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Opinión

  • | 2003/10/27 00:00

    ¿Referendo o plebiscito?

    El Presidente optó por hacer una campaña personal, saturante... e ilegal, porque el Ejecutivo tiene que ser imparcial en 'todas' las elecciones

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Con tal que gane o pierda por unos pocos votos, no importa mucho que el referendo pierda o gane. Al fin y al cabo, las reformas que trae no son tan decisivas como decían los unos, pero no son tan malas como temían los otros.

Grave sería que el triunfo del referendo haya sido tan grande que al uribismo le dé por empujar la reelección, o su derrota haya sido tan grande que al Congreso le dé por rebelarse. Lo uno sería echar por el despeñadero de Perú y Venezuela, lo otro sería una crisis de gobernabilidad que llevaría al crac de las finanzas.

Lo mejor que podría haber pasado sería entonces que unas preguntas se aprobaran y otras no. Y lo mejor que podría pasar en esos días es que los medios no hagan eco al triunfalismo (¿son cinco millones de votos por el "sí" un sí arrollador? ¿o son apenas un lánguido 20 por ciento del voto potencial?).

Lo mejor sería que el referendo acabe siendo un referendo en vez de un plebiscito. Digo "acabe" porque faltan las cifras y -sobre todo- falta la lectura que los medios harán de dichas cifras. Digo "acabe", además, porque la historia de este entuerto consistió en que el gobierno trataba de montar un plebiscito y los otros poderes -Congreso y Corte- trataban de dejarlo en referendo.

Recordemos que en el referendo se trata de aprobar una norma impersonal y en el plebiscito se trata de apoyar o rechazar una política y un gobierno. Establecer la pena de muerte o prohibir las suplencias es cuestión de referendo, pero acortar el período de unos congresistas o votar por simpatía hacia el Presidente es cuestión de plebiscito. La diferencia no es retórica sino que tiene muchas consecuencias prácticas; la principal es que el referendo puede cambiar la Constitución pero el plebiscito no puede hacerlo.

Y sin embargo, el gobierno, la oposición y los medios le jugaron a la ambigüedad de este referendo-plebiscito. Fue el señor Presidente quien dio comienzo al juego: el "7 de agosto a las 3 de la tarde" radicó el proyecto que incluía Cámara única y disolución inmediata del Congreso.

Era una promesa de campaña. Pero a Colombia se le apareció la Virgen, y Uribe desistió rápidamente de su idea: primero, porque sin querer queriendo, su imagen había arrastrado tantos candidatos que se encontró con un Congreso de bolsillo (¿para qué cerrarlo?); segundo, porque al mes de elegido descubrió el hueco fiscal y tuvo que cambiar de prioridades.

Colgarle al referendo el cierre del Congreso era el modo de asegurarle 10 millones de votos. Y viceversa: al quitar este detalle, el referendo pasó a ser un bodrio imposible de vender. A las primeras de cambio, entonces, y a cambio del paquete fiscal, el Congreso le quitó el toque plebiscitario al referendo, y Uribe empezó a quedarse con el cascarón y sin el género.

De ñapa vino el cambiazo, donde Londoño dejó que el Congreso retocara casi todos los artículos, en lo trivial para mejor, en lo de fondo para peor (y por eso, en el texto final, hay ocho pasitos adelante y tres pasos hacia atrás en eso de "la politiquería y la corrupción").

Uribe, mientras tanto, empezó a buscar banderas que sirvieran de arrastre electoral, y a punta de amenazas con "acudir al pueblo", logró que el Congreso le incluyera la prórroga de alcaldes y gobernadores, la circunscripción de paz, la prohibición de la droga, la introducción a cada pregunta y el voto en bloque.

Pero la Corte -precisamente con el argumento de que un referendo no es un plebiscito- volvió a quitar las carnadas anteriores, y así acabamos en el texto retaceado, recortado e ilegible que sabemos.

Ya encartado del todo, el Presidente optó por hacer una campaña personal, saturante. e ilegal, porque el Ejecutivo tiene que ser imparcial en todas las elecciones y porque su deber no es inducir sino cumplir el veredicto popular.

La oposición optó por el truco de no dejarse contar. Sabedora de que es minoría pero incapaz de admitirlo, quiso hacer del referendo un plebiscito contra la política económica de Uribe.

Y los medios ¡qué pena! le hicieron eco a ambos -y descaradamente al señor Presidente-.

La ambigüedad plebiscito-referendo hizo que Uribe corriera un riesgo innecesario (esas reformas las habría aprobado -de hecho las aprobó- el Congreso); hizo que la oposición se desdibujara; e hizo que los medios se parcializaran a ojos vistas.

Pero el daño podría ser inmenso si el "ganador" de este sábado -y los medios- insisten en que aquí hubo un plebiscito.
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