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Opinión

  • | 1990/07/23 00:00

    SAMPER EN BARCO

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Cuando pensábamos que el "estilo Barco" escasamente llegaría hasta el 7 de agosto, apenas a tiempo para entregar el gobierno y expirar discretamente en los mares del olvido nacional, el senador Ernesto Samper nos sorprende en un acto tardio de barquismo, con una columna de prensa en la que nos plantea una pesadilla mayor que la de que nos metan un gol con Higuita en la mitad del campo: la de "Barco 2000".

Bajo tan inquietante titulo, Samper nos lanza el siguiente reto literario: "La gente podrá decir que no le gustó el estilo de Barco, que no asistía a los almuerzos campestres, pero nadie dirá que Barco no hizo nada".
El senador tiene razón. Los colombianos no sostenemos que Barco no hizo nada. Lo que alegamos es que lo que hizo, lo hizo mal.

El argumento central de su columna es el siguiente: "El Presidente Barco asumió el liderazgo en la conducción de la guerra: que algunas personas piensen que se ha debido manejar distinto, ese es otro problema".

Querido Ernesto: el liderazgo en las guerras se asume para ganarlas. Pero de las guerras que condujo el presidente Barco durante su gobierno, no veo ninguna en la que pueda decir que ganó.

La guerra contra el narcotráfico la vamos perdiendo, y Samper ha sido uno de los que más insistentemente ha recomendado un rápido cambio de tácticas. Lo único que aparentemente tenemos para mostrar en este campo es la extradición, que no tue autorizada, como equivocadamente lo cree la opinión pública, por el asesinato de Galán. Cuando este infausto hecho ocurrió, el decreto de la extradición ya estaba redactado. Así lo habían impuesto días antes los EE.UU., que amenazaron con rajarnos en el informe anual que imponen las relaciones comerciales norteamericanas con los países donde hay tráfico de drogas. Pero el peor fracaso de Barco es que después de la extradición, las relaciones comerciales con los EE.UU. siguieron tan malas como antes. Los EE.UU. continuaron castigándonos. Y como si eso fuera poco, en el frente interno la extradición exacerbó al enemigo y nos situó en el campo de batalla de una guerra indefinida que no sólo no sabia Barco, cuando la declaró, cómo la iba a ganar, sino que tampoco calculó cómo la iba a librar. El mecanismo de la extradición es lo único que podremos mostrar cuando nos sacan cifras, como los 11.254 muertos que solamente la violencia por narcotráfico, dejó en 1989.

La segunda guerra de Barco, la de la guerrilla, tiene batallas ganadas, pero no las suficientes. En materia de conciliación con los alzados en armas, el gobierno Barco hizo lo mínimo que podía hacer cualquier gobierno: dialogar con los que querian diálogo, aunque casi tampoco, porque el M-19 prácticamente obligó al gobierno a sentarse a conversar mediante el recurso de secuestrar y luego liberar a Alvaro Gómez. Ahora parece factible un entendimiento con el EPL, y eso es esperanzador.

Pero la gracia de un gobierno no es lograr la paz con los que no quieren seguir haciendo la guerra, sino con los que sostienen su negativa al diálogo.
Los verdaderos problemas de la subversión en Colombia, las FARC y el ELN, quedaron colocados más lejos que nunca de la conciliación.

La tercera guerra de Barco, contra la Iglesia, también se perdió. Arrancó el gobierno con la intención de reformar el Concordato desconociendo la jerarquia colombiana y dirigiéndose directamente a Roma. Pero el Vaticano le dijo diplomáticamente que así no, y la reforma del Concordato quedó congelada.

La cuarta guerra de Barco fue contra los conservadores. El famoso esquema gobierno-oposición, con el que quiso asfixiar al partido quitándole el oxigeno de la burocracia en un país donde la falta de carrera administrativa mantiene temblando a los porteros, azotó, pero no aniquiló, al conservatismo. Prueba de el es el 38% que entre social-conservadores y el movimiento de Salvación Nacional pusieron en las últimas elecciones.

La quinta guerra de Barco, contra la pobreza absoluta, sí que es Waterloo.
Los dos índices imbatibles de la inflación y el desempleo asi lo demuestran. En cuanto al primero, los índices acumulados de inflación en estos últimos cuatro años son superiores al 100%.
Fuerte latigazo para el poder adquisitivo de los colombianos.

En cuanto al desempleo, es cierto que éste bajó, pero el mayor volumen se creó en el sector informal, donde el empleo es de baja calidad, no es remunerativo y no es estable.

Y si la construcción de vivienda popular es también una medición contra la pobreza absoluta, la ley de reforma urbana, que se quedó escrita en el papel en cuanto a sus aspectos buenos, logró liquidar la posibilidad de financiar con Upac la vivienda de interés social.

Pero además Barco nos deja viva una última guerra, que no existía cuando él llegó al poder. La que libran internamente las fuerzas militares y los organismos de seguridad del Estado.
En Colombia el Das se odia con el ejército, el ejército con la policía y la policía con los del Das. Tuvimos un ministro de Defensa que no se hablaba con el director de Seguridad. Los tres estamentos se espían permanentemente y los recientes cambios en la cúpula del ejército y la policía se han interpretado como el triunfo de ciertos favoritos del régimen sobre los demás. ¿Qué país donde los principales problemas son de orden público puede funcionar con este agrietamiento de relaciones entre los encargados de reprimirlos?
Ni siquiera el argumento de que Barco ganó la guerra contra la mala imagen de Colombia en el exterior me convence. Fueron nuestros muertos, nuestros magnicidios, nuestros mártires, el pasaporte con el que Virgilio Barco se codeó en los EE.UU. y en Inglaterra con el presidente Bush y la señora Thatcher. ¿No es acaso éste un costo demasiado alto como, para encima de todo, condecorarlo?
No. Barcos que todavía estén flotando en el año 2000, como parece desearlo tan ansiosamente el senador Samper, sólo los de la Flota Mercante Gran colombiana.-
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