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Opinión

  • | 1989/05/22 00:00

    SE MURIO CANAVAL

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San Bernardo del Viento es una franja de tierra, larga,
ancha, como las lenguas de ciertas señoras viperinas, con e río Sinú en un extremo y el mar Caribe en el otro.
A la salida del pueblo hay un camino real que conduce al mar. El viajero se desplaza por una ruta polvorienta, con la arena hasta los tobillos, en medio de pequeñas parcelas agrícolas, cuyos campesinos antes iban al mercado en burro, pero ahora montan en bicicleta.
Han pasado muchisimos años,pero en este momento puedo reconstruir los últimos tramos del camino real como si los estuviera viendo. Al frente de la Placita de los Perros está la casa de material del doctor Lepesqueur. Al otro lado vive Lola Guerra. En la esquina, haciendo escuadra con el callejón del señor Puche, el Niño Martinez tenía una tienda de abarrotes.
Y una cuadra más adelante estaba la escuela del profesor Canaval. Era un rancho de paja y paredes emplastadas con boñiga de vaca. Más bien parecía una casita de pesebre, y nadie comprendía cómo era que no se la había llevado, volando por el aire, una de esas brisas tempestuosas de diciembre. Allí aprendimos a leer los muchachos de aquellos tiempos, a los que Canaval les enseñaba las primeras letras, pero también los amansaba, como a los potros cerreros, con una tabla de guayacán, que él llamaba Mateo Moreno, que saca lo malo y mete lo bueno.
Realmente el rancho no era de Canaval, sino de Tanita, una tía suya que a duras penas levantaba un metro del suelo. Era menuda y con una voz dulce y delgada. El colegio, que ni siquiera tenía piso de cemento, se llamaba orgullosamente "Instituto Libre de San Bernardo del Viento".
En los primeros años los alumnos de Canaval padecían una extraña epidemia de gripa. Regresaban a casa, con la maleta de los libros colgada del hombro, estornudando y con síntomas evidentes de fiebre. Algún padre de familia, acucioso, terminó descubriendo la causa de aquella calamidad: era la tierra que se levantaba con el viento en el único salón de clases que había en la escuela.
Se pensó en varias soluciones, la primera de ellas, obviamente pavimentar el recinto para humillar la polvareda. Fue entonces cuando Canaval hizo sus cuentas, con sus números grandes de miope, y comprobó que necesitaba dictar clases durante 38 años continuos, incluyendo sábados y domingos, para poderse comprar la primera bolsa de cemento que se requería para la obra.
-Ustedes saben - dijo a los padres el maestro inolvidable- que aquí no enseñamos por plata. Ni falta que me hace.
Tanita, laboriosa como una hormiga, descubrió el remedio salomónico. A partir de entonces, todas las mañanas, antes de la llegada de los alumnos, los vecinos la veían con una regadera de mano, echando agua al piso para aquietar el tierrero. La fórmula fue tan efectiva que, con el paso del tiempo, el piso reseco se puso como una pizarra. Nunca más hubo gripa.
A las cinco de la tarde, cuando terminaba su jornada educativa Canaval se quitaba los zapatos, se ponía las abarcas y se iba al monte, a una orilla del camino real a limpiar malezas y rastrear sus matas de arroz, que le daban para comer. No tenía mujer ni hijos. Era un hombre alto, flaco, encorvado y tartamudo.
Fue él quien nos descubrió el mundo, la magia de las letras, los prodigios de la geografía, las maravillas de las plantas, el milagro de los animales. Y la tragedia de la aritmética. Tenía un sistema infalible para enseñar la tabla de multiplicar: preguntaba a un estudiante cuánto es dos por dos. No sabía. El otro tampoco. El que supiera les daba a los desaplicados tantos palmetazos como fuera la respuesta correcta. Mateo Moreno bramaba en el aire.
Hasta que una vez me preguntó a mi cuánto es nueve por nueve. Cuando oí a un compañero dar la contestación adecuada, y supe cuántos palmetazos eran nueve por nueve, no tuve mas alternativa que lanzar por la ventana mis libros y salir corriendo, despavorido. Estuve perdido como una semana. Me buscaron por las barrancas del río y en la embocada del mar. Nadie me encontró.
Una tarde, cansado de perder su tiempo con nosotros, el profesor Canaval nos dijo: "Muy bien. Ya que lo único que les gusta es esos cuentos cómicos y las aventuras del Pato Donald, de ahora en adelante estudiaremos en ellos". Desde ese día aprendimos lectura, puntuación y gramática en las tiras cómicas. Jamás he sabido de un curso que aprendiera a leer con tanta velocidad.
Canaval era un genio, qué duda cabe.
Se llamaba Manuel Joaquín Pautt, pero todo el pueblo, con respeto y devoción, lo llamba "Canaval". Nadie supo nunca de dónde venía aquel apodo. Creo que ni él mismo.
Ahora me llega, lacónico y terrible, un telegrama de San Bernardo del Viento: "Murió profesor Canaval". Es todo lo que dice. Pero yo sé perfectamente que junto con él han muerto muchas cosas. El pueblo no volverá a ser el mismo sin el profesor Canaval y su escuela de bahareque. Nosotros tampoco...
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