como los servicios financieros. Subirán, porque elimina una serie de exenciones al impuesto a la renta. Subirán, porque se incluyen modalidades nuevas como la de las 'contribuciones para-fiscales', simpático nombre acuñado por el ministro Perry para sostener que algo que se le cobra a la industria para su propio beneficio, y no para el beneficio general, no es técnicamente un impuesto, así haya que pagarlo a la fuerza. (Las Farc también llaman 'contribuciones' a las vacunas que cobran en las fincas...).
En resumen, si el gobierno insiste en decirnos que esta reforma no aumenta los impuestos, podemos responderle así: se espera recaudar a través de esta reforma 5,7 billones de pesos. Dos billones de ellos saldrán del control a la evasión, mediante la retención y el anticipo del IVA. Pero, ¿de dónde saldrán los otros 3,7 billones, si no es del bolsillo de los contribuyentes?
Pero si quieren otra prueba, una confesión de parte, véase simplemente el cuadro sobre cifras preliminares de la reforma elaborado por la propia Administración de Impuestos (léase el propio gobierno) y publicado en el No. 83 de Portafolio. Si esa no es una confesión de que en Colombia subirán los impuestos, ¿entonces qué es?
Pero hay que decir la verdad. Más allá del mal sabor político que pueda tener una reforma tributaria que en términos generales eleva la carga fiscal, patrocinada por un gobierno que supuestamente se había comprometido a no hacerlo, el proyecto fiscal del ministro Perry es bueno en muchos aspectos.
Si Perry sabe de algo, es de Hacienda Pública. Corrige errores de la anterior reforma, la del 92, a la que se le atravesaron congresistas como Salomón Nader y sus alegres muchachos, que no la dejaron hacer bien, al insistir en que fueran transitorios aumentos de tributos como el IVA con los que irónicamente se pretendía satisfacer necesidades fiscales permanentes.
Es buena porque facilita las devoluciones de impuestos.
También es buena porque se propone controlar la evasión del IVA. Sin embargo, éste será un punto de mucho debate en el Congreso, porque afecta a las personas desde el punto de vista de sus derechos republicanos. En otros países, la evasión tributaria es un delito. En Colombia es muy peligroso llegar tan lejos, porque se convertiría en un tremendo instrumento de chantaje de la Procuraduría y la Contraloría, ya de por sí dos oficinas que practican el chantaje institucional.
Me preocupa, de todas maneras, que esta reforma es una prueba más de que los gobiernos encuentran más fácil meterle la mano en el bolsillo al contribuyente, que reducir los gastos fiscales. La verdad es que nuestro Estado se ha pegado una crecida tremenda, aun en épocas del gobierno Gaviria, cuando la carreta del Estado neoliberal habría hecho esperar otra cosa. Y al gobierno Samper no le he escuchado ni una sola vez el tema de la reforma del Estado, ni el propósito de controlar el déficit fiscal ordenando el gasto o reduciendo el tamaño del aparato estatal.
Hasta aquí llegan mis capacidades analíticas como revisora fiscal. Suspendo aquí esta columna, porque me acaban de avisar que se me varó el carro, y me veo en la obligación de abrir el capó.-
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