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Opinión

  • | 2018/12/05 00:19

    El significado del verbo renunciar

    Hay que recordar que mucho del periodismo que se hace en el país se parece a una flor pálida, carente de los colores vivos y del aroma de un 'The Washington Post,' único diario del planeta que, con las herramientas de la verdad y una dupla de periodistas punzantes, hizo salir corriendo a un presidente corrupto de la Casa Blanca.

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En un país serio las instituciones se respetan. Es decir, los ciudadanos creen en ellas porque se ven representados por estas. De ahí la delicadeza y el cuidado que deben primar en la escogencia de esos representantes del Estado, o del pueblo, que son a la vez las voces lúcidas (o autorizadas) para tender los puentes de comunicación entre las comunidades y la institucionalidad. Pero estamos en Colombia, donde lo único serio son las influyentes mafias que están detrás de los hechos de corrupción, empezando por las que se encuentran enquistadas en ese “recinto sagrado” del Congreso de la República, donde es fácil seguirle el rastro al paramilitarismo a través de sus descendientes, que hoy hacen parte de las poderosas bancadas.

En un país serio, un funcionario señalado de cometer un delito debería, por respeto a la institución que representa, renuncia. Y no porque sea culpable, sino para que puede canalizar sus esfuerzos en esa defensa a la que todo ciudadano investigado por un acto de corrupción tiene derecho. Lo hizo hace poco la vicepresidente de Ecuador, María Alejandra Vicuña, al conocerse los presuntos cobros de dineros a unos de sus exempleados, un delito que, comparado con los que algunos altos funcionarios colombianos cometen, es lo equivalente a la hebra de pelo del gato. Renunció a su cargo hace un año el ministro de defensa británico, Michael Fallon, por posar repetidas veces su mano en la pierna de una periodista que lo entrevistaba. Presentó su renuncia el secretario de Desarrollo Internacional del Reino Unido, Lord Michael Bates, por llegar tarde a una reunión donde se debatiría la brecha laboral entre hombres y mujeres. Renunció a su curul el senador demócrata Al Franken después de ser señalados por unas señoras de haberse sobrepasado con estas. Y pensar que aún no estaban siendo formalmente investigados, sino por la pena que experimentaron al enterarse de que los hechos que los involucraban habían trascendido a la prensa.

En Colombia, la historia nos dice que los funcionarios desconocen por completo el significado del verbo renunciar. Y, por supuesto, también ese sentimiento moral de la vergüenza. Ernesto Samper Pizano, quien fungió hace dos décadas como presidente de Colombia, fue el centro de un polémico terremoto político que el país conoció con el nombre de Proceso 8000, un escándalo que dejó en evidencia la financiación de su campaña presidencial por los poderosos carteles de la droga del sur del Valle. A pesar de que toda la evidencia compilada apuntaba hacia él, el entonces presidente aseguró que los hechos se habían dado a sus espaldas, por lo que la lanzó la famosa frase “aquí estoy y aquí me quedo”.

Pero Samper Pizano es solo la punta de una larga lista. A esta se suman funcionarios como el entonces defensor del pueblo Jorge A. Otálora, señalado de acoso sexual por una de sus secretarias, el general de la Policía Nacional Rodolfo Palomino, acusado por algunos de sus subalternos de ser la cabeza visible de un tenebroso cartel de prostitución masculina que el país conoció como La comunidad del anillo, el exalcalde de Bogotá Moreno Rojas, quien se mantuvo en el cargo hasta que las evidencias y declaraciones de sus compinches en el desfalco a la capital se hicieron tan poderosas que las autoridades se vieron en la obligación de expedir una orden de captura en su contra.

El caso del actual contralor del Bogotá, Juan Carlos Granados, investigado por presuntamente recibir dineros de la multinacional Odebrechet cuando fue candidato a la gobernación de Boyacá y beneficiarla luego siendo gobernador, es solo otra muestra de que los políticos colombianos desconocen el significado del verbo renunciar y echan a la basura ese concepto filosófico de la ética por la sencilla razón de que esta no da plata.

Lo del fiscal Néstor Humberto Martínez Neira es lo que en término retóricos suele llamarse la “cereza del ponqué”, no solo por recurrir al ya trillado “complot”, utilizado por todos los políticos mafiosos de este país investigados por cometer algún delito, sino por el interés manifiesto de algunos poderosos partidos políticos de salvarle el trasero y de paso mantenerlo en el cargo como como una cuota de la rama judicial que luchará por disipar las sombras que atenten contra los intereses del grupo, así como dilatar procesos que los afecten y engavetar aquellos que no les convenga.

Que para estos señores es sumamente beneficioso mantenerse en el poder mientras son investigados, ya que tienen a su favor la estructura del Estado, los recursos y el poder que este representa, no es nada nuevo. Es la vieja historia del cazador que monta al tigre pero que es consciente de que en el momento en que regrese los pies a la tierra el gigantesco felino lo devora. Pero también la muestra de que Colombia carece de instituciones fuertes y jueces berracos, con el coraje para defender las leyes y abrirles una investigación formal a los peces gordos de la política nacional si estos traspasan esa línea que separa lo lícito de lo que no lo es. Lo anterior también nos recuerda que el periodismo que se hace en el país se parece a una flor pálida, carente de los colores vivos y del aroma de un The Washington Post, único diario del planeta que, con las herramientas de la verdad y una dupla de periodistas punzantes, hizo salir corriendo a un presidente corrupto de la Casa Blanca.

En Twitter: @joaquinroblesza

E-mail: robleszabala@gmail.com

(*) Magíster en comunicación.    

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