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Opinión

  • | 1988/09/12 00:00

    Se murió Ron Damón

    Con la muerte de Don Ramón el Chavo pierde al más solidario de sus vecinos

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Con su cara de figura azteca precolombina, que parece tallada en piedra con un estilete, Don Ramón no volverá a pisotear más su sombrerito de lona con aleros, hecho especialmente para albañiles sin trabajo, como él. Ni Doña Florinda, una arribista pobre con ínfulas de nobleza tendrá en esta vida una nueva oportunidad para abofetearlo, con tanta fuerza que le hace dar una vuelta en redondo.
Sin embargo, y para ser sinceros, quien me preocupa es Doña Clotilde, la bruja del 71, que utilizaba sus amorios platónicos para compartir con Don Ramón la triste acechanza de la soledad, que se le clava a la gente como si el corazón fuera un acerico.
Me parece que Doña Clotilde se va a morir de melancolía cargando su quejumbrosa condición de viuda espiritual, que es la peor forma de la viudez, porque conoció el paraíso, pero nunca pudo entrar a él. Es apenas obvio que el señor Barriga no tendrá ahora una víctima a quién cobrarle la renta, en su rotundo carácter de burgués en ascenso.
Con la muerte de Don Ramón --"Ron Damón", como lo llamaba él, que jamás aprendió a hablar bien-- el Chavo pierde al más solidario de sus vecinos. En este mundo no hay nada más unido que un par de indigentes. La pobreza sensibiliza a la gente y la convierte en eslabones de unamisma cadena. Marx invitaba a unirse a los proletarios de todos los países, pero es el alma, y no las teorías filosóficas, lo que provoca esa unión. Vean ustedes, si hace falta un ejemplo, lo que pasa en el elenco de Don Chinche:
mecánicos paupérrimos que se ayudan mutuamente, tenderos que le fían solamente a los que son más pobres que ellos, salones de belleza en los que se acicalan mujeres más feas que las dos propietarias. Son los desterrados del mundo que saben muy bien que tienen que colaborarse entre ellos mismos. Forman una especie de secta. Son una cofradií. La masonería de los desposeidos. Los filósofos costeños lo dicen de una manera macíza: los burros del mismo pelo, cuando se ven, se juntan.
Soy, y he sido siempre, un televidente inmancable de las aventuras del Chavo y su inquilinato. Detesto a Doña Florinda, con la cabeza llena de enruladores, porque no tiene sentido de clase ni conciencia de su condición social. El señor Barriga, en cambio, y en eso se incluye a quien esto escribe, es una demostración categórica de que en la vida no hay gordo malo ni flaco bueno. No en balde los pintores mitologistas representan a la bondad rotunda de carnes, rozagante y sonriente; la perversidad, en cambio, es siempre magra, ganchuda y torva.
En fin: se murió Valdés, el actor que encarnaba a Don Ramón. Leyendo las necrologías que en homenaje suyo se han publicado en estos días, he vuelto a sentir, como un latigazo, la ráfaga fría del viento de la nostalgia. Han pasado tantos años pero lo recuerdo como si fuera hoy, porque, como decía el dictador supremo de la prodigiosa novela de Roa Bastos, a un hombre de buena memoria no hay que recordarle nada porque nunca olvida nada.
El señor Hildo Luna, sobre las ruinas humeantes que le dejó el incendio de marzo en San Bernardo del Viento, reconstruyó su teatro Riomar con unos escaños de madera y un telón de lona que, en lo mejor de la película, comenzaba a émbombarse y agitarse, como una vela de balandro, con la brisa que venía del río. Había función todas las noches, a menos que se hubiera muerto alguien en el puebio, ya que entonces se suspendía el cine porque era necesario prestar las bancas para el velorio. Y, por maravilloso que sea el cine, no vale más que un muerto.
De esas épocas felices viene un puñado de comicos mexicanos que forman parte dorada de la infancia y la juventud. Como Tintán, que tenía la boca más grande que he visto en mi vida, una especie de buzón humano, y que era, precisamente, hermano de Don Ramón. También andaban por ahí, en la pantalla de lona desflecada, el carnal Marcelo, la flaca Vitola, Clavillazo, Resortes, Mantequilla, Borolas, Viruta y Capulina. Había un par de viejos que me gustaban mucho: Oscar Pulido, que tenía unos rasgos orientales que le servían, naturalmente, para personificar siempre a cocineros y lavanderos chinos. El otro era Joaquín Pardavé, que usaba siempre las botamangas de los pantalones metidas entre las medias y unos imponentes bigotes de húsar. El mayor de todos, por supuesto, y el único que adquirió una estatura universal era Cantinflas, el estupendo cómico de los primeros tiempos, el de las películas sencillotas del peladito de barrio, antes de que le entrara la ventolera de meterle política ramplona al asunto.
Mucho tiempo después, en la biblioteca del colegio, que daba contra las murallas de Cartagena leí las teorías de Bergson y la risa. Aprendí entonces que el humor era otra cosa. Hoy, qué vaina, no estoy muy seguro. A lo mejor la verdad no esta en Rabelais sino en Don Ramón. Ni en Chaplin, sino en Pardavé. Tengo mis dudas. Por la sencilla razón de que no concibo a la Chilindrina huérfana...--
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