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Opinión

  • | 1986/02/24 00:00

    SEÑORA MUERTE

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La calle 26, en pleno corazón de Bogotá, se ha convertido en el reino bullicioso de la muerte. A ambos lados de la vía se extiende, plano y blanco, el Cementerio Central. Cruces altas, tumbas pequeñas, mausoleos majestuosos, flores mustias, angelitos de yeso que tocan una trompeta, vírgenes de cemento averaguadas por la intemperie.
Yo siempre he creido que el cementerio es una institución marxista porque es el único lugar de este mundo donde todos los hombres son iguales. He visto la osamente de un ex presidente de la República colindando con unas calaveras anónimas. Es el vecindario de la democracia. Es, en fin, la democracia ósea.
El aire de ese pedazo de calle limitado por varios edificios y unos puentes, está siempre sucio de polvo de mármoles pulidos.
Tiene el mismo color del polvo frio de los huesos de cadáveres, amarillento, como cera de veladora.
En torno del cementerio gira la rueda frenética de los comerciantes. Es el mercado de la muerte.
El bazar de los dolores.
Muchachas que venden flores, ancianas que ofrecen agua bendita por botellas, vendedores de cigarrillos rubios, pregoneros de aguacates verdes y manzanas maduras, señoras con un rostro de autentica contrición que se alquilan para llorar por horas a los muertos ajenos. Las plañideras de Bogotá tienen sus tarifas: cien pesos si es a grito pelado, ochenta si se trata sólo de unos cuántos sollosos, cincuenta por derramar media docena de lágrimas en silencio.
Los veo a todos, desde el asiento del taxi, y me quedo pensando en la futilidad de la vida humana. De repente un hombre golpea con los nudillos la ventanilla cerrada del automóvil. Estamos esperando que el semáforo cambie de color. El hombre, con la verborrea de un vendedor de remedios, nos informa que le cavamos su fosa en diez minutos, señor, y como somos profesionales volvemos a poner la tierra en su sitio exacto, sin dejar sucios, sin manchar la lápida.
No sé si reírme o llorar. Llorar porque, así como supongo que sólo le ofrecen tabaco al que tiene cara de fumador, también me imagino que se le brindan los servicios del sepulturero al que está cogiendo aspecto de muerto, al que tiene, como dicen los costeños con una serenidad que asombra, "el golero del diluvio parado en el hombro".
Tener ese coraje para acostumbrarse a la idea de la muerte, para convivir con ella, para hablar de ella, para familiarizarse con ella, es algo que aborrezco y que en consecuencia envidio en otros seres humanos. ¿Cómo pueden almorzar placidamente, por ejemplo, los vendedores y pregoneros de este sanandresito de cadáveres que es la calle 26? A mi me espanta el olor triste de un lirio de cementerio. Estos hombres, en cambio, parecen disfrutar con ello.
-Recuerdo ahora un caso realmente extraño que ocurrió hace varios años en San Bernardo del Viento. Don Andrés Morillo, el único carpintero del pueblo, se fue a vivir a Cartagena. Abandono formón y garlopa. Entonces la muerte sorprendía a los deudos de la víctima sin tener a mano un ataúd. Ni quien lo frabricara. Tenían que hacer viajes de correndilla a Lorica o Monteria a comprar uno. De regreso se armaban unas peloteras biblicas con los choferes de bus, que se negaban a cargar cajones de mala muerte en sus vehículos.
Fue entonces cuando una familia precavida, viendo que la vejez y los achaques tenian a la abuela Espíritu casi al otro lado, decidió sabiamente traer con tiempo el catafalco, no fuera que la hora de la verdad los cogiera desprevenidos.
Pero la vida es más graciosa que la muerte y tiene, además, un mejor sentido de la poesía. Metieron el cajón debajo de la cama, tratando de evitarle disgustos a la abuela Espíritu, pero la anciana de todas maneras lo descubrió. Se acostumbró tanto a él que muchas veces sus nietos la encontraban acomodada dentro de aquella insólita piyama de palo, tejiendo o haciendo la siesta.
La señora llegó incluso, a almorzar sentada en el ataúd, y allí mismo rezaba el rosario.
El día en que realmente se murió la abuela Espíritu, muchísimos años después, la caja negra estaba tan desbaratada por el uso y tan manchada de desperdicios de comida y salpicaduras de sopa, que de todos modos sus parientes tuvieron que hacer un viajecito a las volandas para comprarle una nueva.
Muy lejos de tener la impavidez de la abuela Espíritu, que convirtió un ataúd en un juguete de madera yo le guardo pavor a esas confiancitas con la muerte. El otro día, no más, entró a mi oficina un hombre pálido, vestido de negro, con chaleco y sombrero.
Se sentó frente a mí con un maletín en la mano.
--Vengo--dijo con su voz de fosa--a ofrecerle por el sistema de plazos un lote en Jardínes del Recuerdo...
Se me heló la sangre. Antes que acabara de abrir su cartera le señalé la puerta con el dedo tembloroso.
--¡Largo de aquí!--le grité--. ¡Fuera, pájaro de mal aguero!
El hombre dio un salto y fue a caer al pasillo con su apariencia de cuervo hambriento. Huyó del lugar. Después, serenamente, pensé que, al fin y al cabo, un cementerio es el único sitio donde los comerciantes de finca raíz le pueden ofrecer a sus clientes una verdadera propiedad horizontal... --
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