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JORGE HUMBERTO BOTERO
JORGE HUMBERTO BOTERO. PRESIDENTE DE FASECOLDA BOGOTA, OCTUBRE DE 2017 FOTO GUILLERMO TORRES - REVISTA DINERO - Foto: GUILLERMO TORRES

Si en Colombia llueve…

En Chile no escampa.


Por: Jorge Humberto Botero

El país austral ha sido modelo digno de imitar por múltiples razones, pero ha perdido lustre para los propios chilenos, que han decidido no soportar la carta política adoptada durante la dictadura de Pinochet. Omiten que esa constitución fue modificada cuantas veces fue necesario, camino que habrían podido seguir transitando en vez de embarcarse en una incierta aventura de borrón y cuenta nueva.

Ojalá le vaya bien al nuevo presidente de Chile, en quien concurren con una nula experiencia, virtudes cívicas y talante democrático. No ha sido así. A su ministra del Interior, los indígenas, que habían sido sus aliados electorales, la sacaron a bala de la Araucanía. La pancarta que exhiben es elocuente: “Somos Mapuches, no somos Chilenos”. En contra de sus posturas como dirigente estudiantil, ya tuvo que ordenar a la policía desbloquear carreteras. Y no le ha quedado más remedio que propiciar, forzado por su bancada, nuevos retiros de los fondos de pensiones, estrategia que genera inflación y envilece los ahorros de los trabajadores.

Le toca también lidiar con la Asamblea Constitucional que debe entregar su propuesta el 5 de julio y si se logra, sería aprobada por 2/3 de los votos. Si bien los sectores de centro y de derecha, que concurrieron unidos y fueron los más votados, un archipiélago de movimientos independientes, aliados con la izquierda, lograron el control de la Asamblea. Sin embargo, la tónica general del país puede ser otra. Las encuestas revelan que el ambiente para la aprobación plebiscitaria de la nueva carta, que se realizaría el 4 septiembre, no es halagüeño.

Lejos están los constituyentes de tener un texto integral, abundan las contradicciones y textos que, por su mala redacción, desentonan de la rigurosa tradición jurídica de Chile. Puede pasar allá lo que aquí se menciona sotto voce: que la Constitución del 91 no fue promulgada a la vista de su texto, que estaba inconcluso, sobre un arrume de papeles.

El poder legislativo correspondería al Congreso de diputadas y diputados (escrito así, con la insoportable sintaxis de las izquierdistas y los izquierdistos, que el español tolera, pero no otras lenguas). Habría, también, un cuerpo paralelo que se llamaría “Cámara de las Regiones”, cuyas facultades todavía son vagas.

Si se fuera a mantener el sistema bicameral, la solución nuestra es mejor: la Cámara de Representantes, que es elegida en las regiones y, por lo tanto, mira con énfasis especial los impactos de la legislación propuesta en esos territorios. Y si se optare por mantener una Cámara dotada de autoridad moral, académica y científica, pero carente de potestades normativas, la de los Lores, que funciona en el Reino Unido, es una excelente opción para vincular a la sociedad civil en la ardua tarea de gobernar.

Sea cual fuere la opción que se escoja, de acuerdo con la ley que regula el proceso constitucional, habría que llamar de nuevo a elecciones legislativas. Para un presidente cuya popularidad ha caído con celeridad, esta puede ser una complicación grande.

Levanta uno la ceja al leer que Chile será un Estado “plurinacional”. A pesar de que otros textos afirman la indivisibilidad del territorio, puede constituir un guiño a las intenciones separatistas de los sectores indígenas radicalizados. Para justificar las escisiones de ciertos territorios suele decirse que sus habitantes son una nación diferente de aquella a la que están sometidos. Esa es la base de las pretensiones de soberanía de Cataluña, Palestina y Armenia. Con el criterio de que cada nación debe ser, al mismo tiempo, un Estado, se fraccionó, al final de la primera guerra mundial, el Imperio Otomano. La solución colombiana es diferente y, quizás, mejor: reconocer el pluralismo cultural y la diversidad étnica, pero dentro de una única nación.

Como corolario de lo anterior se ha propuesto que el Estado “reconozca sistemas jurídicos de pueblos indígenas que pueden coexistir coordinados en un plano de igualdad con el Sistema Nacional de Justicia”. En el contexto del pluralismo cultural, la constitución nuestra contempla un texto casi idéntico en pro de los pueblos indígenas. Esta flexibilidad, en materia penal, ha permitido procesos en los que la comunidad se reúne para adelantar juicios que, en realidad, son meros simulacros, y para imponer castigos corporales que están prohibidos para el resto de las personas. Poco a poco algunos países de América Latina nos vamos alejando del legado civilizador de la revolución francesa: unas mismas normas y unos mismos jueces para todos.

En otras épocas estuvo de moda ser europeo, “de fina estampa” como en aquella clásica canción peruana. Ahora la buena onda es no ser blanco. La opción que muchos prefieren es la negritud que ofrece una plataforma cultural riquísima para conectar con el mundo. Es muy sencillo dar ese viraje: basta con un auto reconocimiento. Puede ser una buena opción política.

Se pretende incorporar un texto para decir que “la naturaleza tiene derechos”, un atentado a la lógica: es -y siempre será- un sistema de regulación de la vida social; solo los seres humanos pueden ser titulares de derechos y sujetos de deberes, aunque, por supuesto, se requieren medidas profundas para proteger la naturaleza en sus distintos componentes: agua, aire, tierra, bosque, animales. Como ha pasado en nuestro país, si le das derechos a la naturaleza, quienes profesan un ambientalismo extremo se convertirán en sus voceros ante los jueces. El resultado, en ocasiones, ha sido la parálisis de necesarias obras de infraestructura.

Chile sigue una tendencia generalizada: convertir a sectores de la sociedad -etnias, grupos de afinidad sexual, iglesias- en protagonistas del proceso político. Esta proliferación de colectivos, respetables, pero parciales, ha ido desplazando al sujeto fundamental del orden democrático: el ciudadano, que es el titular de los derechos políticos; y que generado la paulatina desaparición del interés nacional. Con acierto escribía Edward Kennedy en 1985 a los militantes del Partido Demócrata; “Podemos y debemos ser un partido que se preocupa por las minorías sin convertirnos en un partido de las minorías. Ante todo somos ciudadanos”.

Briznas poéticas. Escribe Horacio Benavides: “Un día uno de los dos no estará, / ascenderá volando hasta perderse en lo oscuro. / Más una parte, nostálgica de la costumbre, / rondará por la casa. / Tal vez digas / vi pasar una sombra / y se te oscurezca el corazón”.