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Opinión

  • | 2009/09/16 00:00

    Retrato de un caudillo prescindible

    Gran terrateniente, ganó un plebiscito, aumentó el clientelismo, repartió tierras públicas a amigos y mantuvo tensas disputas con los países vecinos. (No es el que están pensando...)

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Juan Manuel de Rosas acaudalado terrateniente y próspero ganadero, representante de la aristocracia rural conservadora es, tal vez, el caudillo más importante y controvertido del siglo XIX en Argentina.

Conocido como “el restaurador”, profundamente religioso y personalista, ansiaba ser aclamado como el imprescindible por la opinión pública para poder gobernar de manera autocrática. Durante su gobierno, entre 1835 y 1852, logró poner de su lado a hacendados, militares, así como al poderoso contrabandista Urquiza. Ejerció el poder con mano dura, despreció la ley, se hizo otorgar facultades extraordinarias, procesó a los periódicos disidentes, persiguió y ejecutó de manera sistemática a sus opositores y a través de la “La Mazorca”, un grupo conformado por energúmenos seguidores suyos, amedrentaba.

Bajo la excusa de defender “la sacra patria del abismo de los males” Rosas fue investido por la legislatura con la “suma del poder público”, concentrando, por “todo el tiempo que el Gobernador considere necesario”, las competencias del parlamento y las Cortes.

Para legitimar su gobierno autocrático convocó a un plebiscito en el que, en medio de un ambiente de terror, hubo 9.713 votos a favor y solo 7 en contra. Dijo entonces Domingo Faustino Sarmiento que, “aunque el trueno no había estallado aún, todos veían la nube negra y torva que venía cubriendo el cielo”. Su delirio lo llevó, en 1842, a autoproclamarse “Tirano ungido por Dios para salvar a la patria”.

El orden invocado no se logró y Argentina vivió durante su gobierno clientelismo, “persuasión”, corrupción, repartición de tierras públicas para sus amigos, así como múltiples insurrecciones, guerras y persecuciones. El caudillo se envalentonó, aumentó su fortuna, removió de todos los cargos públicos a sus opositores y mantuvo tensas disputas con sus vecinos Paraguay, Uruguay y Brasil, exaltando el fervor nacionalista.

A comienzos del siglo XIX las élites de América se encontraron con la posibilidad de decidir su suerte más allá de los caprichos de la corona española. El vacío institucional y la precaria definición del Estado-Nación fueron suplidos, de manera ingrata, por el protagonismo de unos personajes ególatras, provincianos, ambiciosos, violentos y carismáticos: los caudillos.

El líder carismático, para Max Weber, actúa de manera jerárquica, logra que los demás obren según sus deseos, exige obediencia, domina en los períodos durante los cuales prevalecen las emociones masivas de efectos imprevisibles. El líder carismático no invita a la reflexión, promueve el entusiasmo en torno a él, desdeña la institucionalización, busca la permanencia y “llega a ser una figura estable si la guerra deviene una situación crónica”.
El caudillo del siglo diecinueve empuña la espada, domina al caballo brioso, defiende los privilegios regionales y se enzarza en luchas intestinas pues deriva su poder de la hacienda y el control de los recursos locales.
Definido por Alfred Stepan como “la unión de personalismo y violencia para la conquista del poder”, el caudillo no resuelve los conflictos, se impone y como miembro de la élite republicana es, ante todo, afirma el historiador John Lynch, “el garante de la estructura social existente”.
Para conservar el poder el caudillo promueve un “sistema informal de obediencia”, emplea el terror que considere necesario, se presenta como benefactor y distribuidor de patronazgo y opaca las discusiones llevando el debate alrededor del liderazgo personal. Desde los “porfiristas” en México a los “Miguelistas” y los “rosistas”, el caudillo “era partido, bandera, principio, objetivo, todo en su misma persona”.
Aunque se sirvieron de las clases populares y las convocaron con términos como libertad, purificación, “voz del pueblo”, los caudillos no las incorporaron a la vida política. Los marginados, militarizados y aturdidos por sus gritos y vociferaciones, cubiertos por las banderas del valor patriótico y beneficiarios de las migajas que les arrojaba a manera de regalo el caudillo, nada pudieron hacer contra la exacción y la ambición de los cortesanos que medraban en el gobierno.
Los caudillos de América redactaron constituciones a sus anchas que prometieron cumplir y, luego, violaron de manera sistemática, mientras se apoderaron de todas las ramas del poder, pues no les interesaba la democracia, sino mantenerse en la poltrona presidencial. La aparición del voto popular fue acompañada del fraude, el clientelismo y la violencia. Por eso con los años el caudillo se sirve y alienta el clientelismo, él es clientelismo, y para ejecutar el pillaje ya no utiliza la espada se sirve de la ley y de las cortes.

Urquiza, el contrabandista, el oficial de confianza enriquecido bajo su sombra, se alió con los enemigos y derrocó a Rosas en 1852. Rosas, quien siempre se consideró imprescindible, huyó y se exilió en Southhampton (Gran Bretaña) en donde murió en 1877. El día de su muerte el gobierno argentino organizó un responso por las víctimas de la tiranía.
El caudillismo fue un exitoso proyecto para controlar y frenar los reclamos de los sectores populares y beneficiar a las élites. La historia lanza lecciones, lo increíble es que aprendamos tan poco, que recordemos tan poco, que el pasado a veces parezca tan estruendosamente inútil.




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