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Opinión

  • | 1998/10/05 00:00

    SE DESARTICULA EL PAIS

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Siempre me parecieron exageradas e inútiles expresiones tales como "el país está al borde del abismo", "el país se acabó" y cosas de ese estilo. Porque, me decía, un país no puede acabarse, por mal que esté. Su territorio sigue allí, sin disputa; su gente, que constituye la Nación, permanece en su sitio; la religión y la índole nacional no se transforman de un día para otro y los intereses comerciales y de negocios que tienensu propia dinámica, siguen agitándose dentro de lo posible. La vida nacional es una fuerza incontenible, como los elementos naturales. Hoy comienzo a pensar que, sin acabarse físicamente, un país sí puede desmembrarse y desarticularse, desintegrándose. La propuesta de la guerrilla de independizar aún más los distintos segmentos territoriales, inclusive con fuerza pública propia, aunque no sea viable como negociación de paz, sí hace pensar cuál puede ser el futuro de esta patria, revuelta por la guerra, por torrentes de sangre incontenibles y por crímenes atroces. El desprendimiento de sus territorios, más aún dándoles nombre de departamento a zonas en minoría de edad política, lo vino propiciando Colombia entre los años 85 y 91, con la elección popular de alcaldes, primero, y la de gobernadores después. Con situados presupuestales y autonomías descentralistas. Fueron éstas, sucesivas exigencias de la modernidad y de una democracia cada vez más afinada. Porque siempre hemos estado al último grito de la democracia, sin salir del primero de la barbarie. Se fue perdiendo con tan civilizado régimen el vínculo de dependencia que se tenía con el poder central, quedando sólo un teórico respeto a la orientación del presidente en materia de orden público. Los alcaldes, desamparados en rústicos poblados, con escasa policía _cuando la tienen_ sufren las consecuencias de esta desmembración política y han caído en poder de las fuerzas rebeldes, siendo sometidos o reconvenidos y en todo caso condicionados en su ejercicio o asesinados, si les resultan desobedientes. Ahora anuncia el presidente Andrés Pastrana que el despeje de los cinco municipios, que se ha ofrecido, va a hacerse sin retirar a las autoridades locales. Entiendo, entonces, que el alcalde y cuatro policías, pálidos del susto, quedarán a merced de los ocupantes. Aquí es preciso convenir que, en tanto Ejército y Policía hayan despejado la zona, la presencia guerrillera que la ocupe debe ser equivalente a la fuerza que reste en el poblado, en torno del alcalde y de los negociadores de paz. No puede haber ventajas para nadie. Y si la presencia de la guerrilla es masiva, pues habría que apelar a veedores o a fuerzas internacionales neutrales que garanticen el equilibrio inestable de esa situación y aseguren el regreso de las autoridades, una vez concluidas las negociaciones. Se me dirá que así los alcaldes fueran nombrados, como antes, por modo jerárquico, igualmente serían hostilizados y sometidos por los insurgentes en poblaciones lejanas. Pero ha sido su condición de alcaldes populares y su inamovilidad las que los han alejado del interés del Ejecutivo central y a éste, esos mismos factores lo han entorpecido para estarlos sustituyendo, al quite de las amenazas. Su origen democrático directo les ha otorgado a los alcaldes un relieve político tan grande como es grande su indefensión en los pequeños poblados. Son piezas demasiado importantes, que están al alcance fácil de quienes han ido desarticulando al país. Han sido, pues, las sucesivas reformas las responsables del actual estado de cosas: alcaldes amenazados o secuestrados o cruelmente asesinados. Esos cambios constitucionales han preparado el terreno para propuestas, ya desenfadadas, que entrañan exigencias territoriales, según haya sido la presencia guerrillera en determinadas zonas. De la autonomía regional se pasaría a la desmembración por conquista de guerra. O a un Estado convertido en una confederación llena de fronterillas interdepartamentales, amenazantes entre sí. El país sí se puede acabar, desarticulándose. Gran cometido habrá cumplido el gobierno de Andrés Pastrana si logra integrar, con armisticios, los territorios de relativo dominio insurgente y si consigue convocar a una sola patria de origen a todos los combatientes. Colombia se habrá reconstituido, una vez más, en forma de república unitaria.
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