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Opinión

  • | 1993/05/10 00:00

    ¿REVOLUCION PACIFICA?

    Lo que estamos viviendo es la etapa más desaforadamente violenta de la violenta historia de Colombia.

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DICE EL PRESIDENTE CESAR GAVIRIA que "estamos avanzando en una de las más profundas revoluciones pacíficas que se hayan llevado a cabo en este país".
Bueeeno. No entremos a discutir sobre si lo que esta en marcha en Colombia no es más bien una contrarrevolución, ni sobre si más que avanzar estamos retrocediendo.
Son matices. Pero cualquiera que sea el proceso que vivamos, y el sentido de ese proceso, lo que salta a la vista es que no es pacífico con un promedio de 25 mil asesinados al año, y en una tierra en la que no existe la llamada "esperanza de vida" sino, a lo sumo, la esperanza de muerte natural, hablar de "revolución pacífica" es por lo menos una frivolidad. Revolución o contrarrevolución, avance o retroceso, lo que estamos viviendo es la etapa más desaforadamente violenta de la violenta historia de Colombia.
Y esa violencia desatada está directamente relacionada con las acciones y omisiones del Estado: es decir, con la política de este gobierno (y, naturalmente de los anteriores). Con su política de orden público, en primer lugar: las diversas guerras declaradas al amparo del estado de sitio (perdón:de conmoción interior), contra la subversión o contra el narcotráfico, o, si se prefiere, en respuesta a las guerras desatadas por ellos. Y con su política económica. Ese neoliberalismo que el presidente Gaviria niega, pero que puede reconocerse por sus frutos, de los cuales el más notorio es el agravamiento del descontento social.
A través del cual llegamos a la tercera acción -esta vez omisión- del gobierno: la política social.
Pues aunque el Presidente se queja de las "afirmaciones sin fundamento en el sentido de que este gobierno ha descuidado la política social", la verdad es que tal cosa es absolutamente inexistente: ha sido reemplazada -tal como lo postula ese neoliberalismo que Gaviria dice no practicar- por el libre juego de los intereses económicos. Ser neoliberal consiste precisamente en no tener política social distinta del simple cálculo económico, y el resultado de ese cálculo es algo que sólo puede ser llamado política antisocial: la que profundiza el descontento.
En Colombia, como en todos los países donde se ha dado libre juego a los intereses económicos -es decir, en casi todos: la Rusia de Yeltsin y los Estados Unidos de Bush, la España de Felipe González y el Brasil de Collor de Melo, la Argentina de Menen, la Inglaterra de Major, la Venezuela de Carlos Andrés Pérez-, en la Colombia de Gaviria, y como consecuencia directa del neoliberalismo, los conflictos sociales se han agudizado y profundizado. Y en Colombia esos conflictos no tienen otra salida que la violencia, como resultado esta vez de viejas carencias crónicas del Estado colombiano que este gobierno no ha sabido o no ha podido paliar, y de las cuales la más protuberante es la de la justicia. La violencia privada, que el Estado es incapaz de impedir o de castigar, es la salida natural, por así decirlo, para los conflictos en sectores cada día mas amplios de la sociedad colombiana. Violencia política como la que practican las antiguas guerrillas rurales y las nacientes milicias populares de las ciudades. Violencia económica del crimen organizado en torno al narcotráfico, las esmeraldas o el secuestro. Y violencia común, simplemente delincuencial, desde el raponerismo hasta la piratería terrestre. Esa violencia de supervivencia en la jungla neoliberal que practican los marginados económicos, abandonados a su suerte y que sin embargo no se resignan ha dejarse morir en paz, sin molestar, alimentándose por los ojos de triunfales cifras macroecónomicas. Sobreviven matando, en vez de resignarse. Y pueden hacerlo sin dificultades gracias a la ya señalada inexistencia de la justicia. En la Colombia de hoy, solo la delincuencia y la violencia prosperan.
Tal vez este gobierno -y el Estado colombiano en general- carezca de los medios para impedirlo. Pero el presidente Gaviria prefiere negar la realidad: llamar revolución pacífica a la contrarrevolución violenta, y política social a la ausencia de semejante cosa. En un gobernante eso es grave, porque gobernar no consiste en negar la existencia de los problemas, sino en enfrentarlos para intentar resolverlos; y es imposible resolver problemas cuya existencia se niega.
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