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Opinión

  • | 1999/05/31 00:00

    A SANGRE FRIA

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EL ERIC Y EL DYLAN QUE SON NOTICIA EStos días no son precisamente Eric Clapton y n Bob Dylan, los
ídolos musicales de la generación contracultural de los 60. Son Eric Harris y Dylan Klebold, el uno de 18 años
y el otro de 17, y se han convertido en los antihéroes de la juventud norteamericana de los 90.
Porque la pesadilla se volvió a repetir. Armados hasta los dientes con rifles semiautomáticos y bombas
caseras, dos adolescentes, esta vez Eric y Dylan, irrumpieron en la cafetería y la biblioteca de su colegio,
desenfundaron los fusiles de asalto que habían camuflado discretamente entre sus gabardinas, y descargaron
toda la intensidad de su rabia reprimida contra sus inermes compañeros. Al llegar, las autoridades se
encontraron con un espectáculo de espanto: 15 muertos y 23 heridos.
¿Por qué? Es la pregunta que hoy desvela a Estados Unidos. Y tienen motivos para estar preocupados: la de
Eric y Dylan es la sexta masacre perpetrada por menores de edad en los últimos 18 meses. ¿Qué está llevando
a que inocentes niños se vuelvan máquinas programadas para matar?
En medio de las lágrimas, el desconcierto y la rabia, la sociedad norteamericana ha entrado en un tenso
proceso de reflexión y autocrítica en el que han surgido más preguntas que respuestas. Y donde la afanosa
búsqueda por encontrar culpables se ha vuelto inevitable.
Los medios de comunicación han sido uno de los principales blancos. Hace varios años existe una arraigada
cultura de la muerte en el cine y la televisión que tiende a glamorizar y trivializar los actos de violencia. Una
cultura pop de consumo masivo ha convertido a la violencia en uno de los anzuelos de mercadeo más
preciados para cautivar al público (el otro es su hermano gemelo: elsexo).
No es de extrañar entonces que la venganza, la sevicia y el odio sean el plato fuerte de los guionistas de
Hollywood. La película Asesinos por naturaleza de Oliver Stone, por ejemplo, en la que una joven pareja se
divierte acribillando gente en su fugaz paso por el suroeste de Estados Unidos, marcó un hito en la cultura
visual de esta nueva generación de adolescentes.
Es la denominada 'Generación Y' (los nacidos después de 1980), que se ha educado dentro de la cibercultura
de Internet y de los videojuegos y que llegados a la escuela primaria ya han presenciado más de 8.000
asesinatos por televisión. Es la generación de las imágenes, de la aalidad virtual y de la información global,
donde un mundo fascinante pero con toda suerte de peligros y callejones oscuros abre sus puertas al
encender el computador. Uno de esos callejones llevó a Eric y Dylan a fabricar más de 30 bombas en los
garajes de sus casas gracias a las instrucciones que sacaron de internet. Pero de ahí a responsabilizar a
Internet por la violencia juvenil hay un largo trecho. Lo dijo sabiamente un defensor del web: es como culpar el
papel por una poesia mediocre.
La industria del rock también está en la mira. Las angustias, preocupaciones y frustraciones de la 'Generación
Y' se han identificado con una tendencia del rock que utiliza una lírica destructiva, anárquica y amenazante.
Hay una corriente nihilista del rock encarnada por cantantes con pintas de androide como Marilyn Manson que
se venden con mucho éxito como anticristos, y donde miles de jóvenes con depresión o falta de afecto se
sienten estrechamente ligados a este tipo de ídolos negativos.
Pero, hasta dónde lleza la ficción que proyecta los medios y la música y dónde comienza la cruda realidad de
estos asesinos imberbes? ¿Hay acaso una relación de causalidad entre los medios y las recientes masacres?

Es cierto que vivimos en una sociedad mediatizada donde los medios pueden reforzar creencias y hasta influir
en jóvenes emocionalmente inestables. Es cierto que en Internet se puede acceder a información
potencialmente peligrosa; hasta cómo fabricar una bomba. Y también es cierto que corrientes del rock
glarifican la muerte y transmiten mensajes satánicos de manera subliminal. Pero ese es el precio de la
libertad. Y nada de lo anterior mata. Las armas sí lo hacen. Y ahí radica el gran problema que Estados Unidos
no ha querido enfrentar: la venta libre de armas.
Así que antes de mirar la violencia en los medios masivos más vale que los norteamericanos se preocupen por
los 200 millones de armas que están en manos de particulares. Muchas de ellas debajo de la almohada de
familias fragmentadas y al alcance de una juventud cada vez más sensible y deprimida. Y que últimamente ha
exteriorizado sus complejos y frustraciones en un furioso ciclón de violencia y destrucción.
La pregunta es: ¿Habrá moral que se meta con una industria que mueve más de 50 mil millones de dólares al
año?
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