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Opinión

  • | 1992/06/08 00:00

    SE CONJUGO EL VERBO

    El ministro se quedó donde estaba, y el Presidente se cambio de bando.

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NO ES COMUN QUE EN COLOMBIA SE conjugue el verbo renunciar. Aquí no se renuncia con frecuencia, aunque muchas veces las cosas que le van pasando al país cobrarían cabezas en regímenes menos "pechugones" que el nuéstro.
Por eso la renuncia del ministro de Comunicaciones sorprendió al país. Porque se produjo a raiz de un desacuerdo entre el ministro y el Presidente y cuando surgen estos, desacuerdos en países como Inglaterra, los ministros renuncian como mecanismo fundamental para el sostenimiento del sistema, y explican públicamente las razones de su determinación.
Sin embargo en este caso concreto uno no entiende cómo se llegó a que en el gobierno de un privatizador por excelencia, como es el presidente Gaviria, se cayera precisamente el ministro privatizador.
Algunos han intentado absolver esta duda asegurando que el incidente de Telecom terminó enfrentando el pragmatismo de Gaviria con la juventud, inexperienciá y audacia del ministro Vargas.
Pero no es cierta esta interpretación. Yo más bien diría que, mientras el Ministro se quedó donde estaba desde el principio, el Presidente se cambió de bando. A nadie se le ocurriría siquiera pensar que el ex ministro de Comunicaciones se embarcó en tamaña aventura de privatizar a Telecom si no tuviera no sólo la aprobación, sino la entusiasta aprobación presidencial.
El ministro Vargas no sólo ofrecía una clara independencia en el manejo del proceso de desmontar el monopolio oficial de Telecom, sino que además echó a andar, a través de su frustrado proyecto, una política oficial que muchos colombianos comparten: la de derrotar el antiguo tabú de que la empresa privada es el coco.
¿Qué falló, entonces, en este intento inicial de desmontar el monopolio estatal de Telecom?. Fallaron dos cosas, que algunos elegantemente resumen como el "timing": esto es, la oportunidad y la forma como se libró la batalla. Está claro que cuando el presidente Gaviria tomó la decisión de correrse en momentos en que la suma de los otros sindicatos a la protesta llegó a amenazar con ocurrir, no tenía otra opción. Gaviria, hay que admitirlo, no podía hacer nada distinto, a pesar de que, como precedente, el jaque sindical frente al cual nos vimos abocados a ceder ni siquiera ha comenzado a mostrar las nefastas consecuencias que traerá para el país.
Sin embargo nuestra capacidad de resistencia frente al paro de Telecom habría sido mayor si no hubiera coincidido con el racionamiento energético, que de por sí ya tenía a los colombianos con los ánimos caldeados.
Pero además, también falló el hecho de que Telecom sea una empresa popular. La gente tiene la sensación de que funciona y le deja plata al país. Caso muy distinto al que encontró Andrés Pastrana con la Edis en su proyecto de privatizar las basuras, que la gente recibió automáticamente con desbordado entusiasmo porque nadie pensaba que en Colombia se recogieran eficientemente las basuras o que la Edis fuera una empresa rentable para el país. Quebrada y desprestigiada, la privatización de Telecom habría sido tan fácil como la de Edis. Rica y poderosa, como lo es en la actualidad, produjo en la gente el simplismo de concluir que se le iba a entregar a los gringos lo único que en Colombia marcha bien y deja plata.
Esta equivocada percepción popular, que se hizo patente en la encuesta publicada por esta revista sobre el grado de rechazo de los colombianos a la privatización de Telecom, tapó la realidad de las cosas. Si Telecom no hubiera sido un monopolio estatal, el país no se habría quedado una semana incomunicado. Y lo que es más grave, el que hoy es un eficiente monopolio está en camino de convertirse en algunos años en un cáncer parecido a Ferrocarriles o Puertos de Colombia. La solución no es venderle Telecom a los gringos, sino a la empresa privada, que tendrá que competir para of recerle a los colombianos un servicio mejor y más barato. Pero por lo pronto, la corriente de la privatización de Telecom, en el gobierno de ese privatizador por excelencia que es Gaviria, ha quedado derrotada.
Esto último es, precisamente, lo que explica que el ministro Mauricio Vargas, con razón, hubiera conjugado el verbo.
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