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Opinión

  • | 2019/12/26 07:54

    Servir en vez de competir

    Fui educada por unas monjas que tenían como lema “servir en vez de competir”. Aunque aprecié mucho la calidad de la educación que recibí, siempre resentí lo que percibía como una imposición a ser igual a los demás, no destacarse ni esforzarse.

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La semana pasada, sin embargo, comprendí cómo sería posible atenerse a esta filosofía sin renunciar al mérito personal o el esfuerzo. Iba en el metro de una ciudad enorme. Ya estaba advertida que uno debía guardar silencio, no empujar ni tocar a nadie, no comer, no hablar en el celular, básicamente ir quieto y en completo silencio. Me preguntaba qué pasaría si uno transgredía alguna de estas reglas, pero honestamente no tenía el más mínimo deseo de arriesgarme. ¿Qué tal si le gritaban a uno? O , peor, ¿qué tal terminar en un cuarto de interrogaciones o en una estación de policía? Y entonces de pronto veo un líquido café correr por el suelo impecable del metro. Me paralicé: “ahora si voy a ver qué es lo que pasa”, pensé. La gente empezó a correrse para no ensuciarse los zapatos. Todo el mundo muy discreto como no queriendo hacer evidente que algo muy grave había pasado. Entonces una joven de unos veinticinco años, que iba sentada unas bancas lejos de mi, sacó de su bolso unos pañuelos y empezó a limpiar el piso mientras se disculpaba profusamente con todos los presentes. Una señora que iba a su lado vio lo afanada que estaba y entonces decidió sacar también de su bolso unos pañitos húmedos y limpiar el piso. El líquido café seguía saliendo de alguna parte y las dos mujeres seguían limpiando sin que nadie las regañara o insultara. Nunca llegó un policía o guardia de seguridad a decir nada. Finalmente la segunda mujer me dijo “Es que ella va con su niño. Todo es más difícil con los niños”. Yo no había visto al niño porque iba sentado. Ahora entendí que la regla aparentemente no necesitaba castigos ni amenazas. El sentimiento de afectar al otro en su bienestar y comodidad por ser incapaz uno de controlarse y portarse adecuadamente, era suficiente para verse impulsado a pedir excusas y corregir lo que fuera necesario. Y esto podía hacerse entendiendo las circunstancias del otro y ayudándole en lugar de reprocharle por no saber. 

Esta interpretación de la vida en comunidad como exigiendo pensar en los otros antes que en la comodidad personal me pareció una excelente interpretación del lema de las monjas. Aquí no se trataba de no ser excelente. Los estándares de limpieza y educación que vi en esta ciudad no los había visto en otra parte. El punto era no sacrificar el bienestar de los demás y lograr que todo funcionara armoniosamente. “Pero tengo mucha sed mamá, ¿por qué no voy a poder tomarme esto ya?” Me decían mis hijas. “Pues porque puedes regar lo que estás tomando y a los demás se les ensucian sus zapatos”. “Pero tengo sed! Y seguro que no voy a regar. Te prometo!”. Y pocos minutos después regaban su jugo en el almacén, obligándonos a salir pidiendo disculpas de todas las maneras posibles. Esto es exactamente lo que pasa cuando no se piensa suficiente en los demás. Cometemos errores que por pequeños que sean importan. 

Esta postura muestra una consideración por los otros que ciertamente va más allá de cumplir las reglas. En sociedades en las que lo único que importa es cumplir las reglas, lo que pasa es que se reprocha fuertemente a quien no las conoce por no conocerlas y a quien las incumple por hacerlo. Nadie está interesado en apoyar al otro para que pueda cumplir ni tampoco en entender qué necesita el otro para poder cumplir. No existe la percepción cultural de que puede haber razones para no seguir la regla que son distintas a la mala fe o a la pereza. Recuerdo haber escuchado varias veces cómo la profesora de francés de mis hijas, después de darles mal las instrucciones sobre cómo hacer su tarea, no sólo se abstenía de explicarles cómo hacerla cuando ellas preguntaban sino que les decía “yo no soy su mamá”; como si las mamás nos dedicáramos a enseñar francés o algo así. La señora carecía completamente de la habilidad de ver que lo que para ella era clarísimo no lo era para la niña de 10 años que era su alumna. 

Nosotros parece que la mayoría del tiempo todavía estamos dos pasos más atrás: sin claridad sobre cuál es la regla y cada uno pensando que la única regla que cuenta es la que él se imagina. Pensando la mayoría del tiempo que lo que importa es que cada uno se sienta bien y que los demás se acomoden o ajusten a esa necesidad individual inaplazable. Recuerdo alguna vez haber sugerido a alguien en un centro comercial que recogiera su bandeja de la mesa para que alguien más la pudiera usar. La respuesta de la persona fue: “A mí nadie me educó para sirvienta. Me imagino que a usted sí.” La intención de la persona seguramente era ofenderme comparándome con las personas que se dedican a aseos generales. Honestamente lo que me ofendió fue que creyera que había algo degradante en servir a los otros y que ella se rehusara a hacer su parte del trabajo común de supervivencia. Creo que sería más fácil la convivencia diaria si todos estuviéramos dispuestos a hacer esos trabajos y a ayudar a los demás a hacerlo. Hacerse cargo de uno mismo y de las posibilidades que tiene de ensuciar y molestar, definitivamente es parte del respeto a los otros que está en la base de las sociedades democráticas.

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