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Opinión

  • | 2006/12/02 00:00

    O el rigor o el desmadre

    En Colombia debemos escoger: O cedemos a la mafia de transporte y a los carros u optamos por el rigor de Europa

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Vivo este año en Berlín gracias a una beca del gobierno alemán, pero en el último mes -por aquello del mundo globalizado- he pasado un momento por Miami, una semana en Colombia y 10 días en México. Tengo, entonces, frescos y recién experimentados, cuatro modelos de desarrollo urbano.

Mi resumen es este: México es el Infierno, por querer imitar a los gringos sin tener los recursos ni el territorio.

Estados Unidos es una pesadilla disfrazada de sueño. Berlín, dentro de lo que cabe en una metrópolis contemporánea, se acerca al Paraíso. Y Bogotá y Medellín se debaten entre buscar el Cielo o imitar el Infierno, con peligrosos signos, en el transporte público, de querer seguir el camino del Infierno.

No será fácil explicarlo en cuatro párrafos, pero lo intento, aclarando que me refiero solamente a un aspecto de la ciudad: el transporte y el movimiento de los ciudadanos. Berlín no ha creído en el mantra infalible de los neoliberales: "La mano invisible del libre mercado lo conduce todo por la senda sana". Qué va. En el transporte público eso es una mentira del tamaño del mar. Me declaro, en casi todas las cosas de la vida, un individualista: creo que cada uno debe poder leer, comer, estudiar, creer, producir y pensar lo que le parezca. Pero en las aglomeraciones urbanas la solución "cada persona un carro y libertad para moverte en él como te dé la gana" es una ilusión egoísta imposible de satisfacer.

Ese es el modelo angloamericano: con inversiones inmensas en autopistas urbanas, intercambios viales y ciudades monstruosamente extensas diseñadas para el automóvil y la casa apartada, con un territorio inmenso que permite desplazar a los suburbios a los ciudadanos (y allá viven, aislados y hartos, en falsos paraísos de sin igual aburrimiento doméstico), tiene el problema del tránsito más o menos bajo control. Pero es un control precario, antiecológico, y con el crecimiento de la población, tiende a volverse cada vez más inestable, y tarde o temprano va a colapsar.

Los latinoamericanos del trópico (desde México hasta La Paz), que para huir de la zona tórrida -más apta, cuando no hay mar, para el ganado cebú que para los humanos-, nos hemos trepado a los valles altos de las montañas, hemos intentado replicar el modelo gringo sin éxito. No tenemos los recursos, ni el espacio. Usar así el territorio en la cordillera es un despropósito ecológico: convierte en desiertos nuestras montañas, pudre las aguas desde su nacimiento, masacra los bosques y contamina las nubes convirtiéndose en un réquiem para el aire.

El valle de México, que hace apenas 100 años era "la región más transparente", hoy es una campana de vientos envenenados por el humo de los carros. El agua que se toman no es potable y debe ser bombeada desde las tierras bajas a cientos de kilómetros de distancia. Y el tránsito urbano es el mejor retrato del infierno y la anticipación de lo que ocurrirá en nuestras ciudades (la locura, el desmadre) si no corregimos el modelo desde ya, no mediante libertad económica y tolerancia, sino con una mano estatal rigurosa e implacable: teutónica. En esto no sirve la libertad sino la tiranía iluminada.

Berlín ha optado por un modelo estatal fuerte. Con mano férrea el Estado ha mantenido el control del territorio y del transporte. No ha seguido el gusto de los ricos de la ciudad (los que pretenden todo para el carro privado, y para el transporte público nada), sino que ha seguido el interés de la mayoría. Tres tipos de metro: subterráneo, de superficie y elevado de alta velocidad. Ferrocarril suburbano. Ciclovías en toda la ciudad con preferencia en los cruces sobre los carros, amplias zonas peatonales no solamente en el centro. Taxis pocos y carísimos por exigencias anticontaminación y alza de tarifas. Y vías urbanas preferenciales (exclusivas de ellos) para buses grandes o megabuses de dos pisos. Ni una buseta, ni un transportador privado. Paradas de bus rígidas y horarios con una precisión de relojería suiza.

Resultado berlinés: una ciudad descontaminada dentro de lo que cabe, parques urbanos y lagos de agua cristalina, un tránsito que fluye sin ruido, sin pitos, sin humo, sin atascos. Y gente que si no fuera por el frío, estaría todo el día de buen genio. En Colombia tenemos que decidir: o cedemos el espacio a la mafia del transporte, a los miles de busetas que lavan dólares con tres pasajeros a bordo, al 10 por ciento de ricos y semirricos que tenemos carro, si nos convertimos en el infierno mexicano o en la pesadilla saxoamericana, o si optamos más bien por el rigor del norte de Europa, con un transporte público estatal y eficiente, estímulo a la bicicleta y a la caminata, con centros cerrados, taxis carísimos, y unos pocos señores en ridículos Mercedes y Ferraris que hacen fila y añoran bajarse para poder llegar rápido en esos buses y trenes que los sobrepasan raudos por la derecha y por la izquierda.
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