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Luis Carlos Vélez Columna Semana
Luis Carlos Vélez. - Foto: JUAN CARLOS SIERRA PARDO

Se busca capitán

La próxima semana debemos elegir un capitán de un barco difícil de conducir. No un mago, ni mucho menos un mitómano, porque el peligro es que esta nave que tanto esfuerzo nos ha costado levantar también se puede hundir.


Por: Luis Carlos Vélez

Los vientos económicos globales soplan más fuerte que nunca. Es el preludio de una fuerte tormenta que se viene cocinando desde la pandemia y que es el resultado de una política de rescate financiero que, pareciera, terminará costando más que la misma enfermedad.

Al covid nos inventamos los confinamientos y para resolverlos hicimos planes de rescate sin pensar en el engranaje económico.

Seguramente, cuando revisemos cómo reaccionamos a la crisis del covid-19 y la manera en que detuvimos la economía para evitar el contagio, y cómo posteriormente intentamos rescatar el motor productivo luego de apagarlo, encontraremos que todo el proceso, lamentablemente, fue pésimo. Nos autoinfligimos una severa enfermedad que luego intentamos curar envenenándonos. Mejor dicho, todo mal.

Los titulares por estos días auguran tremendo chaparrón. La economía de Estados Unidos ha frenado su crecimiento, los analistas financieros prevén el inicio de una recesión, la inflación está disparada y la Reserva Federal ha aumentado sus tipos para detener la subida de los precios. Pero ahí no para todo, Estados Unidos también está viendo cómo los precios del combustible están en el cielo. No solamente es el resultado de menor producción producto de la invasión rusa a Ucrania y tremendas disrupciones en la cadena de distribución internacional, también es producto de la desatinada estrategia del presidente Joe Biden de ser más consciente en términos ambientales en momentos en que el país no puede cumplir con la demanda energética local.

El tsunami está a punto de llegar a Colombia, pero en esteroides. A todo este escenario que seguramente tendrá a Estados Unidos estornudando y a nosotros con pulmonía, se suman dos elementos que potencialmente harán de la crisis local algo más compleja: la imparable devaluación del peso y la necesidad de una reforma tributaria.

Hago un paréntesis sobre lo segundo. Si Colombia desea mantener la cantidad de programas de asistencia social, el próximo Gobierno tendrá que realizar una reforma tributaria, pero si los quiere aumentar, como se puede suponer de lo que ha anunciado Gustavo Petro, el cobro de impuestos será incluso mayor.

En otras palabras, independientemente de quién gane las próximas elecciones, el panorama está como para buscar escampadero: bajo crecimiento, alta inflación, altas tasas de interés, dólar disparado y muchos impuestos.

Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿qué clase de piloto queremos en esta crisis?, y ¿cómo reaccionará el país ante este escenario? No es difícil visualizar que si las cosas se salen de madre, tal y como muestran los números, la gente saldrá a las calles a exigir soluciones. Vendrán manifestaciones, bloqueos, protestas y, seguramente, violencia. Y ahí será el momento en que todos tendremos el instante de “eureka”, el momento del que nadie habla ahora. El momento en el que nos daremos cuenta de que no hay presidente que tenga una varita mágica para sacarnos de todos los problemas y que la figura presidencial es una muy importante, pero lejos de ser una omnipotente e invencible.

Es por eso que es imperativo que todos entendamos que las crisis económicas vendrán y son simplemente inevitables, que las tragedias ocurren y son repentinas, y que los malos momentos pasan y así es el recorrido corriente de la vida. Que los presidentes no son magos, son capitanes.

Ese cuento de vender un cambio total y absoluto en el que de la noche a la mañana, al otro día de las elecciones, no habrá hambre, no habrá que trabajar, que se vivirá sabroso y que el Estado se ocupará de todo porque vivimos en un mundo injusto manipulado por los ricos y los empresarios, es un cuento chimbo.

La próxima semana debemos elegir un capitán de un barco difícil de conducir. No un mago, ni mucho menos un mitómano, porque el peligro es que esta nave que tanto esfuerzo nos ha costado levantar también se puede hundir. Dios nos bendiga.