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Opinión

  • | 1995/03/27 00:00

    SE "TRAQUETIZO" BOGOTA

    Hasta ahora Bogotá se creía vacunada contra los "traquetos", pero por lo visto se está llenando de ellos.

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LA EXPRESION 'TRAQUETO' SUENA horrible, aunque no tengo la menor idea de lo que pueda significar. Insinúa el tracatá, sonido que asocio con el tableteo de las ametralladoras que han hecho célebres a los sicarios colombianos, y todo lo que tenga que ver con eso apesta.
La palabreja se acuñó en Cali, a raíz de la proliferación de muchachitos enriquecidos con el dinero del narcotráfico, y ha servido para designar a los mandos medios del negocio, rápida y recientemente enriquecidos, a los pequeños capos independientes y a los matones a sueldo uniformados de motociclistas.
Pero a pesar de que la palabra es caleña, el fenómeno no lo es. Identifica por igual a los guajiros de Ranger que florecieron en las épocas de la marimba, a las mulas y sicarios que generó el negocio y la violencia del cartel de Medellín, y más tarde identificó a esa especie de clase social espúrea que emergió en el Valle del Cauca en los últimos años.
En Bogotá, en cambio, no sólo no se había registrado la existencia de ese fenómeno sino que desde estas alturas siempre se vio aquel tema como algo propio de otras latitudes, como una enfermedad de provincia. Como los mosquitos. Sin embargo un par de episodios recientes han calentado el ambiente del páramo con una claridad electrizante.
Dos crímenes, ambos ocurridos en los sitios de parranda de la gente bien de Bogotá -el uno en Chía y el otro en plena zona rosa de la capital-, demuestran que el traqueto es un fenómeno nacional y que no hay área geográfica ni clase social vacunadas contra los males generales de la sociedad.
Se trata de dos homicidio cometidos en forma similar por jóvenes adinerados y armados, con apariencia de traquetos, ambos clientes habituales de los lugares del crimen, y cuyas víctimas fueron muchachos de la clase alta residentes en la ciudad.
Como suele pasar en la capital, poca gente reconoce la existencia de los fenómenos hasta que llegan a Bogotá. Se necesitó que apareciera el M-19 e hiciera su periplo desde la muerte de José Raquel Mercado hasta el sangriento episodio del Palacio de Justicia para que Bogotá reconociera la existencia de la guerrilla. La subversión campeaba en casi todas las regiones del país desde principios de siglo, pero la lejanía de la Sabana lo hacía parecer como un asunto ajeno, casi irreal. Sólo así se explica que el mayor esfuerzo de paz en aquella época de centrara en el M-19, que era el más sonoro pero el menos fuerte de los grupos guerrilleros.
Con el narcotráfico ha pasado algo similar. Desde aquí se han descubierto y analizado los fenómenos de Cali y Medellín, pero ambos han sido vistos por los bogotanos como los brotes de una enfermedad lejana y de imposible contagio en estas alturas. Los capitalinos nos hemos acercado al tema del narco y su violencia con una certeza de la inmunidad digna de un misionero europeo en un leprosario en Africa.
Pero resulta que no era más que una ilusión. El ambiente de la rumba nocturna de Bogotá y sus casos de sangre son la muestra de que el cáncer viene pierna arriba desde hace mucho tiempo, y que es una ingenuidad pensar que los traquetos son unos personajes ajenos, algunos de los cuales aparecen en esta ciudad porque están de paso.
Bogotá está llena de traquetos, y lo está porque el narcotráfico y su ámbito social no tienen región vedada. Lo extraño es que todo el proceso que tiene que ver con ese negocio no haya germinado primero en la capital, sino en otros invernaderos urbanos.
Lo cierto es que aquí está, y que no se está presentando como una manifestación de sicariato (contratar a un pistolero para matar a alguien) sino como la costumbre de matar personalmente a cualquier persona por la razón más insignificante. Y esa mentalidad asesina es intrínseca al narcotráfico, aunque algunos narcos sagaces quieran aparecer como mansos con el argumento de que no ponen bombas.-
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