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Opinión

  • | 1988/03/28 00:00

    RESPONSO POR LAS PELUQUERIAS

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Tenía como quince años de no ir a una peluquería. Ello se debe, en primer lugar, a que el pelo se me ha ido cayendo, de manera irremediable y triste, como si fueran las motas de esos vilanos que flotan en el aire cuando los árboles comienzan a florecer. Pero es que, además, si en esta vida llena de correndillas y afugias uno no tiene tiempo ni para peinarse, menos aún lo va a tener para cortarse el poco pelo que le queda. Como dicen los campesinos vallecaucanos, sabios y sentenciosos, si la gallina no tiene agua para beber, cómo se le ocurre invitar al pato a nadar.
Pero, en fin, la verdad es que en estos días regresé a la barbería porque me negaba rotundamente a permitir que mi mujer, con sus desmoladas tijeras de modistería, me siguiera trasquilando sin piedad, cada final de mes, como quien pela un coco. Me arrepiento y admito que no debí haber vuelto nunca más. Ahora estoy taciturno y apenado porque acabo de descubrir, con una lágrima de dolor en los pliegues del alma, que la barbería ha muerto. Nadie rezó un responso por los peluqueros auténticos, ni se ha pedido que brille para ellos la luz perpetua, y hasta parece que estuvieran insepultos, como el cadáver de Polinice en la tragedia griega.
Los barberos se han ido en silencio, como esas ballenas monumentales que se hunden de viejas en altamar, y no resuellan de nuevo. Recuerdo los buenos tiempos en que mi compadre Vicente Montes desbastaba cabellos en San Bernardo del Viento, como si fuera un descuajador de montañas. Su pequeña estancia, con una silla de madera que giraba sola, tenía una fragancia glacial de bay-rum y armarios con botellas de alhucema con un patio pintado en la etiqueta. Ahora que lo pienso bien: nunca he podido saber porqué se parecían tanto la peluquería de mi compadre y la dentistería del Niño González. Tal vez era porque tenían el mismo olor de nevera abierta.
Mi compadre Montes era fantasioso, como todo barbero que se respete, y mientras afilaba su navaja "Solingen" en una penca de cuero crudo, pulida por el uso, relataba sus hazañas de comandante de las tropas liberales en la Guerra de los Mil Días, especialmente en aquella épica jornada en que capitaneó a sus hombres a la victoria en la batalla de Tolu viejo. Todo eso, naturalmente, eran figuraciones suyas, porque la única sangre que mi compadre Montes vio en su vida era la de su propia clientela, a la que le quedaban pequeñas heridas y raspaduras en la nuca, y él las desinfectaba con un terrón de alumbre. A propósito: ¿alguién sabe qué diablos se hizo el alumbre?
Si uno cometía el despropósito de moverse mientras él estaba trabajando, mi compadre Montes, silbando los primeros compases de un porro pelayero, lo aquietaba de un cogotazo sonoro y certero. Era masón, librepensador, hablaba pestes del cura, recitaba de memoria parrafadas completas de Vargas Vila -como su discurso ante la tumba de Diógenes Arrieta- y era un prodigio para jugar a las damas con el boticario. Un día encontraron muerto a mi compadre Montes, dulcemente, en su propia silla, con una mano en la cabeza, como si estuviera motilándose a sí mismo.
Ahora, en cambio, esos artesanos no se llaman peluqueros sino "estilistas", que es una de las suplantaciones más idiotas que ha podido inventar el hombre. Yo tenía entendido que "estilistas" eran Flaubert y Quevedo. ¿O sería que Quevedo y Flaubert más bien eran peluqueros? Ya empecé a enredarme otra vez, ánimas benditas del Purgatorio.
Y los establecimientos ya no se llaman peluquerías sino barber-shops. Pero no hay de qué extrañarse, si es que al ron blanco ahora le dicen drink y al cumpleaños de una amiguita de mi hija le dijeron lonche el otro día.
Declaro solemnemente que jamás volveré a un sitio de esos. Prefiero que se me encrespen estas cornisas de pelo que me bordean la cabeza, como le pasó a Bernardo Ramírez, antes que someterme nuevamente a la dolorosa tortura de soportar el zumbido de los secadores eléctricos y la cantaleta de una manicurista que pretendía pintarme las uñas con un esmalte de señorita.
Voy a convocar, con carácter de urgente, un congreso nacional de quienes amamos entrañablemente a los antiguos y extintos barberos para que procedamos, mediante colecta pública, a recoger el dinero que se necesita para levantar un monumento al peluquero anónimo. Será una estatua modesta, de cemento y yeso, en la que aparece un hombre con una tijera en alto, como si fuera un alabardero, y con el cuello de la camisa abotonado, pero sin corbata, y un atomizador de agua de lavanda en la otra mano.
Siquiera se murió mi compadre Vicente Montes. Se me hiela la sangre y se me conturba el espíritu de sólo pensar la que armaría en esta época si alguien lo llamara "estilista". Resoplaría como una bestia enfurecida, sacaría bravura de sus recuerdos de guerrero imaginario y, enarbolando su barbera reluciente, retaría al agresor, como en sus lecturas del Amadis: "Vive Dios, que sóis bellaco! ¡En guardia!". Y le bajaría limpiamente una oreja...
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Enrique Santos Calderón cuenta las últimas cinco décadas en Colombia a través de su papel en el movimiento estudiantil de los sesenta, su militancia en la izquierda en los setenta, su pluma en ‘Contraescape’, su oficialismo como director de ‘El Tiempo’ y su relación con el hermano-presidente.

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