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Opinión

  • | 2014/01/11 00:00

    Ser millonario en Colombia

    Mientras John D. Rockefeller, en 1937, había entregado 6.200 millones en ayudas benéficas, en Colombia los más ricos llevaban cartones de huevos a los ancianatos.

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Si Mark Zuckerberg –el dueño de la red social de Facebook– fuera colombiano, tal vez nunca se habría convertido en el mayor filántropo del 2013 y jamás habría donado 990 millones de dólares en acciones de su empresa a tres organizaciones benéficas, como en efecto hizo siendo norteamericano.

Zuckerberg, a la colombiana, habría contratado al mejor abogado tributario y sacaría cálculos exactos para lograr la exención deseada con su donación sin dar un solo peso de más.

Estaría diciendo que su última adquisición de una compañía de aplicaciones móviles de India no fue en realidad una venta sino una “fusión” (para ahorrarse ciertos impuestos) y, de remate, nos vendría con el cuento de que su cuota de responsabilidad social corporativa consiste en el invaluable aporte de conectar millones de seres humanos mediante la poderosa herramienta de comunicación que se inventó.

Si Zuckerberg fuera colombiano, en cada entrevista que le hiciera SEMANA o El Tiempo –cuando le diera la gana concederlas– se la pasaría sacándonos en cara los miles de trabajos que genera su compañía anualmente y, aunque no lo dijera públicamente, por dentro pensaría que todos sus compatriotas somos unos infelices desagradecidos por andar pidiéndole lo elemental: que respete las normas porque, al fin y al cabo, la ley se hizo para todos.

Y es que mientras Andrew Carnegie había donado en 1919 más de 3.000 millones de dólares y John D. Rockefeller, en 1937, había entregado 6.200 millones para instituciones como la Universidad de Chicago, en Colombia los más ricos llevaban cartones de huevos a los ancianatos.

De acuerdo con algunos estudios analizados por el economista colombiano Iván Duque, en América Latina apenas el 33 % de los que tienen fortunas superiores a un millón de dólares considera donar recursos a causas sociales, mientras en Asia, Europa y Estados Unidos esa misma cifra llega al 55 por ciento.

No existe una cultura filantrópica desarrollada entre los nuestros. No tenemos ni Bill Gates, ni Warren Buffettes ni tampoco Zuckerbergs. No hay un antecedente de donación que realmente haya impactado en nuestro país y que las nuevas generaciones de ricos puedan tener como referente inspirador.

Frecuentemente confundimos la responsabilidad social corporativa con el cumplimiento de los deberes mínimos empresariales y creemos que generar cambios en las comunidades afectadas con la explotación económica es un acto de caridad cuando se tendría que entender como una compensación elemental y obligatoria.

A nuestros ricos les encanta cortar la cinta en las inauguraciones de sus ‘obras benéficas’, pero ¿cuántos de ellos se involucran permanentemente en las fundaciones que llevan sus apellidos?

Ser millonario en Colombia debería ser mucho más que acumular acciones, comprar baldíos o evadir los debates de responsabilidad social y ambiental con el argumento de que sus compañías generan muchos puestos de trabajo.

Tal vez en una próxima reunión de padres e hijos ricachones en Cartagena de Indias, los magnates latinoamericanos se dediquen a mirar al norte para darse cuenta de que existe un nuevo desafío para ellos: pasar de la pura y simple caridad a la filantropía moderna, dignificante y justa. Nunca es tarde para cambiar.

Twitter: @JoseMAcevedo
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